Descubriendo a John Berger

Un día, en la mesa polvorienta y atestada de una librería de segunda mano de Londres, John Berger apareció en mi vida. Era un libro naranja y descuajaringado, con la portada llena de dobleces y palabras ininteligibles y minúsculas escritas en bolígrafo. El interior también estaba lleno de anotaciones en un idioma que desconocía, así que, intrigada por el título «Ways of Seeing» («Maneras de ver»), me lo llevé a casa. Empecé a leer en el largo recorrido en metro que me llevaba al lugar en las afueras de Londres, donde vivía entonces. Cuando bajé del vagón, el mundo ya no era el mismo, yo ya no era la misma y mi punto de vista —ese que, con pueril desfachatez, yo creía inamovible— se había hecho trizas. En 20 páginas y 12 paradas de metro, el acto de ver había adquirido una brillantez y un sentido que me acercaba a un misterio que siempre se había mostrado esquivo conmigo: mirar es encontrar.

Isabel Coixet

Isabel Coixet, directora de cine

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Cuaderno de poemas. Idea Vilariño

Ya no (1957)

Ya no será,
ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa, no te tendré de noche
no te besaré al irme, nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.

No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca
ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido vivir juntos,
querernos, esperarnos, estar.

Ya no soy más que yo para siempre y tú
Ya no serás para mí más que tú.
Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives, con quién
ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca como esa noche, nunca.
No volveré a tocarte. No te veré morir.

Idea Vilariño

Idea Vilariño

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Álbum de Bibliotecas en construcción XCVII

Antigua biblioteca de Víctor Hugo

Antigua biblioteca de Víctor Hugo

 

Antigua biblioteca de Celso (Éfeso, Turquía)

Antigua biblioteca de Celso (Éfeso, Turquía)

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Autorretrato de Cortázar a lo “rayuela”, en el 30 aniversario de su muerte

Julio Cortázar en su juventud. DE ‘CORTÁZAR DE LA A A LA Z’

El 12 de febrero de 1984 murió Cortázar. Recreamos una autobiografía basada en sus palabras para ser leída a lo rayuela

Origen: Autorretrato de Cortázar a lo “rayuela”, en el 30 aniversario de su muerte | Cultura | EL PAÍS

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Leer

Leer les dará una mirada más abierta sobre los hombres y sobre el mundo, y los ayudará a rechazar la realidad como un hecho irrevocable. Esa negación, esa sagrada rebeldía, es la grieta que abrimos sobre la opacidad del mundo. A través de ella puede filtrarse una novedad que aliente nuestro compromiso.

Sábato Ernesto Sábato

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Descargas: «Cartas a Milena», de Franz Kafka

Kafka

Kafka conoció a la periodista Milena Jesenska, en abril de 1920, durante un viaje a Praga. Se hallaba en un café en compañía de unos amigos comunes. Durante la conversación, Milena le propuso traducir al checo dos de sus relatos. Así empezó su relación. Milena, mujer muy culta y de vivo temperamento, vivía en la Viena postimperial con su «matrimonio en lenta disolución»; Kafka, lo hacía en Praga. Sus encuentros sólo podían ser esporádicos. Las cartas ayudaron a superar la separación y se convirtieron en documentos de una pasión que fue creciendo a lo largo del tiempo que duró.
«Cartas a Milena» reúne la correspondencia que Kafka le dirigió a Milena Jesenska, entre 1920 y 1922. La primera carta comienza como una novela. Leídas todas juntas se convierten en una novela de amor apasionado y desesperado. Al margen de la poca frecuencia de sus encuentros, sus amores son esencialmente epistolares, como los de Werther o los de Kierkegaard. Las cartas no sólo nos muestran la transición de una amistad que empieza por intereses literarios mutuos para convertirse en sentimental, sino que revela también de forma excepcional la sensibilidad e intimidad emocional del autor checo. Kafka murió en 1924, Milena veinte años después, en el campo de concentración de Ravensbrück.

Origen: Franz Kafka – Cartas a Milena

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Lectura: «Mis amigos», de Emmanuel Bove

«Nadie como Emmanuel Bove ha tenido un sentido tan agudo del detalle», dijo Samuel Bekett de este autor olvidado, que hoy reivindican con tanto entusiasmo justificado en Francia, y que a los veinticinco años escribió una obra maestra, una novela sorprendente traducida ya a varios idiomas.
Aquella novela, MIS AMIGOS, desde que deslumbrara a Colette, su primera editora, no ha hecho más que despertar la admiración de escritores y lectores.
Peter Handke, que la ha traducido al alemán y es uno de sus más entusiastas admiradores, ha comparado a Bove con Chéjov y Scott Fitzgerald: un escritor puro, un escritor de nacimiento, uno de los pocos escritores a los que la palabra grande no le viene grande.
Emmnanuel Bove (1898-1945) no sólo escribe de una forma diferente, sino que cuenta las cosas, las vidas de sus personajes, sus ilusiones, sus decepciones, con peculiar personalidad. Su arte es tanto el arte de la alusión como el arte de la elusión: los personajes de sus novelas apenas dicen nada, frases por lo demás sin importancia, apenas se les describe por un gesto, por un detalle nimio en su indumentaria, y sin embargo hay en ese gesto y en ese detalle una riqueza de matices que no consiguen las más prolijas descripciones.
Emmanuel Bove. Mis amigosEn Bove, como en los grandes novelistas, no importa el tema, lo que importa es el tono. Tal vez el secreto de su literatura resida, como él mismo confesaría en una ocasión, en negarse a hacer literatura, en huir de lo literario y sus servidumbres, empezando por la mayor de todas: el estilo. Bove dinamita el estilo literario, y con sus fragmentos construye, sin proponérselo, su particular estilo, un estilo que es a la vez negación del estilo.
«Cuando uno lee a Bove», escribió el crítico Edmond Jaloux, «apenas se tiene la impresión de estar leyendo».

A pesar del fulgurante éxito que obtuvo en vida, Bove fue olvidado después de la segunda guerra. Sus libros desaparecieron de los escaparates de las librerías y su nombre apenas era recordado por unos cuantos devotos de su obra. Sin embargo, a partir de los años ochenta, y gracias al empecinamiento de esos devotos, y muy particularmente a Raymond Couse y a la editorial Flamarion, las cosas empezaron a cambiar: su obra completa se reeditó en Francia, la crítica la acogió como un acontecimiento literario de primera magnitud, las traducciones se multiplicaron, mientras el periódico Le Monde, en su suplemento Le Monde des Livres, lanzaba en primera página la pregunta que se convertiría en una especie de contraseña: ¿Ha leído usted a Bove? De este modo, el mayor de los autores franceses desconocidos, como le llamara también Samuel Bekett, dejó de ser un desconocido, pero no dejó de ser en cambio uno de los mayores autores franceses del siglo XX.

Contraportada de la edición de Pre-Textos


 

Textos

Cada mañana, mi vecina canta sin palabras mientras corre los muebles. Su voz llega amortiguada por la pared. Tengo la impresión de encontrarme detrás de un fonógrafo. A menudo la cruzo en la escalera. Es lechera. A las nueve viene a hacer sus tareas domésticas. Gotas de leche manchan el fieltro de sus pantuflas. Me gustan las mujeres en pantuflas: las piernas no parecen prohibidas. En verano se notan sus tetas y los bretelles de su camisa, debajo de la blusa. Le dije que la amaba. Ella rió, sin duda porque tengo mal semblante y soy pobre. Prefiere los hombres de uniforme. Se la vio con la mano debajo del cinturón blanco de un guardia republicano.

Lucie tiene el vientre de un bebedor de cerveza. Un anillo de alumnio —recuerdo de su marido muerto en el frente— adorna el índice de su mano izquierda. Sus orejas son blanduzcas. Sus zapatos no tienen tacos. A cada momento sopla los cabellos que se escapan de su rodete. Cuando se agacha su falda se abre por detrás, como una castaña. Las pupilas no están en el medio de los ojos; están demasiado altas, como las de los alcohólicos.

Las estaciones de ferrocarril me dejan entrever un mundo que no conozco. La atmósfera que las envuelve es más sutil. Me gustan las estaciones, particularmente la de Lyon. La torre cuadrada que la domina me hace pensar, sin duda porque es nueva, en los monumentos de las ciudades alemanas que he contemplado en las portezuelas de los vagones donde cargan animales, cuando era soldado. Me gustan las estaciones porque viven día y noche. Si no duermo, allí me siento menos solo. Las estaciones me revelan la vida privada de la gente rica. En las calles la gente rica se parece a todo el mundo. Cuando se van de París los oigo hablar, reír, mandar. Veo cómo se separan. Eso me interesa, a mí, el pobre, sin amigos, sin equipaje. Se adivina que esos viajeros no querrían estar en el lugar de aquel que, como yo, los mira partir. Muchachas altas esperan que las maletas sean registradas. Son bellas. Las examino preguntándome si, vestidas como obreras, serían igualmente bellas. Me gusta la estación de Lyon porque, detrás, está el Sena con sus orillas, con sus grúas que dan vueltas en el aire, con sus barcazas inmóviles como islotes, con sus humaredas que, en el cielo, han dejado de subir.

Cuando salgo de mi casa, cuento siempre con que sobrevendrá un acontecimiento que habrá de trastornar mi vida. Lo espero hasta mi regreso. Por eso nunca me quedo en mi habitación. Desgraciadamente, ese acontecimiento nunca se produjo.

Frente a mí un señor que, pese a su aire honorable, dibujaba mujeres desnudas por el placer de ennegrecerles un triángulo en el medio.

Pienso en la muerte y en el cielo, porque cada vez que pienso en la muerte pienso también en las estrellas. Me siento muy pequeño comparado con el infinito y muy pronto abandono esas reflexiones. Mi cuerpo caliente, que vive, me tranquiliza. Toco con amor mi piel. Escucho mi corazón, pero me cuido mucho de posar la mano sobre mi pecho izquierdo porque nada me asusta tanto como ese latido regular que yo no ordeno, y que tan fácilmente podría detenerse. Muevo mis articulaciones, y respiro mejor al darme cuenta de que no me duelen. ¡Ah, la soledad, qué cosa triste y bella! ¡Qué bella es cuando la elegimos! ¡Qué triste es cuando se nos impone desde hace años! Algunos hombres fuertes no están solos en la soledad. Pero yo, que soy débil, estoy solo puesto que no tengo amigos.

Emmanuel Bove  Emmanuel Bove. Mis amigos

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Los libros de cuentos que tienes que leer

Andrés Neuman es un escritor que puede contemplarse en su acepción más amplia: cultiva la novela, el cuento, el ensayo, la poesía, la edición… No hay género (si todavía puede hablarse de géneros) en los que no aparezca su nombre entre los libros publicados desde inicios del siglo XXI. Sin embargo, su gran pasión son los relatos cortos y para Librotea ha elegido estos libros de cuentos que para él son imprescindibles. […]

Origen: Los libros de cuentos que tienes que leer

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El refugio de los libros

Como siempre, me refugio en los libros, me saco de encima los problemas (este mes, el alquiler, el futuro económico) y entro en unos recintos amurallados donde experimento los modos de mi propia locura: leer desde las cinco de la tarde a las dos de la mañana, luego desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde, el mismo libro imposible —el «Finnegans Wake»—, que retomo a las cinco de la tarde para seguir hasta las diez de la noche con interrupciones molestas como respirar, tomar aire, cambiar de posición, de tal modo que habiendo leído treinta paginas en dos días, comprendiendo una media de treinta líneas por hora, hay un momento en que tengo que salir a la calle, recorrer librerías, buscando otro volumen detrás del cual esconderme para matar la desidia o la desesperación. […]

Ricardo Piglia

Ricardo PigliaLos diarios de Emilio Renzi. Los años felices

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Cuaderno de poemas. Mordechai Geldman

Oporto

Extraño atardecer
De un país diferente, de otra ciudad

Me adentré en un jardín
Como quien al ocaso colecciona jardines
Para el catálogo de sus recuerdos

Leía un libro embrujado
Que atrae poemas a mi cerebro
Doquiera me encuentre
También en jardines crepusculares
Sumergiéndose lentamente en la oscuridad

Me perdí en el libro y olvidé mi nombre
Como convenía al crepúsculo y al jardín
El jardín al declinar el día

Los arbustos se hundieron en un verde profundo
Entornaron ojos verdes
Se encerraron en un callar verde

Y los árboles soñaron pavos reales

Lenta, lentamente se reunieron a mi alrededor
Cuatro pavos reales de intensa belleza
Uno era leucino, un pavo
Real de suprema pureza

Me urgía dejar el jardín
Para ir a poseer una ciudad nueva
Y no los capturé en un poema.

 Mordechai Geldman
Mordechai Geldman
(A través de «Zoopat»)

 

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