Reflexiones. Platón

Platón

El hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro (placer) y acompasarlo con el blanco (deber) para correr sin perder el equilibrio.

Platón

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Mark Strand. Lecciones narrativas sobre la traducción. IV

Para huir de toda esa cháchara sobre traducción, me fui de acampada yo solo al sur de Utah, y estaba a punto de encender mi hoguera cuando un hombre con el torso desnudo se acercó gateando desde la tienda de al lado, se levantó y se puso a limarse las uñas.

-Usted no sabe quién soy -me dijo-, pero yo sí sé quién es usted.

-¿Y usted quién es? -pregunté.

-Bob -dijo-. Pasé los primeros veinte años de mi vida en Porto Velho, y creo que Manuel Bandeira es el gran poeta oculto del siglo XX, quiero decir oculto para el mundo angloparlante. Quiero traducirlo.

Entornó los ojos.

-Soy profesor de portugués en la universidad estatal de Southem Utah, donde hay una enorme necesidad del portugués, ya que muy pocas personas saben que existe. Esto no va a gustarle, pero no me interesa la poesía estadounidense contemporánea y no considero que eso me descalifique como traductor. Siempre puedo recurrir a algún poeta de aquí para que revise lo que he hecho. Para mí lo mas importante es el significado.

Estupefacto ante sus cejas pintadas y su bigotito, le dije, siendo un poco injusto:

-Ustedes los profesores de idiomas son todos iguales. Conocen la lengua original, y quizá un poco el inglés pero eso es todo. Lo mas probable es que sus traducciones sean interpretaciones literales, palabra por palabra, sin el carácter y el sentimiento de la poesía. Ustedes son los primeros que proclaman la imposibilidad de la traducción, pero no le dedican ni un pensamiento a cómo minimizar su dificultad.

Y en esas recogí mis cosas, desmonté la tienda y me fui en mi coche a Salt Lake City.

Mark Strand 1   Mark Strand. Sobre nada y otros escritos Mark Strand. Sobre nada y otros escritos

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Un mar de libros para el mejor verano

Decía el sabio que el verdadero viaje no es buscar nuevas tierras sino contemplar las ya conocidas con ojos diferentes, y para eso, para descubrir nuevos caminos pero también para disfrutarlos sin prejuicios, nada mejor que saldar las lecturas pendientes con esos libros que hemos reclutado a lo largo del año, avalados por la crítica o los lectores, para que nos acompañen durante las vacaciones.

Origen: Un mar de libros para el mejor verano

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La única grabación conocida de Virginia Woolf

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Cuaderno de poemas. Tomás Harris

MAR DE LA DESESPERANZA.

Entramos en las urbes del Sur
se nos aceleraban los pensamientos al roce del vuelo
de las aves
había ciudades hechas de carne
había ciudades enteras orgánicas latientes
había edificios que respiraban con inhumana lentitud
había edificios zócalos muros cines corredores
que subían y bajaban lentos
en sus sístoles y diástoles enfermos
todo está vivo dijo una voz
había mucha noche
más noches de las jamás previstas y cuerpos
deslizandose en esas noches
que parecían barcos fantasmas deslizandose por esas noches
mujeres (colegialas, vestales, monjas, prostitutas,
púberes e impúberes, todo el catálogo soñado)
oro no había
había música electrónica signos había
peces
advertencias
no toques lo que late porque desaparecerá al punto del tacto
dijo una voz
cada cosa relumbra con el brillo
que sueña tu ojo
y hubo miedo a que no hubiera nada
los escapes de los cines nos servían de refugios miradores
tuvimos que adecuar la mirada imaginar el tacto
entresoñar el coito
amarnos los unos a los otros en el más total de los silencios
queríamos mantenernos en esas visiones
empaparnos destas vestales
no toques lo que late porque desaparecerá al punto del tacto
dijo la voz
pero todo latía casi imperceptible
con pasmosa lentitud
acequias prostíbulos semáforos vitrinas y los cuerpos
todo subía y bajaba despoblado
en sus sístoles y diástoles
baldíos.

Tomás Harris

Tomás Harris

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Álbum de librerías incompleto. 98

Hostal librería de Kyoto

 

Hostal librería de Kyoto 3

Hostal librería de Kyoto 2

Hostal librería de Kyoto 1

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Recopilación de textos fotografiados. Luis García Montero

Texto de García Montero

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Lectura. «El instante de peligro». Miguel Ángel Hernández

Empecemos por el final, por concluir que esta es una novela cautivadora, de las que se atreven a proponer otra mirada sobre los grandes temas (amor, tiempo, memoria, creación), a enfocarlos desde un ángulo cuya bisectriz ha sido trazada con ideas tomadas de grandes voces del pensamiento universal (Benjamin, Barthes, Stoichita) y a componer una novela que narra el proceso que rodeó su escritura hasta hacer posible el relato que leemos. Y este llega a ser un excelente relato porque lo articula la propuesta de crear sentidos sobre un triple eje: el significado de experimentar el tiempo, de recuperar una historia de amor perdida en el tiempo, y descubrir en la escritura el único vestigio que otorga realidad a lo que ya no está.

Hay que decir que un texto tan rico y elaborado, capaz de componer una ficción que aglutina arte y literatura, logrando un equilibrio siempre difícil en esta clase de discursos, es obra del escritor, crítico y profesor de Historia del Arte Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977), quien ya hizo gala de un brillante discurso narrativo en Intento de escapada (2013).

El instante de peligro, su segunda novela, propone una trama de ideas que dan cuerpo a una narración sobre ese momento único en el que (siguiendo el postulado de Benjamin, de quien se sirve para poner el marco estructural al proceso que representa la novela) es posible articular el pasado, y apoderarse de un recuerdo en el instante en que «relampaguea». La resolución argumental de un asunto de tan difícil concreción es la siguiente: Martin, escritor y profesor de arte en una universidad española, escribe una larga carta a una mujer de su pasado en la que va dando cuenta del proceso que le fue llevando a escribir lo que escribe, movido por los vaivenes de la memoria. Cuenta cómo en un momento de su vida en el que no aparecía proyección alguna, ni en su plaza de profesor ni en el libro que pretendía escribir, le llegó la propuesta de participar en el proyecto de una joven artista italiana. Su cometido era proporcionar la historia escrita a una película en blanco y negro que solo ofrecía un único plano fijo con la silueta de un hombre, en una pared, en medio de un bosque. Debía ponerle el pie de foto. Así daría sentido a esas imágenes.

Miguel ÁngelHernández. El instante de peligroSeducido por la idea y por el lugar de encuentro (Williamstown), donde él es-tuvo becado un curso (doce años atrás), y donde conoció a la destinataria de la carta, decide dejarse arrastrar por la zozobra interior que en él desata la urgencia por encontrar la historia de esa «sombra» que reverbera en la pantalla. El proceso de investigación y creación que emprende, abre el discurso a situaciones que animan la acción y amplían el significado de lo que esa estancia representa en su vida, y de lo que significó participar en ese proyecto artístico titulado «Fuisteis yo», sobre historias que ya nadie recuerda.

Las deducciones las pone el lector siguiendo sus guiños: le habían pedido un escrito que diera sentido a unas imágenes, y escribiendo su historia, la que vivió tiempo atrás, e insertándola en el presente continuo de este relato a dos tiempos, encontró el modo de habitarla, de proyectar sobre ella otra mirada.

Pilar Castro. El Cultural


 

Textos

Si hace unos años decidí escribir una novela y centrarme en la narrativa fue porque ya había dejado de creer en el arte y en la academia. Ésa es la verdad. Mi novela se cerraba con una reflexión sobre esto mismo: por qué una novela y no un ensayo. Y aquello que allí parecía ficción en el fondo era real, era lo que yo pensaba. A partir de entonces me resultó muy difícil volver a escribir ensayos académicos o crítica de arte, y todo lo que hice en adelante fue ya una impostura. Incluso en la universidad. Comencé a sentir que todo aquel mundo me era ajeno. Y, sin embargo, no cesé de hacer cosas, como si alguna fuerza interior me obligase a continuar, a escribir, a aceptar charlas y conferencias, a seguir en ese lugar del que debería haber escapado.

Apenas hablaba con nadie. Tan sólo cruzaba alguna palabra con los bibliotecarios del Clark para solicitar libros o artículos y con el dependiente de la pequeña tienda que había junto al museo para comprar lo necesario para vivir —latas de comida, sopas, huevos, leche y alguna ensalada; poco más—. Mi rutina de trabajo se parecía bastante a la de ese prometedor historiador que una vez conociste. Mis tardes y mis noches, también. Ponía la tele nada más llegar a casa. Era mi ruido de fondo. Muchas veces era el único inglés que escuchaba en todo el día. No veía nada especial. Algunas series, las noticias y, en contadas ocasiones, una película. Pero la publicidad podía conmigo y, por lo general, después de cenar, acababa entrando en internet.

Esa noche también fui valiente, Sophie. Casi tanto como la tarde en que me senté ante Francis. Esa noche fue todo o nada. Una ruleta rusa. El primer disparo fue contar lo nuestro. Las noches y los días. Ahí ya había mucho en juego. Y ella se derrumbó. El segundo disparo fue con todas las balas. Le dije que no estaba dispuesto a dejarlo, que no podía, que hacerlo sería peor que continuar. Yo necesitaba a Lara. La amaba por encima de todo lo demás. Pero no podía perderte a ti. No quería sólo una parte de esto. Pero todo no era posible. Existía el perdón, existía la elección. Tú, ella o ninguna. Pero nunca las dos. Nunca todo. Eso era lo único imposible, lo único que no nos habíamos permitido pensar. Nunca. Hasta ese momento. Jugué a la ruleta rusa. Lara estaba en su derecho de romper conmigo en cualquiera de los dos disparos. Pero se mostró dispuesta a escuchar. A pesar de todo. Y le expliqué que había otra opción, que podíamos probar, que era mejor eso que romperlo todo en pedazos. Hablamos noche tras noche. Durante horas. Hasta el amanecer. No fue fácil. Nada fácil. Desarrollé en ese tiempo un discurso sobre el amor. Interioricé todo lo que ponía en los libros que me dejaste. Todo menos el término «poliamor», que nunca llegó a gustarme. Hice mías las palabras, las razones y los argumentos. Nadie pertenece a nadie. Amar es sumar, no restar. Somos seres plenos que decidimos compartir nuestro amor con los otros. El vacío, la búsqueda en el otro de aquello que supuestamente no poseemos, es el cáncer de Occidente. Hay otras maneras de entender el amor.

—No te engañes. No hay protección posible. Lo único que realmente necesita es el arte. Eso sí que te lo puedo decir. El arte es lo único que la mantiene a flote. —Se quedó unos momentos con el humo en la boca y comenzó a hablar expulsándolo—: El arte es lo que la lleva al abismo pero al mismo tiempo es lo que la salva. Es allí donde ella se encuentra. Muchas veces he pensado que el arte es una impostura. Hay artistas que hablan del trauma y del genio y que no son más que impostores. Pero Anna no. Anna es auténtica. Es una artista genuina. Y el arte es para ella una garantía de salud. Es cuestión de vida o muerte. Para nosotros es un trabajo, una inquietud, un interés…, pero creo que podríamos llegar a vivir sin arte. Yo, al menos, podría. Y estoy convencido de que tú también. Pero ella no. Para ella todo es arte. Las fotos borradas son arte, pero también su vida, cada momento, cada instante, cada mirada…, todo forma parte de lo mismo.

Miguel Ángel Hernández

Miguel Ángel Hernández. El instante de peligro

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18 novelas negras para el verano

Thrillers , clásicos contemporáneos o revisitados y alguna sorpresa seleccionamos propuestas de todo tipo para disfrutar de las lecturas estivales

Origen: 18 novelas negras para el verano | Cultura | EL PAÍS

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El Vieco cortaziano. XL

Las erratas, como es sabido, viven una vida propia y es precisamente esa idiosincrasia la que lleva a estudiarlas con lupa en mano y a preguntarse una noche de iluminación si el misterio de su sigilosancia no está en eso, en que no son palabras como las otras, sino algo que invade ciertas palabras, un virus de la lengua, la CIA del idioma, la transnacional de la semántica…

Cortázar

Julio Cortázar

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