Cuaderno de poemas. «Vestir a mi madre». Begoña Abad

Vestir a mi madre

Un día sucede, sin aviso,
que te agachas definitivamente,
a ras de suelo,
que tocas sus pies y los descalzas,
que comienzas a mirarla desde abajo sin verle los ojos,
comienzas a vestirla y ella se deja apoyando sus manos en tus hombros.
Y no sucede nada más,
sin embargo tú percibes su derrota
y comienzas a amarla de otro modo,
vencida tú también, ambas vencidas,
y el tiempo comienza la cuenta atrás.

Begoña Abad
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Ventana a YouTube. Coldplay – The Scientist

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Vídeo. Bergman’s Hands

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CCLX

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Mario Vargas Llosa, un hombre hecho de literatura. Leila Guerriero

Mario Vargas Llosa imparte una lección sobre Jorge Luis Borges en las universidad de Princeton, Estados Unidos, en octubre de 2010.James Leynse (Corbis via Getty Images)

A lo mejor fue tan grande porque se pasó la vida escribiendo como si recién empezara a escribir: con el mismo entusiasmo, el mismo temblor, el mismo deseo

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Lectura: «Hasta que empiece a brillar», de Andrés Neuman

María Moliner, la mujer que enseño a leer a media España (a pesar de Franco).

María Moliner, artífice del diccionario único: Andrés Neuman celebra su pasión en una biografía novelada

‘Hasta que empieza a brillar’ se sumerge en la peripecia de una mujer que hizo historia con dos volúmenes en los que explicaba de forma accesible el significado de todas las palabras del castellano. Más información: Google mejora su español: incorpora el diccionario de la RAE a su buscador y a su teclado

Origen: María Moliner, artífice del diccionario único: Andrés Neuman celebra su pasión en una biografía novelada


Textos

¿Cómo podrían transformarse tanto las palabras, dependiendo de si salían de la boca o la mano? Cuando las decían, no llegaba a atraparlas del todo. La corriente del habla se las llevaba enseguida. Cuando las anotaba, en cambio, María era capaz de saborear cada sonido. Escribía por ejemplo piedra. Se quedó mirándola en el papel. Y se imaginaba su forma, su color, su textura, hasta que empezaba a brillar.


María organizó los talleres de lectura y consolidó las clases de Lengua. Aunque lo consultaba a diario, a veces echaba en falta un diccionario más claro y cálido que el académico. Sus definiciones desconcertaban a sus estudiantes, obligados a ir de una palabra a otra, hasta enredarse en una maraña que desvirtuaba el sentido de la búsqueda. Acostumbrada a analizarlo desde sus tiempos en el Estudio de Filología, cuando leía páginas enteras como si de una novela se tratase, aquel monumental volumen le inspiraba una mezcla de reverencia e irritación. Parecía escrito para gente que en realidad no lo necesitaba.


A la mañana siguiente, con la resaca en el paladar y el café hirviendo en el fuego, les llegaron los ecos todavía remotos, vagamente irreales, de esa sublevación militar en Ceuta y Melilla que empezaba a replicarse en distintos puntos, extendiéndose como una infección por un cuerpo dormido.


El invierno parecía una opinión. A medida que avanzaba el frío, mucha gente con la que habían colaborado —incluidos los equipos de la Escuela Cossío y la Institución Libre de Enseñanza— recibía sanciones de diversa gravedad dependiendo de sus antecedentes políticos o, en ocasiones, de insondables contactos con la dictadura. Ella aguardaba con ansiedad el veredicto. Fernando, con resignación.


Una tarde cualquiera, sola en casa, mientras hojeaba a una joven novelista, se detuvo para hacer una consulta. Abró el diccionario de la Real Academia, localizó el vocabulario, comprobó que ninguna de las definiciones la convención. Y, casi sin pensarlo, las enmendó a su gusto con un lápiz. Repasó en voz alta el resultado. Asintió satisfecha. Y cerró el volumen sólido.


Entre las poquitas certezas que a su edad le iban quedando, una era justo esa: los vínculos entre ética y precisión verbal. Alguna gente escribía, pero todo el mundo hablaba. Hablar era la obra. Nuestra obra. Una radicalmente colectiva, al margen de quién tomase la palabra. Igual que un diccionario.


En la mesa del comedor: encima y debajo. En cada hueco libre de la cocina. En estantes, armarios y cajones. En el baño, nunca muy lejos del retiro por razones estratégicas. En los apoyabrazos del sofá. En cajas, por qué no, a los pies de las puertas: les servían de freno. En cualquier parte, en todas, María almacenaba fichas. A menudo ni siquiera recordaba haberlas dejado ahí. Su aparente reproducción espontánea le parecía un misterio. Descubrió más de una entre las sábanas, como si ella misma las hubiera parido en camisón.

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Columna.»Los libros que me enamoraron». Berna González Harbour

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Leer bien. Orhan Pamuk

Leer bien no consiste en pasar despacio y cuidadosamente la mirada y la lógica sobre un texto, sino en sumergir el alma en su interior. Es por eso por lo que nos enamoramos de un número tan reducido de libros a lo largo de nuestra vida. Y la mejor biblioteca personal debería ser la compuesta por ese número de libros reales que sienten celos unos de otros. Los celos entre esos libros alimentan al autor creativo con una especia de tensión. Muy razonablemente, Flaubert nos dice que si uno lee con atención diez libros será un gran sabio. Como por lo general la gente es incapaz de hacer ni siquiera eso, reúne libros y presume de su biblioteca.

Orhan Pamuk

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La llamada de… Paco Cerdà

Paco Cerdá no fue un niño lector. Los libros le parecían aburridos, tremendamente aburridos; lo único que le divertía era competir.

Origen: La llamada de… Paco Cerdà – Zenda

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El silencio de Juan Rulfo. Roberto Bolaño

El silencio de Rulfo creo que obedece a algo tan cotidiano, que explicarlo es perder el tiempo. Hay varias versiones. Una que explicaba Monterroso es que Rulfo tenía a su tío fulanito, que le contaba historias, y cuando le preguntaron por qué ya no escribía, él contestó porque se me murió el tío fulanito. Y yo me lo creo, además. Otra explicación es simple y sencilla, y es porque ya está, todo tiene fecha de caducidad. Por ejemplo, a mí me inquieta mucho más el silencio rimbaudiano que el silencio rulfiano. Rulfo deja de escribir porque él ya había escrito todo lo que quería escribir y, como se ve incapaz de escribir algo mejor, simplemente para. Rimbaud probablemente hubiera podido escribir algo mucho mejor, que ya es decir palabras muy altas, pero ése es un silencio que a los occidentales nos plantea preguntas. El silencio de Rulfo no plantea preguntas, es hasta un silencio entrañable, es cotidiano. Después del postre, ¿qué coño vas a comer?

Roberto Bolaño

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