Cuaderno de poemas. «Lo que me irrita», Amira Hess

Lo que me irrita

Demasiados escribidores de poemas que no son poetas.
Palabrería obsesiva que quiere ser poesía.
Copistas que hilvanan palabras que pretenden ser versos.
Y poemas que no lo son pero el lector no lo discierne.
La ceguera de los lectores de la poesía que no se conectan en la frecuencia correcta.
La terrible proliferación de poetas nacidos para dedicarse a otras cosas.
Los que se mienten a sí mismos, engañan a los demás,
y confunden a quienes no entienden qué es poesía.

amira hess

Amira Hess

(A través de Yonah Kranz, traductor del poema del hebreo)

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Lecturas: «Los países». Marie-Helénè Lafon

Se acerca despacio el otoño con su benevolencia térmica y la regeneración de los colores en matices. Surgen instantes en los que uno invoca la magia de los orígenes. A veces a mí, en esa época de transición entre las intransigencias del verano y la crudeza invernal se me ocurre pensar en la literatura pura, liberada de las ataduras de los libros a los géneros establecidos por la necesidad comercial de clasificar y las convenciones académicas. ¿Sería «Monsieur Teste», de Paul Valéry, un referente de literatura en estado puro; o tal vez los «Cuadernos de Malte Laurids Bridge», de Rilke, fechados en 1910, que en el listado bibliográfico del gran poeta checo figuran como novela?

Entonces me pregunto si se puede escribir hoy sólo literatura, obras que no absorban por los temas que abordan, por los personajes que construyen, por la garra de las historias que cuentan. Y sin ­embargo, cuando muy de tarde en tarde alguna nos llega a las manos –al menos en mi caso– no hay manera de soltarla; puede llegar a ejercer un extraño hechizo sea cual sea el argumento, aquello que transmite, porque lo que en realidad despierta es el intraducible placer de leer guiado por el don de la palabra escrita: la escritura.

Marie-Helénè Lafon. Los paísesEs lo que me acaba de ocurrir con un libro –librito en cuanto a tamaño– que tiene todas las trazas de pasar ni siquiera de puntillas. Su ­título es enigmático, «Los países» (2012), y su autora francesa, Marie-Hèléne Lafon (Aurillac, 1962), enseñante de latín y griego, de origen granjero, de la zona del Cantal, y residente en París desde 1980. ¿De qué países nos habla la señora Lafon en su texto impúdicamente autobiográfico y en qué tesitura ha sido capaz de encandilarme? Es poco menos que un misterio. Lo confieso: un formidable misterio.

Claire es una chica de poco más de veinte años que se emancipa de la granja familiar en Cantal, porque lo que ansía es estudiar los clásicos en la Sorbona y para ello y ante todo se propone descubrir París, los secretos del París cotidiano para una emigrante de provincias cuyo más ferviente deseo es identificarse con la nueva vida que la rodea y estar a su altura, en particular la del brillantísimo profesor de griego “que tiene manos de mujer”, o de Lucy, una compañera de clase que le permite asomarse a un eslabón superior de la escala social. O los tres veranos que trabaja en una oficina bancaria para ahorrar dinero –y no regresar a la granja– y ahí conocemos reflejados al detalle tipos tan anodinos como la cajera madame Rablot o el único varón de la sucursal, “joven y aun así sin edad”, Jean-Jacques, que se casará con Marie-Christine…

Así pues Claire, que al concluir su narración –el libro– está en los cincuenta y sigue soltera y sin hijos, es ya una parisina más, una profesora que da clases de lenguas clásicas y en Navidad acoge durante unos días a su padre, el viejo granjero de Aurillac siempre incómodo en el rebosante París de su hija. Ella no nos habla de países sino de patrias, detalla los espacios personales de alguien que como tantos compatriotas suyos saltó de la introspección del medio rural francés a la capital urbana europea por excelencia y la hizo suya sin que, instalada en el cenáculo del templo greco-latino, en ningún momento renunciase a ser la misma Claire del principio.

Creo que ahí termina mi interés por el personaje y el contenido de un libro que me ha permitido gozar de una cálida lectura y por añadidura –algo poco frecuente– se beneficia de una buena traducción. No se me ocurre qué otra cosa podría decir, excepto esta: es literatura sin adjetivos. Sin colorantes.

La Vanguardia. Cultura l s

(La última crítica que escribió para el Cultura|s Robert Saladrigas pocos días antes de su fallecimiento la madrugada del pasado lunes 22 de octubre)


 

Textos

El profesor de griego tiene manos de mujer, se las frota una contra otra, entrecruza los dedos estirados, tiene las muñecas flexibles y Claire piensa que debe tocar el piano. Se lo imagina en un gran salón, el piano es negro y se extiende sobre una alfombra de muchos colores, la estancia está forrada de libros; sus hijas lo escucharían, tiene tres hijas, lo sabe, lo ha dicho él, tres científicas como su madre, aunque han estudiado latín y griego en el instituto hasta el último curso; la mayor médico genetista, está cursando el doctorado, las otras dos ingenieras. Dos hijas estarían sentadas en sendos sillones rígidos tapizados con una tela amarilla pálida como los que se ven en los escaparates, vendidos de dos en dos, en el anticuario de Saint-Flour, no se sabía el precio, no estaba marcado, detrás de los sillones senatoriales se adivinaban unas cómodas y unos tocadores distinguidos, no se detenía, no entraba en la tienda del anticuario. La hija más joven del profesor de griego se colocaría de pie detrás de su padre y volvería las páginas de la partitura, o el padre tocaría sin partitura; Claire está dudando, no sabe si tocar sin partitura, de memoria, es algo de mayor habilidad pianística; también vacila en los nombres: Anne, Alma o Sophie, ve los peinados de las muchachas, cuadrados lisos y brillantes para las dos más jóvenes, cabellos largos sueltos sobre la espalda para la mayor, son morenas como el padre, con la tez mate. Claire resiste a la tentación de la película; lo llama película porque las imágenes surgen casi sin querer, el guión se va desarrollando, ella queda embelesada, algunas personas, estre las cuales está el profesor de griego, tienen ese efecto sobre ella, ya está, ya empieza a deslizarse, se escapa, se escapa. Y no está bien.

No se arriesgaba, no se aventuraba, no hacía preguntas, no intentaba nada, ella moraba en el fortín de su miedo como centinela gallarda y sumaria. Sin embargo, había que salir, a intervalos regulares, para la temible prueba de las compras en la librería. Semejante aflujo de libros, reunidos en el mismo lugar, eventualmente en varios pisos, la privaba de cualquier discernimiento, era demasiado de todo, y todo a la vez, todo de golpe. Los libros que no había leído, los que no leería jamás, y aquellos otros, pérfidos entre todos, que ya tendría que haber leído antes, en los lejanos años de su primera vida, todos los libros estaba allí, en batallones reglamentarios, en regimientos juramentados, ofrecidos y rechazados, guardados por unas criaturas delgadas y bien vestidas que, a la entrada de cada sección, formaban un dique con sus cuerpos disciplinados y cuya carnación disntinguida parecía proceder de la materia misma de las más preciosas obras. Claire, una vez cruzado el umbral fatídico, se deshacía, se licuaba, lamentable y desmontada. Balbuceaba preferencias inaudibles que la criatura encargada se dignaba escuchar, la cual criatura resultaba ser infalible, elucidaba el galimatías y sin honrar a la suplicante con una mirada, señalaba con un gesto el libro solicitado que reposaba ahí, justo ahí, ahí delante, delante de usted, delante de ella, ahí, en pilas, sobre la mesa de las obras recomendadas en el programa.

Marie-Helénè Lafon

Marie-Helénè Lafon. Los países

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Ida Vitale, por Jorge Edwards: Ejercicios de la memoria

El libro de recuerdos mexicanos de la escritora montevideana reivindica una manera de entender la literatura sin principio ni final, de pensar el arte como un hilo de vida que nunca se extingue.

Origen: Ida Vitale, por Jorge Edwards: Ejercicios de la memoria | La Esfera de Papel

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Reflexiones. Christopher Hitchens

Cuando el universo se altera, no me considero lo suficientemente arrogante para eximirme de la autocrítica. Y me conformo con pensar que algunas contradicciones seguirán siendo contradictorias, que algunos problemas no se podrán resolver jamás con el equipamiento de un mamífero con el córtex cerebral humano y que algunas cosas son incognoscibles indefinidamente. Si se demostrara que el universo es finito o infinito, cualquiera de los dos descubrimientos me resultaría igualmente pasmoso e impenetrable. Y aunque he conocido a numerosas personas mucho más sabias y más inteligentes que yo, no conozco a nadie que sea lo bastante sabio o inteligente para decir otra cosa.

Christopher Hitchens

Christopher Hitchens, Dios no es bueno

(A través de Patricia Damiano)

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Las razones del corazón. Primo Levi

No he abrazado a autores porque tuvieran ciertas virtudes o congenialidades; los he hallado por obra de la fortuna, y sus virtudes han aparecido entonces. El lector intermitente y errático, el lect…

Origen: Las razones del corazón, Primo Levi – Calle del Orco

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El oficio de escritor. Amos Oz

Trabajo como un relojero o un joyero de otros tiempos: un ojo cerrado, el otro ojo metido en una lente de relojero semejante a una torre, unas pinzas finas en los dedos; encima de la mesa, delante de mí, no hay fichas, sino un puñado de pedazos de papel donde he anotado diversas palabras, verbos, adjetivos y adverbios, y también montones y montones de frases inacabadas, y retazos de expresiones, esbozos de descripciones y todo tipo de experimentos de combinaciones de palabras. De vez en cuando cojo cuidadosamente con las pinzas una de esas partículas, minúscula molécula de un texto, la levanto y la examino bien a contraluz, le doy la vuelta, me inclino, limo y pulo un poco, y vuelvo a levantarla y vuelvo a analizarla a contraluz, pulo de nuevo una finísima arruga y me inclino e inserto con cuidado la palabra o la expresión en el lugar que le corresponde en el entramado. Y espero. Lo miro desde arriba, desde un lado, con la cabeza algo inclinada, del derecho y del revés. Aún no estoy del todo satisfecho, vuelvo a sacar la partícula que acabo de insertar e intento poner otra en su lugar, o ubicar la palabra anterior en otro hueco de la misma frase, y la saco y raspo un poco más, e intento fijar de nuevo la palabra que había elegido, ¿tal vez en otro ángulo? ¿En un contexto ligeramente distinto? ¿Tal vez al final de la frase? ¿O al principio de la frase siguiente? ¿O no sería mejor subdividir y hacer una frase independiente de una sola palabra? Me levanto. Doy vueltas por la habitación. Vuelvo a la mesa. Me concentro en eso otro rato, borro toda la frase o arranco, arrugo y rompo la hoja en trocitos. Me desespero. Me maldigo en voz alta y maldigo la escritura y la lengua, y sin embargo comienzo de nuevo a componerlo todo. Escribir una novela, dije en una ocasión, es como construir con un mecano todas las cadenas montañosas de Europa. O como hacer París entero, con sus edificios, sus plazas, sus bulevares, sus torres y arrabales, hasta el último banco de la calle, con cerillas. Para escribir una novela de ochenta mil palabras debo tomar algo así como un cuarto de millón de decisiones: no sólo decisiones sobre el boceto de la trama, quién vivirá y quién morirá, quién amará y quién traicionará, quién se hará rico o se volverá loco, cuáles serán los nombres de los personajes, cómo serán sus caras y cuáles sus costumbres y ocupaciones, cómo dividirla en capítulos, cuál será el título del libro (ésas son las decisiones sencillas, las decisiones más burdas); y no sólo cuándo contar y cuándo silenciar, qué va antes y qué va después, qué revelar al detalle y qué sólo con alusiones (también ésas son decisiones bastante burdas), sobre todo se deben tomar miles de decisiones sutiles, como, por ejemplo, si poner ahí, en la tercera frase hacia el final del párrafo, azul o azulado. O celeste. O celeste oscuro. O tal vez azul ceniza. ¿Y poner ese azul ceniza al comienzo de la frase? ¿O mejor que estalle al final de la frase? ¿O en medio? ¿O que sea una frase breve independiente, un punto delante, un punto y una nueva línea detrás? ¿O no? ¿O es mejor que ese azul se sumerja en la arrastradora corriente de una frase compuesta y tortuosa, con muchos miembros y abundantes subordinaciones? O tal vez lo mejor sería escribir sencillamente cuatro palabras, «luz de la tarde», y no teñir esa luz de la tarde de ningún gris azulado ni ningún celeste polvoriento.

Amos Oz

Amos Oz. Una historia de amor y oscuridad

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Jimi Hendrix ilustrado por Moebius: el encuentro de dos genios

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Jimi Hendrix ilustrado por Moebius: el encuentro de dos genios

Origen: Jimi Hendrix ilustrado por Moebius: el encuentro de dos genios – Cultura Inquieta

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Ventana a TouYube. «No volveré a ser joven». Jaime Gil de Biedma, por Gonzalo de Castro

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Cuaderno de poemas. Susana Thénon

Kikirikyrie

dios nos ayude o dios no nos ayude

o nos ayude a medias

o nos haga creer que nos ayuda

y después mande decir que está ocupado

o nos ayude oblicuamente

con un piadoso «ayúdate a ti mismo»

o nos acune en brazos canturreando que vamos a cobrar

si no dormimos inmediatamente

o nos susurre que hoy estamos y mañana ay también

o nos cuente la historia de la mejilla

y la del prójimo y la del leproso

y la del muchacho lunático y la del mudo que habla

o se coloque los auriculares

o nos sacuda fuerte rugiendo que vamos a cobrar

si nos despertamos inmediatamente

o nos haga el test del árbol

o nos lleve al zoológico a mirar

cómo nosotros nos miramos

o nos señale un viejo tren sobre un fantasma de puente

apuntalado por carteles de pañal descartable

 

dios nos ayude o no o a medias

o renqueando

 

dios nos

dios qué

o más o menos

o tampoco

Susana Thénon  Susana Thénon

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Álbum de librerías incompleto. 111

la nueva librería china que simula, mediante espejos, ser infinita, ser babel. 1

La nueva librería china que simula, mediante espejos, ser infinita, ser Babel.

libreria la taverne de platon (francia)

Librería La Taverne de Platon (Francia)

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