Lecturas: “Los países”. Marie-Helénè Lafon

Se acerca despacio el otoño con su benevolencia térmica y la regeneración de los colores en matices. Surgen instantes en los que uno invoca la magia de los orígenes. A veces a mí, en esa época de transición entre las intransigencias del verano y la crudeza invernal se me ocurre pensar en la literatura pura, liberada de las ataduras de los libros a los géneros establecidos por la necesidad comercial de clasificar y las convenciones académicas. ¿Sería «Monsieur Teste», de Paul Valéry, un referente de literatura en estado puro; o tal vez los «Cuadernos de Malte Laurids Bridge», de Rilke, fechados en 1910, que en el listado bibliográfico del gran poeta checo figuran como novela?

Entonces me pregunto si se puede escribir hoy sólo literatura, obras que no absorban por los temas que abordan, por los personajes que construyen, por la garra de las historias que cuentan. Y sin ­embargo, cuando muy de tarde en tarde alguna nos llega a las manos –al menos en mi caso– no hay manera de soltarla; puede llegar a ejercer un extraño hechizo sea cual sea el argumento, aquello que transmite, porque lo que en realidad despierta es el intraducible placer de leer guiado por el don de la palabra escrita: la escritura.

Marie-Helénè Lafon. Los paísesEs lo que me acaba de ocurrir con un libro –librito en cuanto a tamaño– que tiene todas las trazas de pasar ni siquiera de puntillas. Su ­título es enigmático, «Los países» (2012), y su autora francesa, Marie-Hèléne Lafon (Aurillac, 1962), enseñante de latín y griego, de origen granjero, de la zona del Cantal, y residente en París desde 1980. ¿De qué países nos habla la señora Lafon en su texto impúdicamente autobiográfico y en qué tesitura ha sido capaz de encandilarme? Es poco menos que un misterio. Lo confieso: un formidable misterio.

Claire es una chica de poco más de veinte años que se emancipa de la granja familiar en Cantal, porque lo que ansía es estudiar los clásicos en la Sorbona y para ello y ante todo se propone descubrir París, los secretos del París cotidiano para una emigrante de provincias cuyo más ferviente deseo es identificarse con la nueva vida que la rodea y estar a su altura, en particular la del brillantísimo profesor de griego “que tiene manos de mujer”, o de Lucy, una compañera de clase que le permite asomarse a un eslabón superior de la escala social. O los tres veranos que trabaja en una oficina bancaria para ahorrar dinero –y no regresar a la granja– y ahí conocemos reflejados al detalle tipos tan anodinos como la cajera madame Rablot o el único varón de la sucursal, “joven y aun así sin edad”, Jean-Jacques, que se casará con Marie-Christine…

Así pues Claire, que al concluir su narración –el libro– está en los cincuenta y sigue soltera y sin hijos, es ya una parisina más, una profesora que da clases de lenguas clásicas y en Navidad acoge durante unos días a su padre, el viejo granjero de Aurillac siempre incómodo en el rebosante París de su hija. Ella no nos habla de países sino de patrias, detalla los espacios personales de alguien que como tantos compatriotas suyos saltó de la introspección del medio rural francés a la capital urbana europea por excelencia y la hizo suya sin que, instalada en el cenáculo del templo greco-latino, en ningún momento renunciase a ser la misma Claire del principio.

Creo que ahí termina mi interés por el personaje y el contenido de un libro que me ha permitido gozar de una cálida lectura y por añadidura –algo poco frecuente– se beneficia de una buena traducción. No se me ocurre qué otra cosa podría decir, excepto esta: es literatura sin adjetivos. Sin colorantes.

La Vanguardia. Cultura l s

(La última crítica que escribió para el Cultura|s Robert Saladrigas pocos días antes de su fallecimiento la madrugada del pasado lunes 22 de octubre)


 

Textos

El profesor de griego tiene manos de mujer, se las frota una contra otra, entrecruza los dedos estirados, tiene las muñecas flexibles y Claire piensa que debe tocar el piano. Se lo imagina en un gran salón, el piano es negro y se extiende sobre una alfombra de muchos colores, la estancia está forrada de libros; sus hijas lo escucharían, tiene tres hijas, lo sabe, lo ha dicho él, tres científicas como su madre, aunque han estudiado latín y griego en el instituto hasta el último curso; la mayor médico genetista, está cursando el doctorado, las otras dos ingenieras. Dos hijas estarían sentadas en sendos sillones rígidos tapizados con una tela amarilla pálida como los que se ven en los escaparates, vendidos de dos en dos, en el anticuario de Saint-Flour, no se sabía el precio, no estaba marcado, detrás de los sillones senatoriales se adivinaban unas cómodas y unos tocadores distinguidos, no se detenía, no entraba en la tienda del anticuario. La hija más joven del profesor de griego se colocaría de pie detrás de su padre y volvería las páginas de la partitura, o el padre tocaría sin partitura; Claire está dudando, no sabe si tocar sin partitura, de memoria, es algo de mayor habilidad pianística; también vacila en los nombres: Anne, Alma o Sophie, ve los peinados de las muchachas, cuadrados lisos y brillantes para las dos más jóvenes, cabellos largos sueltos sobre la espalda para la mayor, son morenas como el padre, con la tez mate. Claire resiste a la tentación de la película; lo llama película porque las imágenes surgen casi sin querer, el guión se va desarrollando, ella queda embelesada, algunas personas, estre las cuales está el profesor de griego, tienen ese efecto sobre ella, ya está, ya empieza a deslizarse, se escapa, se escapa. Y no está bien.

No se arriesgaba, no se aventuraba, no hacía preguntas, no intentaba nada, ella moraba en el fortín de su miedo como centinela gallarda y sumaria. Sin embargo, había que salir, a intervalos regulares, para la temible prueba de las compras en la librería. Semejante aflujo de libros, reunidos en el mismo lugar, eventualmente en varios pisos, la privaba de cualquier discernimiento, era demasiado de todo, y todo a la vez, todo de golpe. Los libros que no había leído, los que no leería jamás, y aquellos otros, pérfidos entre todos, que ya tendría que haber leído antes, en los lejanos años de su primera vida, todos los libros estaba allí, en batallones reglamentarios, en regimientos juramentados, ofrecidos y rechazados, guardados por unas criaturas delgadas y bien vestidas que, a la entrada de cada sección, formaban un dique con sus cuerpos disciplinados y cuya carnación disntinguida parecía proceder de la materia misma de las más preciosas obras. Claire, una vez cruzado el umbral fatídico, se deshacía, se licuaba, lamentable y desmontada. Balbuceaba preferencias inaudibles que la criatura encargada se dignaba escuchar, la cual criatura resultaba ser infalible, elucidaba el galimatías y sin honrar a la suplicante con una mirada, señalaba con un gesto el libro solicitado que reposaba ahí, justo ahí, ahí delante, delante de usted, delante de ella, ahí, en pilas, sobre la mesa de las obras recomendadas en el programa.

Marie-Helénè Lafon

Marie-Helénè Lafon. Los países

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