Lectura. «Calle Este-Oeste». Philippe Sands

Calle Este-Oeste

Sobre los orígenes de «genocidio» y «crímenes contra la humanidad»

Sands, Philippe

En las páginas de este libro excepcional se entretejen dos hilos: por un lado, el rescate de la historia del abuelo materno del autor a partir de un viaje de este para dar una conferencia en la ciudad de Lviv, que fue polaca y actualmente forma parte de Ucrania. Por el otro, la peripecia de dos abogados judíos y un acusado alemán en el juicio de Núremberg, cuyas vidas también confluyen en esa ciudad invadida por los nazis. Los dos judíos estudiaron allí y salvaron sus vidas porque emigraron a tiempo –uno a Inglaterra, el otro a Estados Unidos–, y el acusado –también brillante abogado y asesor jurídico de Hitler– fue gobernador durante la ocupación.

Y así, a partir de las sutiles conexiones entre estos cuatro personajes –el abuelo, los dos abogados judíos que participan en Núremberg, uno con el equipo de juristas británico y el otro con el americano, y el nazi, un hombre culto que acabó abrazando la barbarie–, emerge el pasado, la Shoá, la Historia con mayúsculas y las pequeñas historias íntimas. Y frente al horror surge la sed de justicia –la lucha de los dos abogados por introducir en el juicio el concepto de «crímenes contra la humanidad»– y la voluntad de entender lo sucedido, que lleva al autor a entrevistarse con el hijo del criminal nazi.

El resultado: un libro que demuestra que no todo estaba dicho sobre la Segunda Guerra Mundial y el genocidio; un libro que es al mismo tiempo un bellísimo texto literario con tintes detectivescos y de thriller judicial, un relato histórico sobresaliente sobre el Holocausto y los ideales de unos hombres que luchan por un mundo mejor y una meditación sobre la barbarie, la culpa y el deseo de justicia. Pocas veces está tan justificado aplicar a una obra el calificativo de imprescindible.

«Una conmovedora memoria familiar se entrecruza con la historia de las mentes legales judías que sembraron las semillas de las leyes de los derechos humanos en el juicio de Núremberg. Un libro importante y absorbente. Excepcional» (Lisa Appignanesi, The Guardian).

«Extraordinario. Cautivador. Emocionante e intenso» (Mark Mazower, Financial Times).

«Un libro descomunal, una historia cargada de emoción que a ratos se lee como un relato detectivesco» (David Herman, New Statesman).

«Un libro excepcional» (Caroline Sanderson, The Bookseller).

«Un libro radicalmente distinto a todo lo que he leído; absorbente e inolvidable» (Orlando Figes).

«Uno de los libros más extraordinarios que he leído en mi vida» (Antonia Fraser).

«Utiliza las técnicas propias de algunos historiadores, pero también las de un autor de thrillers. El resultado es una narración que hasta donde llegan mis conocimientos no tiene precedentes. Una máquina de fuerza y belleza que nadie debería pasar por alto» (Bernard-Henri Lévy).

«El triunfo de una indagación admirable. Ninguna novela podría plasmar la verdad con tanta precisión» (Antony Beevor).

«Un logro monumental: profundamente personal, narrado con amor, indignación y una gran precisión» (John le Carré).

Contraportada de la edición de Anagrama


Textos

Leon, en 1945, no tenía ninguna información al respecto, pero ahora yo sí la tenía. Él nunca me dijo que todas las personas de su infancia, todos y cada uno de los miembros de la extensa familia de Galitzia, los Buchholz y los Flaschner, habían sido asesinados. De los setenta o más miembros de la familia que vivían en Lemberg y en Żółkiew cuando estalló la guerra, el único superviviente era él, Leon, el niño sonriente de orejas grandes. Leon nunca me habló de aquel período, ni tampoco mencionó a ninguno de aquellos familiares. Solo ahora, como consecuencia de haber aceptado la invitación para dar una conferencia en Lviv, podía empezar a entender la envergadura de la desolación con la que vivió durante el resto de una vida que se prolongó hasta finales del siglo XX. El hombre al que yo llegué a conocer en la segunda mitad de su vida era la última persona que quedaba de los años en Galitzia. Aquella era la causa del silencio que yo había percibido de niño, un silencio que dominaba el pequeño apartamento que él compartía con Rita.

[…]

En mayo de 1945, unos días después de que Hitler se suicidara, mientras Lauterpacht colaboraba con abogados ingleses en la investigación de delitos y Lemkin presionaba para formar parte del equipo de fiscales de Robert Jackson, el gobernador general Hans Frank aguardaba la llegada de los estadounidenses. Y lo hacía en el salón de su cancillería, localizada ahora en el viejo Café Bergfrieden, en la pequeña población bávara de Neuhaus am Schliersee.392 El personal que le acompañaba se reducía a solo tres individuos, incluido Herr Schamper, el chófer. Tras un brutal reinado en la Polonia ocupada, Frank había vuelto a las inmediaciones del hogar familiar, a unos cincuenta kilómetros al sur de Múnich. Mientras Frank aguardaba, los aliados preparaban el procesamiento de los principales líderes nazis, incluido el propio Frank. Este había sido abogado de Hitler y uno de los más destacados juristas del nacionalsocialismo, que actuó contra los derechos de individuos y grupos motivado por una ideología que anteponía el amor al Führer y el concepto de comunidad nacional a todo lo demás. Durante cinco años fue el rey de la Polonia ocupada, con esposa y amante, cinco hijos, treinta y ocho volúmenes de detallados diarios y una colección de cuadros entre los que se incluía un famoso retrato de Leonardo da Vinci. Incluso se había llevado La dama del armiño a Schliersee, y esta descansaba ahora en el Andachtsraum, una falsa capilla. El viernes 4 de mayo, un jeep militar estadounidense detuvo su marcha. El teniente Walter Stein se bajó de un salto, se dirigió al edificio, entró por la puerta principal y preguntó: «¿Quién de ustedes es Hans Frank?»

[…]

Durante las primeras semanas del juicio se presentaron ante los jueces argumentos legales novedosos y terribles evidencias sin parangón. Además de documentos tales como los diarios de Frank, se expusieron ante ellos objetos grotescos -piel humana tatuada, una cabeza reducida- y se proyectaron películas en la gran pantalla blanca que colgaba al fondo de la sala. La aparición de Hitler en un corto provocó una conmoción entre los acusados. «¿Es que no sienten la tremenda fuerza de su personalidad?», se oyó decir a Von Ribbentrop, «¿cómo volvía loca a la gente?» La fuerza de su personalidad era erschütternd. Estremecedora.

[…]

Samuel Rajzman compareció en el estrado la mañana del 27 de febrero, tras ser presentado a los jueces como un hombre que había «vuelto del otro mundo».531 Llevaba traje oscuro y corbata y lo observaba todo atentamente a través de unas gafas. Su rostro arrugado y anguloso tenía cierta expresión de asombro y desconcierto por estar vivo; y ahora se sentaba a unos pasos de Frank, en cuyo territorio se situaba Treblinka. Mirando a aquel hombre, uno no se hacía idea del camino que había recorrido o de los horrores que había presenciado. Habló con voz comedida y tranquila del viaje desde el gueto de Varsovia en agosto de 1942, del transporte en tren en condiciones inhumanas: ocho mil personas apretujadas en vagones de ganado. Él era el único superviviente. Cuando el fiscal ruso le preguntó por el momento de la llegada, Rajzman le explicó cómo les habían hecho desnudarse y caminar a lo largo del Himmelfahrtstrasse, el «camino al cielo», un corto paseo hasta la cámara de gas, cuando de repente un amigo de Varsovia lo sacó de la fila y se lo llevó: los alemanes necesitaban un intérprete; pero antes le hicieron cargar la ropa de los muertos en trenes vacíos que partían de Treblinka. Pasaron dos días; luego llegó un transporte procedente de la pequeña población de Vinegrova en el que venían su madre, su hermana y sus hermanos. Él los vio caminar hacia las cámaras de gas, sin poder intervenir. Varios días después le entregaron los papeles de su esposa, junto con una fotografía en la que aparecía esta con su hijo. «Eso es todo lo que me han dejado de mi familia», declaró en la sala de justicia, en aquella reveladora comparecencia pública. «Una fotografía.»

[…]

En privado, Höss le dijo al doctor Gilbert que la actitud predominante en Auschwitz era de absoluta indiferencia. «Nunca se nos pasó por la cabeza» cualquier otro sentimiento

Philippe Sands, Calle Este-Oeste

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Los interlocutores del escritor, Natalia Ginzburg

Quien escribe corre dos peligros: el peligro de ser demasiado bueno y tolerante para consigo mismo, y el peligro de despreciarse. Cuando se desea demasiado bien para sí mismo, cuando se siente llen…

Origen: Los interlocutores del escritor, Natalia Ginzburg – Calle del Orco

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Escribir. Mercè Rodoreda

Mercè Rodoreda.jpg

Escribo porque me gusta escribir. Si no me pareciera exagerado diría que escribo para gustarme a mí misma. Si de rebote lo que escribo gusta a los demás, mejor.

Mercè Rodoreda

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Recopilación de textos fotografiados. Cavafis

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Terminar un libro. Lobo Antunes

Terminar un libro es muy duro, es como firmar los papeles para el divorcio, te queda un vacío muy grande, dejas de oír las voces que te han acompañado durante mucho tiempo. Es la única manera que tiene un hombre de sentirse embarazado, has de dedicarle mucho esfuerzo y tienes miedo de que te nazca un monstruo, te gustaría siempre que tu hijo sea el más guapo y el más inteligente. Los libros ya escritos procuro olvidarlos, es como las mujeres a las que has amado: si piensas en ellas no puedes disfrutar de la actual.

Lobo AntunesAntónio Lobo Antunes

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Reflexiones. George Orwell

George Orwell

Lo más característico de la vida moderna no era su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido.

George Orwell, 1984.

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Walter Benjamin. La técnica del escritor en trece tesis

LA TÉCNICA DEL ESCRITOR EN TRECE TESIS

I. Quien se proponga escribir una obra de gran envergadura, que se dé buena vida y, al terminar su tarea diaria, se conceda todo aquello que no perjudique la prosecución de la misma.

II. Habla de lo ya realizado, si quieres, pero en el curso de tu trabajo no leas ningún pasaje a nadie. Cada satisfacción que así te proporciones, amenguará tu ritmo. Siguiendo este régimen, el deseo cada vez mayor de comunicación acabará siendo un estímulo para concluirlo.

III. Mientras estés trabajando, intenta sustraerte a la medianía de la cotidianidad. Una quietud a medias, acompañada de ruidos triviales, degrada. En cambio, el acompañamiento de un estudio musical o de un murmullo de voces puede resultar tan significativo para el trabajo como el perceptible silencio de la noche. Si éste agudiza el oído interior, aquél se convierte en la piedra de toque de una dicción cuya plenitud sepulta en sí misma hasta los ruidos excéntricos.

IV. Evita emplear cualquier tipo de útiles. Aferrarse pedantemente a ciertos papeles, plumas, tintas, no es provechoso. No el lujo, pero sí la abundancia de estos materiales es imprescindible.

V. No dejes pasar de incógnito ningún pensamiento, y lleva tu cuaderno de notas con el mismo rigor con que las autoridades llevan el registro de extranjeros.

VI. Que tu pluma sea reacia a la inspiración; así la atraerá hacia ella con la fuerza del imán. Cuanto más cautela pongas al anotar una ocurrencia, más madura y plenamente se te entregará. La palabra conquista al pensamiento, pero la escritura lo domina.

VII. Nunca dejes de escribir porque ya no se te ocurra nada. Es un imperativo del honor literario interrumpirse solamente cuando haya que respetar algún plazo (una cena, una cita) o la obra esté ya concluida.

VIII. Ocupa las intermitencias de la inspiración pasando en limpio lo escrito. Al hacerlo se despertará la intuición.

IX. Nulla dies sine lineadies sine linea —pero sí semanas.

X. Nunca des por concluida una obra que no te haya retenido alguna vez desde el atardecer hasta el despuntar del día siguiente.

XI. No escribas la conclusión de la obra en tu cuarto de trabajo habitual.
En él no encontrarías el valor para hacerlo.

XII. Fases de la composición: idea-estilo-escritura. El sentido de fijar un texto pasándolo en limpio es que la atención ya sólo se centra en la caligrafía. La idea mata la inspiración, el estilo encadena la idea, la escritura remunera al estilo.

XIII. La obra es la mascarilla funeraria de la concepción.

Walter Benjamin

(A través de «Biblioteca Ignoria»)

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Entrevista con Adonis

Adonis, poco antes de su entrevista con ABC – Jaime García

Adonis: «Lorca y Cervantes son tan árabes y chinos como españoles»

El escritor sirio, gran candidato del mundo árabe al Nobel, repasa su vida y defiende la cultura como patrimonio universal más allá de las fronteras

Origen: Adonis: «Lorca y Cervantes son tan árabes y chinos como españoles»

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Mark Strand. Lecciones sobre poesía. IV

Pero no todos los poemas tienen como propósito recordarnos lo oscuro o lo desconocido que late en nuestra experiencia. Algunos se proponen otra cosa: hablar de lo conocido, de las experiencias comunes que nos hacen sentir poderosamente nuestra humanidad, las experiencias que compartimos con quienes vivieron hace cientos de años. Es tarea difícil hablar por medio de las convenciones poéticas y lingüísticas de una época determinada acerca de aquello que parece no haber cambiado. Todo poema debe hablar de algún modo por sí mismo, por su propia novedad: a partir tanto de sus ataduras a las convenciones del momento como de su disolución. Debe hacernos creer que lo que leemos nos pertenece, aunque sepamos que nos está diciendo algo muy antiguo. Esta forma de engaño le permite a la poesía liberarse de los tópicos. Cuando se repiten convenciones de otra época ya empleadas hasta la saciedad, el efecto es banal: así ocurre, por ejemplo, con esos versos gastados y sentimentales que se ponen en las felicitaciones de cumpleaños. Aunque es por estas convenciones precisamente por las que reconocemos la poesía como tal. Al recurrir a viejas figuras en combinaciones nuevas, con ligeras alteraciones, al emplear la métrica, al usar esquemas de rima nuevos y renovar los patrones estróficos, ajustándolos al habla contemporánea, a su sintaxis, a sus modismos, los poemas rinden homenaje a los poemas que les preceden. Quien no está familiarizado con la poesía quizá desconozca esto, y no alcanzará a captarlo al escuchar la lectura de un poema. Esta es la vida secreta de la poesía. En todo momento rinde homenaje al pasado, prolongando la tradición hasta el presente.

Mark Strand. Sobre nada

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Cuaderno de poemas. «Trastero». Mary Oliver

Cuando me mudaba de una casa a otra

había muchas cosas para las que no tenía espacio.

¿Qué podía hacer? Alquilé un trastero.

Y lo llené. Los años pasaron.

De vez en cuando iba allí y miraba,

sin que nada ocurriera, ni una sola

punzada en el corazón.

Cuantos más años cumplía, las cosas que me importaban

eran cada vez menos, pero más

importantes. Así que un día rompí el candado

y llamé al basurero. Se lo llevó

todo.

Me sentí como el burrito al que

finalmente le quitan la carga de encima. ¡Cosas!

¡Quémalas, quémalas! ¡Haz un hermoso

fuego! ¡Habrá más espacio en tu corazón para el amor,

para los árboles! Para los pájaros

que nada poseen —la razón por la que no pueden volar.

Mary Oliver

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