
Los relatos de la autora búlgara son otra muestra de la gran literatura del oriente de Europa
Origen: LIBROS | Crítica del libro de relatos de Zdravka Evtímova ‘Sangre de topo’ | El Periódico de España

Los relatos de la autora búlgara son otra muestra de la gran literatura del oriente de Europa
Origen: LIBROS | Crítica del libro de relatos de Zdravka Evtímova ‘Sangre de topo’ | El Periódico de España
Leila Guerriero tras los pasos de Truman Capote en la Costa Brava donde escribió buena parte de su célebre A sangre fría.
Justo después de terminar La llamada, uno de los mejores libros de no ficción de los últimos tiempos, Leila Guerriero se dirigió hacia la Costa Brava tras los pasos de Truman Capote, quien escribió allí gran parte de su célebre A sangre fría.
El resultado es La dificultad del fantasma, obra de agudeza, estructura, estilo y ritmo soberbios que mezcla investigación sobre el terreno, reportaje sobre la manipulación de la memoria, diario de escritura y reflexión sobre el ejercicio de un género literario que, justamente con A sangre fría, Capote pretendió fundar. Género que Leila Guerriero ha llevado a un nivel extraordinario de rigor y excelencia.
(Contraportada)
Textos
El mar Mediterráneo cubre como un velo transparente la cala sobre la que se construyó la casa. Durante casi seis semanas ese paisaje se deslizará, como una contaminación, en lo que piense, en lo que sienta, en lo que escriba. Sin embargo, Capote se mantiene inmune. Nada de este esplendor sobrenatural se refleja en su obra, ni en las cartas que escribió desde aquí, ni en las entrevistas en las que le preguntaron por el proceso de escritura del libro que lo hizo ascender al olimpo y, después, lo arrastró al infierno.
No siempre sucede, pero hay instantes en los que las historias empiezan a transformarse en otra cosa, en los que un periodista debe poner las ideas que tenía acerca de aquello que iba a contar, admitir que ha perdido el control y cambiar de rumbo. Ese instante llegó para Capote cuando vio a los dos hombres esposados descendientes del auto de la policía. La historia dejó de ser la historia de Holcomb y empezó a ser la de los asesinos. Ese viraje lo cambió todo. En el libro y en su vida.
En Nueva York, Capote retomó su rutina: almuerzos con amigas refinadas, fines de semana con los Paley, visitas a los Kennedy. Se compró un Jaguar azul. Viajó a Kansas a ver a Dick y Perry. Siguió esperando la muerte de los dos ocultándoles, a ambos, que la esperaba. «Escribir el libro no me resultó tan difícil como tener que vivir con él. Todo este maldito asunto, día a día y día a día. Fue mortificante, una verdadera fuente de ansiedad, tan desolador, tan anonadante, y… tan triste», dijo después.
Pero aunque la «invención» del género sea discutible, Capote hizo algo único: fue el primer gran autor norteamericano de ficción que se abocó a investigar un hecho real, aplicó para esas técnicas en las que nadie lo había entrenado y señaló como valioso un género que, hasta entonces, se consideraba menor.
Cuando un período de intensa creatividad llega a su fin, se produce un bajón de energía, una sensación de pérdida. La obsesión necesaria para el éxito de la obra se desvanece bruscamente, dejando un vacío. Durante mucho tiempo hubo algo, siempre ahí, siempre distrayendo la mente, exigiendo soluciones a los problemas creativos; luego no hay nada. Capote volvió a sí mismo, a su vida, a quien era. Era un hombre cambiado, quizás, pero también el mismo, con las mismas necesidades, los mismos sentimientos, las mismas inseguridades profundas. Lo que solía hacer, desde su juventud, era escribir para salir del agujero».

Cuando acudimos a un libro con humor destemplado, reclamándole airadamente redentores efectos inmediatos, casi siempre se repliega y nos niega. Porque los libros, como algunas personas delicadas, n…
Origen: Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va, Carmen Martín Gaite – Calle del Orco
P.: E. M. Forster dice que, a veces, sus personajes principales toman el control y dictan el curso de sus novelas. ¿Ha tenido alguna vez ese problema, o conserva siempre el control sobre la historia?
R.: Lo único que he leído de Forster es una novela que, por cierto, no me gustó. Y, en cualquier caso, no fue él quien inventó esa trillada fantasía sobre personajes con voluntad propia. Es más viejo que la sarna. Aunque, por supuesto, uno empatiza con los personajes de Forster si es cierto que tratan de escapar del viaje ese a la India o adonde sea que los lleva. Mis personajes son esclavos de las galeras.

Entrevista con Vladímir Nabokov (“The Paris Review”. 1953-1983)
Lo terrible es el borde, no el abismo.
En el borde
hay un ángel de luz del lado izquierdo,
un largo río oscuro del derecho
y un estruendo de trenes que abandonan los rieles
y van hacia el silencio.
Todo
cuanto tiembla en el borde es nacimiento.
Y sólo desde el borde se ve la luz primera
el blanco –blanco
que nos crece en el pecho.
Nunca somos más hombres
que cuando el borde quema nuestras plantas desnudas.
Nunca estamos más solos.
Nunca somos más huérfanos.

En cualquier momento puedo estar escribiendo. En cuanto al proceso de trabajo, lo que puedo decir de la novela que estoy ahora haciendo es que no paro de corregir. El otro día me acordé de una frase de mi admirado Monterroso: “Yo no escribo, solo corrijo”. Y sí. Estoy escribiendo un libro y estos días abordé el décimo capítulo, que calculé que tendría unas mil palabras. Eso me animó a escribirlo mucho más que si hubiera pensado que tendría que tener, por ejemplo, cinco mil. En ese décimo capítulo tenía que describir un viaje en coche de Cadaqués a Barcelona. Conducía un viejo pintor de paredes de Cadaqués y un mal pintor de marinas; y de copiloto llevaba al narrador del libro, que pronto sentía que avanzaban muy poco en la carretera a pesar de que ya llevaban una hora de viaje. También le parecía que el mundo no estaba acabado de hacer y que quizás estaban en el infierno, porque se movían como si estuvieran en la eternidad. Hice un primer borrador de casi mil palabras. Lo imprimí y taché unas trescientas. Quité toda la grasa y las cosas que no eran necesarias. Y volví a redactar todo el capítulo. A medida que lo redactaba surgían nuevos elementos. Ayer me di cuenta de que tal vez había escrito que el mundo “no estaba acabado de hacer” quizás porque mi novela, a diferencia de otras que había escrito, se demoraba más de la cuenta y no estaba nunca acabada de hacer. ¿Me he vuelto más exigente conmigo mismo con los años? Seguro. En fin: hay pocas certezas en este oficio. Y una de las pocas es que sin dominar el duro arte de corregir no hay nunca un buen escritor.

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