Los domingos cuando estaba en casa, sacaba de su bolsillo varios ojos, los lustraba con el borde de la manga y llamaba a mi madre para que eligiera. Mi madre reía.
Por las mañanas mi padre estaba contento. Jugaba con el ojo en su palma antes de ponérselo y decía que era un buen ojo. Pero yo no lo quería creer.
Me ponía un chal oscuro sobre los hombros como si tuviera frío y espiaba. Un día por fin lo vi llorar. No había ninguna diferencia con un ojo verdadero.
Antes de ponerse el pendiente frotó el metal que rodeaba el zafiro con un bastoncito impregnado en líquido para limpiar plata. Cientos de estratos de tiempo levantaron el vuelo dejando la superficie luminosa y desnuda. Se acercó, curiosa, y la joya le devolvió el rostro adolescente de su abuela probándose el pendiente ante un espejo.
Paz Monserrat Revillo
ABRIL
Me senté en la última fila del autobús escolar, suplicando baches. Por fin salíamos de excursión toda la clase, y mis compañeras se regocijaban en sus asientos, mientras piropeaban al conductor. La profesora decía que la primavera no tiene remedio. Unos días antes yo había hecho el amor por primera vez. Sin precauciones.
No estaría mal escribir un libro sobre la guerra que provocara nauseas, que lograra que la sola idea de la guerra diera asco. Que pareciera de locos. Que hiciera vomitar a los generales.
El mal parece infinito. Ya no puedo percibirlo sólo como un hecho histórico (…) ¿me enfrento al tiempo o al ser humano? Los tiempos cambian, pero, ¿y los humanos? Las repeticiones me hacen pensar en la torpeza de la vida…
Soy consciente de que no deben redactarse el llanto ni los gritos, una vez redactados perderán importancia; la versión escrita saltará al primer plano y la literatura sustituirá la vida. Así es este material, la temperatura de este material. Supera los límites. En la guerra el ser humano está a la vista, se abre más que en cualquier otra situación, tal vez el amor sería comparable. Se descubre hasta lo más profundo, hasta las capas subcutáneas...
Lo veía llenar el vaso y vaciarlo en silencio, dándome el perfil, acodado en el mostrador, combatiendo la idea de que ni siquiera los pasados pueden conservarse inmutables, que las orejas más torpes tienen que escuchar el rumor de la arenilla que los pasados escarban para descender, alejarse, cambiar, seguir vivos. Se marchaba antes de emborracharse y caminaba hacia el hotel.
Sólo una vez supe para qué servía la vida. En Boston, de repente, lo entendí; caminé junto al río Charles, observé las luces mimetizándose, todas de neón, luces estroboscópicas, abriendo sus bocas como cantantes de ópera; conté las estrellas, mis pequeñas defensoras, mis cicatrices de margarita, y comprendí que paseaba mi amor por la orilla verde noche y lloré vaciando mi corazón hacia los coches del este y lloré vaciando mi corazón hacia los coches del oeste y llevé mi verdad sobre un pequeño puente encorvado y apresuré mi verdad, su encanto, hacia casa y atesoré estas constantes hasta el amanecer sólo para descubrir que se habían ido.
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"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)