Aún hubo más balas, más segundos, más «Allahu Akbar!». Todo era a la vez brumoso, preciso y distante. Mi cuerpo estaba tendido en el estrecho paso que quedaba entre la mesa de reuniones y la pared del fondo; tenía la cabeza vuelta hacia la izquierda. Abrí un ojo y vi aparecer al otro lado, debajo de la mesa, cerca del cuerpo de Bernard, dos piernas negras y el extremo de un fusil que, más que moverse, flotaban. Cerré los ojos y al cabo volví a abrirlos como un niño que cree que nadie lo verá si se hace el muerto; porque me hacía el muerto. Era el niño que había sido, volvía a serlo, jugaba a hacerme el indio muerto mientras me decía que quizá el dueño de las piernas negras no me vería o me creería muerto, mientras me decía también que me iba a ver y a matar. Esperaba al mismo tiempo la invisibilidad y el golpe de gracia, dos formas de la desaparición. Aún me creía a salvo de cualquier rasguño. Sin embargo, estaba herido, lo suficientemente inmóvil y con la cabeza bañada probablemente en suficiente sangre como para que el asesino, al acercarse, no juzgara necesario rematarme. De repente sentí su presencia casi encima de mí y cerré los ojos, volví a abrirlos enseguida, como si, para verle algunas partes del cuerpo y asistir a la continuación de la historia, estuviera dispuesto a correr el riesgo de experimentar el fin de la misma: no pude evitarlo. Allí estaba, como un toro que olfatea al torero inmóvil al que acaba de dar una cornada, las piernas negras, el fusil apuntando como unos cuernos hacia el suelo, preguntándose quizá si había que insistir o no. Lo oía respirar, flotar, tal vez dudar, me sentía vivo y casi ya muerto, lo uno y lo otro, lo uno en lo otro, atrapado en su mirada y en su aliento; luego se alejó lentamente, atraído por otros cuerpos, por otros capotes, por otras cosas, en realidad hacia la salida, como supe mucho más tarde, porque todo duró apenas algo más de dos minutos. Y luego se hizo el silencio. La paz se adueñó de la pequeña sala, ahuyentando poco a poco la amenaza de una prolongación o de un regreso de los asesinos. Ya no me movía, apenas si respiraba. La bruma se iba disipando. No sentía nada, no veía nada, no oía nada. El silencio fabricaba el tiempo y, entre los heridos y los muertos, las primeras formas de la vida después de la muerte.
Cuando Salman Rushdie fue víctima de la fetua del ayatolá Jomeini, el escritor V. S. Naipaul se negó a apoyarlo aduciendo que a fin de cuentas se trataba solamente de una forma extrema de crítica literaria. Su sarcasmo, muchísimo más inspirado por su mal carácter y por una crítica desfavorable que Rushdie había hecho de uno de sus libros que por una simpatía que no profesaba por los musulmanes, no carecía de sentido: toda censura es sin duda una forma extrema y paranoica de crítica. La forma más extrema solo podían ejercerla unos ignorantes o unos iletrados, entraba dentro de lo normal, y eso era exactamente lo que acababa de ocurrir: habíamos sido víctimas de los censores más eficaces, los que se lo cargan todo sin haber leído nada.
Si escribir consiste en imaginar todo lo que falta, en reemplazar el hueco con cierto orden, lo que yo hago no es escribir: ¿cómo iba a poder crear la menor ficción cuando a mí se me ha tragado una ficción? ¿Cómo erigir un orden cualquiera sobre semejantes ruinas? Es como pedirle a Jonás que se imagine que vive en el vientre de una ballena cuando vive en el vientre de una ballena. Yo no necesito escribir para mentir, imaginar o transformar lo que me pasó. Me bastó con vivirlo. Y, pese a todo, escribo.
Ellos sufrían, lo veía, pero yo no: yo era el sufrimiento. Vivir por completo en el interior del sufrimiento, estar determinado solo por él no es sufrir; es otra cosa, una alteración completa del ser. Sentía que me separaba de todo cuanto veía y de mí mismo para digerirlo mejor.
La traqueo me dolía y la sonda nasal empezaba a causarme irritaciones en la nariz y en la garganta. No estaba seguro de entender lo que pasaba y, al margen de aquel malestar salpicado de dolores, no sentía nada. Oí por primera vez pronunciar aquel lema, «Yo soy Charlie». La manifestación y el lema tenían que ver con un suceso del que yo había sido víctima, del que era uno de los supervivientes, pero para mí se trataba de un suceso íntimo. Como un tesoro maléfico o un secreto, me lo había llevado a aquella habitación en la que nada ni nadie podía seguirme, salvo aquella que iba delante de mí en el camino que ahora me tocaba emprender: Chloé, mi cirujana. Escribía en Charlie, había resultado herido y visto a mis compañeros muertos en Charlie, pero yo no era Charlie. El 11 de enero, yo era Chloé.
Hacía más de un mes que Gabriela vivía fuera del capullo, y no tardé mucho en darme cuenta de que, aunque se instalara en el centro por espacio de diez días, no podía encontrar de nuevo su lugar. Albergaba sentimientos de amistad por muchas personas de mi entorno, pero ya no sentía amor por nadie. Gabriela se había subido al tren hospitalario el 9 de enero, y se había bajado una semana después para volver a Nueva York y a sus múltiples problemas; ya no era posible subirse de nuevo y reactivar, al menos a corto plazo, la máquina de amar. Había cambiado el tiempo, había cambiado mi cuerpo, metabolizaba el atentado a través de la reconstrucción, un mes valía diez años y todos los asientos estaban ocupados, aunque todo el mundo empezara a salir del vagón, las mujeres primero, cuando subió Gabriela. La mujer a la que amaba se había convertido en la mujer que sobraba.
Hubo un tiempo en que volví a leer todos los diarios de Kafka, sus cartas, y también lo que escribieron sus amigos sobre él, solo porque quería averiguar si por acaso no había tenido granos. Pero l…
¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste? No buscando una respuesta ni encontrando una certeza, sino la última vez que te escapaste de lo cotidiano y te detuviste. No por cansancio ni por desidia, sino porque sí. ¿Cuándo fue la última vez que te detuviste y dejaste que todo a tu alrededor flotara? Como quien se anima a desconectar las cosas, a quitarles su carácter de utilidad, a sacarlas de la lógica del cálculo. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo que no sirviera para nada? Para nada ni para nadie, ya que las servidumbres se presentan de formas muy misteriosas. Algo que no fuese pensado desde la ganancia, el interés o el egoísmo. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo porque sí? No porque te convenía o porque lo necesitabas, o incluso porque lo querías; sino porque sí. O al revés: ¿cuándo fue la última vez que la casualidad hizo con vos algo? No algo productivo, ni profundo, ni siquiera algo en sentido estricto. ¿Cuándo fue la última vez que le diste un abrazo a alguien? No a tus seres queridos ni a personas conocidas, sino a “alguien”, no importa a quien. ¿Cuándo fue la última vez que diste? No importa qué. Un regalo no vale por lo que es, sino que vale en tanto regalo. Un regalo no vale. Un regalo no es. Se da y no vuelve. ¿Cuándo fue la última vez que te abriste? ¿O que no te cerraste? ¿O que demoliste tus puertas? ¿O que dejaste entrar al indigente? ¿O que ese otro irrumpió en vos y te llevó puesto? ¿Cuándo fue la última vez que recordaste? No cuando vence la factura de gas o la fecha del examen, sino que te recordaste como una trama, como una huella, como parte del relato en el que te ves inmerso, como el deseo de querer seguir narrándote. ¿Cuándo fue la última vez que lloraste? Simplemente lloraste. De alegría, de tristeza, da igual. Llorar, como quien expresa en ese acto primitivo la existencia viva; como quien solicita, pide, ruega, pero no reclama, ni exige, ni cree merecer.¿Cuándo fue la última vez que te perdiste? No en esta calle o en este trabajo o con este proyecto compartido. Perderse, dejándose llevar por ese acontecimiento imprevisible, dejándolo ser. El mundo está repleto de carteles y señales. El mundo está lleno de héroes que te proponen un formato industrial del ser uno mismo y una carrera exitosa basada en el afianzamiento de lo que sos. No importa qué sos, sino abroquelarte en lo tuyo, o en los tuyos, y sobre todo erigir los muros que hacen del otro y de lo otro algo invisible. Por eso perderse, como quien pasea sin rumbo, o habla con una tortuga, o le pide perdón a un helado por comérselo. Como quien se baja del colectivo para caminar por esas calles extrañas, como quien encuentra una mirada que lo devuelve para adentro y cae en el abismo. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste miedo? No por lo que te pudiera pasar, sino por pensar que tal vez nunca no te pasara nada. ¿Cuándo fue la última vez que preferiste la nada al ser, un olor a un concepto, un insomnio a un ansiolítico, un árbol viejo a un ascensor? ¿Cuándo fue la última vez que te traicionaste, que te animaste, que transgrediste, que te lanzaste, que tuviste un sueño, que creíste, que descreíste, que te arrepentiste, que te afirmaste, que te cuestionaste, que soltaste lo propio y te abriste a la pregunta? ¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste?…
Darío Sztajnszrajber
(A través de «Las cuatro esquinas, una intersección literaria»)
Poeta, narradora y ensayista, hoy 22 de octubre Doris May Tayler, más conocida como Doris Lessing, hubiera cumplido cien años de provocación y libertad
Bueno, ciertamente por placer, aunque está claro que no es un placer tan grande. En ese caso para complacer a otros. He escrito con eso en mente a veces, pensando en ciertas personas, pero sería más honesto decir que he escrito para que otros me admiren, para que me quieran, para ser elogiado, reconocido. A fin de cuentas, ésa es la única razón. El resultado apenas tiene nada que ver. Ninguna de esas razones da la fuerza del deseo.
[…] Eres el héroe de tu propia vida: te pertenece sólo a ti, y a menudo es la base de una primera novela. Ninguna otra historia está más a tu alcance para que dispongas de ella.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)