Primero llega la muerte y después el duelo, la desolación infinita.
Javier y yo éramos muy conscientes de lo extraordinario que era que nos hubiésemos conocido, que existiésemos en el mismo tiempo histórico y cronológico, con lugares de residencia más o menos cercanos, que nuestras trayectorias nos hubiesen llevado a coincidir en el momento vital adecuado para ambos.
Javier no está en ninguna parte. Y eso me resulta inconcebible más allá de lo que soy capaz de expresar.
Y sientes entonces un poco de pena por ti misma. Otro de los cambios que te resultan inaceptables, porque llevas toda la vida intentando no tener nada que ver con la autocompasión, justamente el sentimiento que te ronda insistente, sobre todo cuando piensas lo que pensaría quien tanto te cuidaba si pudiera vislumbrar la que ahora es tu realidad.
Esa transformación de los vocablos fascinaba a Javier. Le gustaba indagar en los orígenes y evolución del lenguaje. Y era muy meticuloso en el uso que hacía de él, lo que, entre otras cosas, nos daba para muchas carcajadas.
Por ejemplo, opinaba que no puede llamarse igual el golpe que te das al caerte en una ciudad pequeña que en una grande. Porque, mientras en esta última te das un golpe, un tortazo, un porrazo, etc., en una pequeña sólo puede ser una toña.
En Madrid habíamos ido dejando casi todo lo suyo digamos profesional, aunque Javier nunca se consideró un profesional de la escritura. Escribía un libro y, al terminar, nunca sabía si habría otro, porque nunca los escribía por encargo, ni con prisas. El mismo lo decía cuando le comentaban (y se lo comentaban mucho) que con un ordenador iría más rápido. No quería ir más rápido, al contrario, disfrutaba del proceso mismo de la escritura.
Yo sé todo lo que contienen sus libros -que he leído innumerables veces- y sé por qué lo contienen. Porque conozco el proceso de su pensamiento mientras los escribía, y también sus inquietudes, los meandros de sus reflexiones, los guiños, directamente a míy también a causa de otros, para que los más cercanos los detectáramos, el humor, tan importante para él en la vida, una de las piezas fundamentales de la convivencia y de la relación, sus dudas, no sólo de escritura, sino también a la hora de tocar determinados asuntos, algunos porque le dolían personal y profundamente.
El escritor francés Georges Perec, fotografiado en 1978.Louis MONIER (Gamma-Rapho via Getty Images)
‘La casa’, de Julien Gracq, y ‘Por qué Georges Perec’, escrito por Kim Nguyen Baraldi, una vez leídos, me llevaron a otros lugares, a otros mundos, inspecciones de todo tipo
Escucha mi deseo, siempre está ahí. Me quedo cerca de él, no lo abandono, es lo que me lleva, lo que me lleva a ti, lejos de mí, lejos de todo, lejos de la sangre que huye de mí, que me abandona y me quema. E incluso si yo no llego, incluso si no llego. Escucha, en las ruinas de mis huesos, en las piedras de mi carne, en el yeso del cielo, escucha. Aún queda un grillo, una canción. En ella puedes encontrarlo todo, renovar la alianza, el aire, la locura, la canción de cuna en mi sangre, en la voz de mi sangre que es más que mi sangre; escucha, te estoy llamando, te estoy llamando. Tengo frío, mucho frío.
Hay una cosa que deseo más que nada: volver a la soledad, al anonimato, a la insignificancia en el mundo; recuperar la irresponsabilidad de la infancia, las tardes en el jardín, los pájaros, cuando soñaba que me iría a países remotos, a conocer mundo, que me sucederían cosas. Y todo eso ha pasado y seguirá pasándome, quizá, y, sin embargo, lo que más deseo es retornar a ese tiempo en que aún no había ocurrido nada. No para recuperar mi deseo y mi sueño, sino precisamente lo que ni me gustaba ni detestaba; es decir, mi vida real: el campo, los ruidos lejanos de los coches, de una sierra de madera, la voz de mi padre, los ladridos de los perros, la campanilla de la puerta de la tienda. Todo lo que me hace revivir eso – Venecia, un domingo por la mañana; escribir; el amor, a veces, en 1984- es felicidad. Me parece que aquí me acerco a algo importante, a esa verdad que estoy buscando.
«Manual para el crítico literario en emergencias», de Malva Flores, es una crítica a la soberbia del saber universitario y la mala poesía, y una vindicación de la belleza y la libertad.
Escribí este libro para mí mismo, y ni de eso estoy muy seguro. Durante mucho tiempo sólo fueron páginas sueltas que releía y tal vez corregía convencido de que no tenía tiempo. ¿Pero tiempo para q…
P.: ¿Cumple algún propósito útil la crítica literaria, ya sea en general o en relación con sus propios libros? Puede ser instructiva en alguna circunstancia?
R.: El propósito de la crítica es que el crítico diga algo sobre un libro que tal vez haya leído y tal vez no. La crítica puede ser instructiva en el sentido de que ofrece a los lectores y al autor del libro información sobre la inteligencia o la honestidad del crítico. O sobre ambas cosas.
P.: ¿Y la función del editor? Le ha ofrecido un editor alguna vez recomendaciones literarias útiles?
R.: Cuando dice “editor” supongo que se refiere a los revisores o correctores de pruebas. Entre ellos he conocido a criaturas límpidas de infinito tacto y ternura que hablan conmigo sobre la conveniencia de un punto y coma como si fuera una cuestión de honor —y una discusión sobre una cuestión artística, en efecto, lo es en muchos casos—. Pero también me he cruzado con unos cuantos mastuerzos pomposos y paternalistas que tratan de “hacer sugerencias”, y tengo que pararles los pies con un bramido.
Vladímir Nabokov
Entrevista con Vladímir Nabokov (“The Paris Review”. 1953-1983)
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)