El Vieco cortaziano CXXIV

Carta de Julio Cortázar a Edith Aron

París, 8 de marzo de 1978

Querida Edith:

No sé si se acuerda todavía del largo, flaco, feo y aburrido compañero que usted aceptó para pasear muchas veces por París, para ir a escuchar Bach a la Sala del Conservatorio, para ver un eclipse de luna en el parvis de Notre Dame, para botar al Sena un barquito de papel, para prestarle un pulóver verde (que todavía guarda su perfume, aunque los sentidos no lo perciban).

Yo soy otra vez ése, el hombre que le dijo, al despedirse de usted delante del Flore, que volvería a París en dos años. Voy a volver antes, estaré allí en noviembre. Pienso en el gusto de volverla a encontrar, y al mismo tiempo tengo un poco de miedo de que usted esté ya muy cambiada, de que no le divierta la posibilidad de verme. Por eso le pido desde ahora y se lo pido por escrito porque me es más fácil que si usted está ya en un orden satisfactorio de cosas, si no necesita este pedazo de pasado que soy yo, me lo diga sin rodeos. Sería mucho peor disimular un aburrimiento. Me gustaría que siga siendo brusca, complicada, irónica, entusiasta, y que un día yo pueda prestarle otro pulóver.

Julio

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Maneras de leer 1. Eduardo Berti

EMPIECE A LEER UN libro. Llegado a un punto anteriora la exacta mitad del libro (en la página 130, por ejemplo), piérdalo.

Encuentre otro. Haga de cuenta que es el mismo libro. Vaya enseguida a la página 130 y lea, a partir de allí, hasta el final.

Es posible que deba hacer una serie de adaptaciones: entender que Mary ahora se llama Tania, que el pueblo rural de Texas es ahora un barrio de la gélida Novosibirsk, que míster Wilkinson no tiene más gallinas porque la señora Ivanovy las dos cabras de la señora Ivanov han ocupado en gran medida su lugar. Situaciones de esta clase.

Dígase que para esto sirven los buenos lectores.

Eduardo Berti
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Historias de la Literatura. Charles Bukowski

Cuando a Bukowski le diagnosticaron leucemia a los 72 años de edad en un estadio avanzado, decidió dejar de fumar y de beber.

Estaba escribiendo su novela Pulp, y recién a esa edad, y para su sorpresa, descubrió que podía hacerlo sobrio.

También decidió convertirse al budismo, por lo que al fallecer, su ataúd fue cargado por tres monjes budistas.

En su tumba, en California, reza la frase:
«Don’t try»

Charles Bukowki

(A través de Historias de la Literatura)

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José Hierro. La poesía

Sigo sin saber qué es la poesía. Sólo se que sirve para decir todo lo que no se puede decir; para, mediante extrañas combinaciones de palabras, trasmitir calor de humanidad.

José Hierro
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Andrés Barba: «Abandono los libros que me parecen ideologizados, engolados, la autoficción complaciente»

Andrés Barba Daniel Hidalgo

Poeta, editor, novelista, ensayista y traductor, el madrileño vuelve al fin a la poesía con ‘Los años frente al puente’ (La Bella Varsovia).

Origen: Andrés Barba: «Abandono los libros que me parecen ideologizados, engolados, la autoficción complaciente»

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Recopilación de textos fotografiados: «Hastío», de Carmen Jodrá Davó

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Lecturas de verano. Ignacio Echevarría

Hay libros idóneos para el verano, en los que este forma parte del argumento: el calor, el sol, el mar, esa atmósfera de aburrimiento y sensualidad. Libros que hacen justa compañía al ruido de las chicharras.

Origen: Lecturas de verano

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Lectura: «pequeñas mujeres rojas», de Marta Sanz

 Oscuras bifurcaciones | Babelia | EL PAÍS

Marta Sanz construye voces y espacios concretos y mentales, y deconstruye los discursos que se cruzan, poniendo al descubierto las zonas oscuras de la novela

Origen: Oscuras bifurcaciones | Babelia | EL PAÍS

 


Textos

Nosotros éramos oriundos y también éramos de otra parte. Somos los niños perdidos y las mujeres muertas. Dios no existe —damos fe de ello— y nosotros aquí andamos siempre sonrientes.


Y eso me recuerda, mi querida Luz Arranz, que mientras convertimos la naturaleza en paisaje para besarnos bajo la fresca sombra de un álamo del río, unos metros más allá es muy posible que un azor destroce, con delectación y hambre, el intestino de un polluelo de perdiz que no termina de morirse mientras se lo comen y conserva los ojitos redondos muy abiertos acaso pensando que ya nunca será su destino una lata de perdiz en escabeche. Perra vida. Vida perdida.


Rosa me contó que, poco después de descubrir el mohoso libro de las delaciones, el proceso de ordenar premisas y adentrarse en el territorio de lo posible fue interrumpido otra hermosísima mañana de verano por la llegada de María Melgar, la dueña de la tienda de comestibles —una definición cuestionable, casi jocosa—, que relinchaba caballo como desbocado, negro y sudoroso, alzado sobre las patas traseras: «¿Por qué no nos dejáis en paz?, no veis que andáis rompiendo familias, provocando que los hermanos se enemisten, dando miedo?» La mujer de la tienda de ultramarinos manoteaba frente a las voluntarias dejándoles ver la cinta oscura, negra, amarronada, rojiza —querido Olmo, cuánto me acuerdo de ti y de tus discapacidades— que adornaba el borde de sus uñas.


Durante el mes de septiembre y el mes de octubre, fueron muchos los que desfilaron por la caseta de Tomé Melgar: el marido de la mujer hermosa que poco después fue violada, purgada, rapada y asesinada junto a toda su prole; el hombre que, de haber sobrevivido, habría sido el consuegro de uno de los miembros del pelotón, y con esa parentela tenebrosa se habrían culminado los bucles y tirabuzones de la muerte o el absurdo de las mujeres, enterradas en la arena, a las que solo se les ve un cráneo parlante —hasta Beckett llegamos a estudiarnos del aburrimiento que teníamos—. Tal vez ese fusilamiento de consuegros futuros encarnase el espíritu de la conciliación.


Jesús Beato siempre traía apuntados en su cuaderno los motivos de condenación: morder la hostia que era el cuerpo de Cristo, conspirar, promover reuniones clandestinas, ser un fornicador o una puta, dar dinero a los rojos, pronunciar un discurso, esconder una pistola, ocultar víveres. Después de cada saca y cada fusilamiento anotaba los beneficios: otro pinar, una tienda, un solar vacío, una casona. Jesús Beato acompañaba a los ejecutores, que después se lavaban las manos y se refrescaban la cara en la caseta del peón.


Quien escribe estas páginas aparece, justo en este instante, fugazmente como Alfred Hitchcock en sus películas —transeúnte que sube o baja del tranvía, bebedor de Martini a la hora del aperitivo—, para constatar dos hechos: que quien escribe siempre es, centrípetamente, personaje de una obra y que los personajes de una obra son las centrifugaciones enmascaradas de quien escribe. Quien escribe se ensimisma o se enajena igual que sus personajes, que se encastillan o se hacen lonchas.

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Las razones del corazón, Primo Levi

No he abrazado a autores porque tuvieran ciertas virtudes o congenialidades; los he hallado por obra de la fortuna, y sus virtudes han aparecido entonces. El lector intermitente y errático, el lect…

Origen: Las razones del corazón, Primo Levi – Calle del Orco

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Franz Kafka y la literatura

Mi empleo me resulta insoportable porque contradice mi único anhelo y mi única vocación, que es la literatura. Dado que yo no soy nada más que literatura y no puedo ni quiero ser nada más que eso, mi empleo no podrá atraerme nunca, aunque sí puede destrozarme completamente. No estoy muy lejos de eso. Soy presa de incesantes alteraciones nerviosas de la peor especie, y este año de preocupaciones y torturas por mi futuro y el de su hija ha puesto de manifiesto mi completa falta de resistencia. Usted podría preguntar por qué no dejo ese empleo e intento vivir —pues no poseo fortuna— de mis trabajos literarios. A eso sólo puedo dar la lamentable respuesta de que no tengo las fuerzas para hacerlo y, en la medida en que alcanzo cierta perspectiva sobre mi situación, más bien sucumbiré en ese empleo, si bien sucumbiré pronto, por lo menos.

Diarios

Franz Kafka
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