La literatura que no entra en el temario. Blas Valentín Moreno

No enseño literatura como se supone que hay que enseñarla. Y cada año tengo menos ganas de fingir que debería hacerlo.

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Andrés Ibáñez. Leer para ser feliz

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La ocupación del tiempo, César Aira

Dije que hasta la historia de la literatura había colaborado con la Historia para producir estas malformaciones del narcisismo. En efecto, la evolución de la novela en los últimos cien años la llev…

Origen: La ocupación del tiempo, César Aira – Calle del Orco

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«El Quijote es un ejemplo supremo de libertad». Juan Carlos Onetti

He dicho que soy desde la infancia un inveterado y ferviente lector de Cervantes. Todos los novelistas, sea cual sea el idioma en que escribamos, somos deudores de aquel hombre desdichado y de su mejor novela, que es la primera y también la mejor novela que se ha escrito. Una novela en la que todos hemos entrado a saco, durante siglos, y que, a pesar de nosotros y de tan repetida depredación, se mantiene, como el primer día, intocada, misteriosa, transparente y pura.

A pesar de que hay en este recinto muchas personas más cultas y talentosas que yo, y a pesar de provenir, como provengo, de un lejano suburbio de la lengua española, me atreveré a dar una tímida opinión personal sobre uno de los incontables valores de la obra de Cervantes y, en especial, del Quijote.

El planteamiento del libro, su esencial libertad creativa e imaginativa marcan la pauta, conquistan el terreno sin límites en el que germinará y se desarrollará toda la novelística posterior. El maravilloso entramado de la más cruda realidad y la fantasía más exaltada, la magia prodigiosa de dar vida permanente a todo lo que su mano, como al descuido, va tocando, son virtudes que ya han sido, y siempre serán, alabadas, aplaudidas y comentadas.
Yo no voy a referirme en este caso a la estética, a la técnica narrativa ni a la creación novelística de Cervantes, sino a otro sustantivo, tan inmediato siempre a la verdadera poesía y que yo he mencionado al pasar: la libertad. Porque el Quijote es, entre otras cosas, un ejemplo supremo de libertad y de ansia de libertad.
Mi entrañable amigo, el gran poeta Luis Rosales, tuvo el acierto de titular a uno de sus libros exactamente así: Cervantes y la libertad. Un enorme acierto, una enorme verdad. Porque la libertad ha sido siempre una principal preocupación, y también una causa principal, para todos los hombres sensibles e inteligentes. Esta libertad que hoy respiramos, sencillamente, sin esfuerzo, como sin darnos cuenta. Esta libertad que a muchos parece trivial, aburrida, insignificante. Yo, que he conocido la libertad, y también su escasez y su ausencia, puedo pedir que siga siendo siempre así. Un aire habitual, sin perfumes exóticos, que se respira junto con el oxígeno, sin pensarlo, pero conscientes de que existe.

Amparándome en esta comprensión, en este sentido del humor (que no es un invento exclusivamente británico, sino también y principalmente español), protegido de esta forma, me permito declarar que yo, si tuviera el poder suficiente, que nunca tendré, hacia un solo cercenamiento a la libertad individual: decretaría, universalmente, la lectura obligatoria del Quijote.

Dijo Flaubert, quizá con excesiva ingenuidad, que si los gobernantes de su tiempo hubieran leído La educación sentimental, la guerra franco-prusiana jamás se habría producido. Por mi parte les pediría que leyeran a Cervantes, al Quijote. Confío en que si lo hicieran, nuestro mundo sería un poco mejor, menos ciego y menos egoísta.

Juan Carlos Onetti
Discurso de recepción del Premio Cervantes

(A través de Letras Nómadas)

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Cuaderno de poemas. «Vestir a mi madre». Begoña Abad

Vestir a mi madre

Un día sucede, sin aviso,
que te agachas definitivamente,
a ras de suelo,
que tocas sus pies y los descalzas,
que comienzas a mirarla desde abajo sin verle los ojos,
comienzas a vestirla y ella se deja apoyando sus manos en tus hombros.
Y no sucede nada más,
sin embargo tú percibes su derrota
y comienzas a amarla de otro modo,
vencida tú también, ambas vencidas,
y el tiempo comienza la cuenta atrás.

Begoña Abad
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Ventana a YouTube. Coldplay – The Scientist

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Vídeo. Bergman’s Hands

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CCLX

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Mario Vargas Llosa, un hombre hecho de literatura. Leila Guerriero

Mario Vargas Llosa imparte una lección sobre Jorge Luis Borges en las universidad de Princeton, Estados Unidos, en octubre de 2010.James Leynse (Corbis via Getty Images)

A lo mejor fue tan grande porque se pasó la vida escribiendo como si recién empezara a escribir: con el mismo entusiasmo, el mismo temblor, el mismo deseo

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Lectura: «Hasta que empiece a brillar», de Andrés Neuman

María Moliner, la mujer que enseño a leer a media España (a pesar de Franco).

María Moliner, artífice del diccionario único: Andrés Neuman celebra su pasión en una biografía novelada

‘Hasta que empieza a brillar’ se sumerge en la peripecia de una mujer que hizo historia con dos volúmenes en los que explicaba de forma accesible el significado de todas las palabras del castellano. Más información: Google mejora su español: incorpora el diccionario de la RAE a su buscador y a su teclado

Origen: María Moliner, artífice del diccionario único: Andrés Neuman celebra su pasión en una biografía novelada


Textos

¿Cómo podrían transformarse tanto las palabras, dependiendo de si salían de la boca o la mano? Cuando las decían, no llegaba a atraparlas del todo. La corriente del habla se las llevaba enseguida. Cuando las anotaba, en cambio, María era capaz de saborear cada sonido. Escribía por ejemplo piedra. Se quedó mirándola en el papel. Y se imaginaba su forma, su color, su textura, hasta que empezaba a brillar.


María organizó los talleres de lectura y consolidó las clases de Lengua. Aunque lo consultaba a diario, a veces echaba en falta un diccionario más claro y cálido que el académico. Sus definiciones desconcertaban a sus estudiantes, obligados a ir de una palabra a otra, hasta enredarse en una maraña que desvirtuaba el sentido de la búsqueda. Acostumbrada a analizarlo desde sus tiempos en el Estudio de Filología, cuando leía páginas enteras como si de una novela se tratase, aquel monumental volumen le inspiraba una mezcla de reverencia e irritación. Parecía escrito para gente que en realidad no lo necesitaba.


A la mañana siguiente, con la resaca en el paladar y el café hirviendo en el fuego, les llegaron los ecos todavía remotos, vagamente irreales, de esa sublevación militar en Ceuta y Melilla que empezaba a replicarse en distintos puntos, extendiéndose como una infección por un cuerpo dormido.


El invierno parecía una opinión. A medida que avanzaba el frío, mucha gente con la que habían colaborado —incluidos los equipos de la Escuela Cossío y la Institución Libre de Enseñanza— recibía sanciones de diversa gravedad dependiendo de sus antecedentes políticos o, en ocasiones, de insondables contactos con la dictadura. Ella aguardaba con ansiedad el veredicto. Fernando, con resignación.


Una tarde cualquiera, sola en casa, mientras hojeaba a una joven novelista, se detuvo para hacer una consulta. Abró el diccionario de la Real Academia, localizó el vocabulario, comprobó que ninguna de las definiciones la convención. Y, casi sin pensarlo, las enmendó a su gusto con un lápiz. Repasó en voz alta el resultado. Asintió satisfecha. Y cerró el volumen sólido.


Entre las poquitas certezas que a su edad le iban quedando, una era justo esa: los vínculos entre ética y precisión verbal. Alguna gente escribía, pero todo el mundo hablaba. Hablar era la obra. Nuestra obra. Una radicalmente colectiva, al margen de quién tomase la palabra. Igual que un diccionario.


En la mesa del comedor: encima y debajo. En cada hueco libre de la cocina. En estantes, armarios y cajones. En el baño, nunca muy lejos del retiro por razones estratégicas. En los apoyabrazos del sofá. En cajas, por qué no, a los pies de las puertas: les servían de freno. En cualquier parte, en todas, María almacenaba fichas. A menudo ni siquiera recordaba haberlas dejado ahí. Su aparente reproducción espontánea le parecía un misterio. Descubrió más de una entre las sábanas, como si ella misma las hubiera parido en camisón.

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