Siendo estudiante universitario fui una vez a una librería en Cambridge y encontré una copia de Ficciones, de Jorge Luis Borges. Era la única copia disponible en inglés. Levanté el libro de la mesa y después de una hora seguía leyendo allí de pie, no podía parar de leer. Fue como si alguien hubiera abierto unas puertas mágicas en mi mente y pude visitar lugares adonde no pensaba que fuera posible ir. De repente el vendedor se acercó y me preguntó: «¿Va a comprar el libro?». En realidad estaba pensando en robarlo pero lo compré. Si tienes suerte, a veces los libros abren puertas mágicas en tu mente y te llevan a lugares nuevos. Borges pudo hacer eso conmigo porque su voz sólo le pertenecía a él, a nadie más. Era una voz única, distinta, poderosa y sorprendente, que es lo que queremos de nuestros escritores. Queremos que sean ellos mismos y no los sirvientes de alguien más. Eso es la forma. Después el autor puede tener en cuenta o no la opinión de los lectores sobre si es bueno, acertado y respetuoso o no. Pero la tarea del autor es intentar decir lo que tiene que decir de la mejor manera posible. Eso es lo que al final les ofrece a los lectores; todo lo demás depende de ellos.
Texto quiere decir Tejido; pero si hasta aquí se ha tomado este tejido como un producto, un velo detrás del cual se encuentra más o menos oculto el sentido (la verdad), nosotros acentuamos ahora la…
Uno de los fenómenos más sorprendentes de nuestro Zeitgeist literario es que cada vez se publican más novelas que no lo son. Expresado de otro modo: todo el mundo implicado en el proceso de edición —desde el autor hasta el distribuidor— acepta, promueve y difunde la ficción de proclamar como ficción lo que no lo es. Las razones están claras: la novela sigue siendo la reina de la edición, lo más visualizable, lo más fácilmente vendible. El término “autoficción”, tan manoseado, es, en el mejor de los casos, el Ersatz que se utiliza para lo que —al parecer— se avergüenza de no ser plenamente prosa extensa de imaginación. Vaya de entrada que, personalmente, me importa un rábano que las obras que me gustan y que leo “como” novelas lo sean o no.
El último ejemplo de esa tendencia es Amor intempestivo (AIN), en mi opinión la obra maestra (OM) de Rafael Reig(Tusquets) y un buen ejemplo de lo mejor que ha dado hasta la fecha lo que algunos de sus miembros llaman “generación de los sesenta”, y que componen los escritores nacidos en aquella década del siglo pasado y que hoy están en camino de convertirse en la generación comercialmente hegemónica en el mercado de la ficción literaria. Una treintena de cincuentones y cincuentonas, en general bien asentados en el establishment crítico y comercial y en la que se encuentran (por citar algunos de los que me vienen a la cabeza), entre los mayores, Cercas, Azpeitia, Lindo, Gopegui, Tizón o el propio Reig y, entre los más jóvenes, Giralt Torrente, Orejudo, Loriga, Bonilla o Marta Sanz.
La nueva no-novela de Reig es, además de otras muchas cosas, una lúcida reflexión sobre la generación “intempestiva” (¿pero cuál no lo ha sido?) a la que pertenece, y que nació (según creyó erróneamente el joven Reig) “cuando la literatura ha[bía] perdido toda relevancia social”. Pero, sobre todo, AIN es un arreglo de cuentas del escritor Reig consigo mismo: “Quizás se escribe siempre un palimpsesto, para borrar otra escritura anterior, las ruinas del pasado”; en efecto, “el mensaje que el futuro dirige al pasado” le sirve a Reig para “saber qué es lo que quería decir”, para repasarse y, por fin, saberse. Y lo hace sin sentimentalismo y dedicándose una ironía que rara vez roza el sarcasmo.
Que el modo en el que cuenta su “vida” (incluyendo el descubrimiento de sus padres, fallecidos pavorosamente, que supone la culminación de su indagación literaria) pueda leerse como una (apasionante) novela no significa que lo sea (ni que tal cosa importe): a menos que atribuyamos su presunta cualidad de ficción al cambio vengativo del nombre de una editorial por otra, a alguna pequeña anécdota o, quizás, a cierta exageración en el prodigioso y envidiable atletismo sexual de que el narrador hace gala. Un trozo de vida (la de RR) narrado a partir de la ineludible necesidad de hacerlo, y en la que el autor-narrador-protagonista exhibe sin apabullar su gran conocimiento literario (homenajes más o menos explícitos, ritornelos). Por lo demás, AIN me parece un libro de lectura inexcusable de quien es “una figura central de las letras españolas” de ahora mismo. Claro que las cosas se consiguen cuando ya han dejado de tener importancia; o, como decía Goethe (en Poesía y verdad) y recogía Stephen Dedalus (Ulises), “ten cuidado con lo que deseas en tu juventud, porque lo tendrás en tu edad madura”. No se lo pierdan.
La escritora francesa Delphine de Vigan. ENRIC FONTCUBERTA EFE
Drama para siete desdichados
La escritora francesa confirma que es uno de los grandes nombres de la narrativa actual con una nueva novela perturbadora y cruda sin moralinas ni clichés
Cuando era más pequeño, hasta su último año de primaria, preparaba ella la mochila cuando se marchaba a casa de su padre. Elegía las prendas menos finas, las más gastadas, alegando que tardaban en volver y a veces no volvían. El viernes por la noche, lo acompañaba allí en metro, lo dejaba en la puerta del edificio. Al principio, cuando Théo era aún demasiado joven para subir solo en el ascensor, su padre bajaba y lo controlaba desde el otro lado de la puerta vidriera. Sus padres no se cruzaban, no se miraban, permanecían uno a cada lado de la frontera de vidrio. Cual rehén intercambiado por una mercancía desconocida, Théo avanzaba por el vestíbulo del edificio y atravesaba la zona neutral, casi sin atreverse a pulsar el interruptor. Una semana después, los viernes a la misma hora, en otro bulevar, su padre paraba el motor del coche y esperaba a que Théo entrase en el inmueble para arrancar. En otro hueco de escalera, su madre lo estrechaba fuertemente en sus brazos. Entre dos besos, le acariciaba la cara, el pelo, lo miraba de arriba abajo y de abajo arriba, aliviada, como si volviese milagrosamente vivo de una indescifrable catástrofe.
Todo aquel que vive o ha vivido en pareja sabe que el Otro es un enigma. Yo también lo sé. Sí, sí, sí, una parte del Otro se nos escapa, sin lugar a dudas, porque el Otro es un ser misterioso que alberga sus propios secretos, es un alma tenebrosa y frágil, el Otro oculta para sí su parte de infancia, sus heridas secretas, intenta reprimir sus turbias emociones y sus oscuros sentimientos, el Otro debe como cada cual aprender a llegar a ser él, y consagrarse a no sé qué optimización de su persona, el Otro-ese-desconocido cultiva en su pequeño huerto secreto, pues claro, hace tiempo que lo sé, que no nací ayer.
Albergo dentro de mí, y sin que lo sepa nadie, al hijo que no tendré. Pueblan mi vientre estropeado rostros de piel diáfana, dientes minúsculos y blancos, cabellos de seda. Y cuando se me formula la pregunta —es decir cada vez que conozco a alguien (en particular mujeres), cada vez que tras preguntarme a qué me dedico (o justo antes) me preguntan si tengo hijos—, cada vez que debo resignarme a trazar en el suelo esa línea con tiza blanca que divide el mundo en dos (las que tienen, las que no tienen), me entran ganas de decir: no, no tengo, pero mira en mi vientre todos los hijos que no he tenido, mira cómo bailan al ritmo de mis pasos, solo piden que se les acune, mira este amor que he conservado convertido en lingotes, mira la energía que no he gastado y que queda ahí para repartir, mira la curiosidad cándida y salvaje que es la mía, y el apetito de todo, mira la niña que sigo siendo yo por no haber sido madre, o gracias a eso.
A veces me digo que hacerse adulta tan solo sirve para eso: reparar las pérdidas y los daños del comienzo. Y mantener las promesas del niño que hemos sido.
No le digas a tu madre que Sylvie se marchó, no le digas a tu madre que papá ya no tiene trabajo, no le digas a tu madre que la abuela Françoise está enfadada, no le digas a tu madre que el fregadero pierde agua, no le digas a tu madre que he vendido el coche, no le digas a tu madre que no encontramos la sudadera, dile a tu madre que aún no sé lo que vamos a hacer, dile a tu madre que espero que me paguen un dinero y que pronto podré pagar el comedor, no le digas a tu madre que no hemos salido, dile a tu madre que no hemos podido concertar cita, no le digas que…
Desde mi ventana, miro a los transeúntes; arropados en sus abrigos, las manos en los bolsillos o protegidos con guantes, el cuello encogido en los hombros, aprietan el paso y bregan con la humedad que traspasa sus minúsculos baluartes. Entre ellos, una mujer se pregunta cuánto tiempo tarda en hacerse la tarta de cebolla, otra acaba de decidir dejar a su marido, otra cuenta mentalmente los tickets de restaurante que le quedan, una muchacha lamenta haber elegido unas medias tan finas, otra acaba de enterarse de que le han concedido el trabajo para el que le han hecho varias entrevistas, un anciano ha olvidado por qué está ahí.
Cada uno tiene su método de trabajo. Yo confío en que el libro se haga él solo. Por decirlo de alguna manera, le doy confianza. Empiezo en un punto, intuyo que la historia puede ser interesante y que hay personajes que pueden dar sorpresas conforme los vaya trabajando, pero aún no lo sé con seguridad, es una intuición. Entonces hago una especie de borrador que es como una guía muy provisional donde incluso ordeno diversos episodios que creo que pueden llegar a constituir la novela. Y sobre este guión me pongo a trabajar, de manera similar a lo que se hace con el guion cinematográfico. Durante el transcurso del trabajo me veo constantemente obligado a modificar ese guión. Eso quiere decir que la novela crece por su cuenta e impone sus normas contradiciendo, en ocasiones, a lo que yo me había propuesto. Hay personajes que en principio podían haberme parecido muy importantes, incluyendo al protagonista, pero que conforme avanzo en el trabajo no lo son tanto. En cambio, personajes muy secundarios que pensaba que tendrían un comportamiento muy episódico y funcional de repente crecen y se convierten en otra cosa. Es decir, cuando empiezo a trabajar no tengo la novela completa en la cabeza. Tengo una historia que me parece que tiene un principio y un final, pero poca cosa más. Necesito mucha paciencia para la escritura, ya que no me considero muy dotado. Mis primeras versiones acostumbran a ser horripilantes. Si escribo un par de páginas sobre una escena que me interesa, habrá sólo un párrafo o unas líneas que sirvan. No es que el resto no sirva, pero tiene que ser reescrito porque tal y como está carece de vida. A veces tardo meses en encontrar la solución a un pequeño episodio. En toda escena, por pequeña o no muy importante que sea, tiene que haber un detalle, una frase, un algo que le dé vida. Puedo encontrarlo a través de una descripción, de un imprevisto, de un detalle. Por lo tanto escribo mucho y muchas versiones.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)