Lecturas. ‘La madre de Frankenstein’. Almudena Grandes

‘La madre de Frankenstein’: Curar a los malos españoles. J. Ernesto Ayala-Dio

En ‘La madre de Frankenstein’, nueva novela del ciclo dedicado a la posguerra, Almudena Grandes se adentra en el oscuro universo de la psiquiatría franquista

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Textos

Que en los pueblos era más difícil camuflarse, pero en Madrid, en muchas oficinas, la gente no sabía por dónde respiraba el compañero que llevaba diez años trabajando al otro lado de la mesa a la que se sentaba cada mañana. Que muchas personas jóvenes se casaban sin conocer las ideas del novio, de la novia a la que se unían hasta que la muerte los separase. Que otros tantos españoles que ni siquiera habían sido bautizados comulgaban religiosamente todos los domingos. Que por las mañanas, cuando los abrigaban para ir al colegio, las madres recordaban a sus hijos pequeños que no tenían que contar a sus amigos ni una palabra de lo que hubieran oído en casa. Que por las noches, aunque las persianas estuvieran bajadas, pedían a sus hijos, y especialmente a sus hijas, mayores que apagaran la luz, no fuera a verla alguien desde la calle y descubriera que les gustaba leer en la cama. Que hablar, leer libros, sobre todo traducidos, comprar La Codorniz o besarse en la boca a la luz del día incluso en el seno del matrimonio eran actividades muy sospechosas, que podían llamar la atención de alguien que tuviera un conocido en la policía. Que la frase que se escuchaba más a menudo en todas las casas era: «Pase lo que pase, tú no te signifiques, por lo que más quieras»


—Tenía muchas ganas de saludarle —Antonio Vallejo Nájera, director del manicomio de hombres de Ciempozuelos y coronel del Ejército Nacional, me estrechó la mano con una sonrisa que pretendía ser cálida, pero sólo sirvió para tensar sus labios de sapo—. Yo conocí a su padre. —Mucho gusto —dije al estrechar la mano del ideólogo de la eugenesia fascista española, creador de la teoría de que el marxismo era un gen perverso, intrínsecamente asociado con la inferioridad mental, que debía extirparse a toda costa, fusilando a sus portadores y arrebatándoles a sus hijos recién nacidos para entregarlos a familias intachables, que sabrían neutralizar su pésima herencia genética a través de la adecuada educación religiosa y patriótica—. Él me habló mucho de usted.


¿Usted sabe cuántas de nuestras internas son esposas de hombres poderosos que consiguieron ingresarlas aquí para quitárselas de en medio, inhabilitarlas y vivir tranquilamente con sus queridas?


Todo eso era verdad. Pero era una verdad mezquina, sucia, una verdad española. La que sembraba el padre Armenteros en los Cursillos de Cristiandad. La que convertía el sexo en un artículo de estraperlo, el placer en una actividad clandestina, el cuerpo en un objeto de delito. La que vaciaba el corazón de las mujeres como Pastora para rellenarlo con una culpa ajena, implantada a traición, que había matado por asfixia, hacía ya muchos años, la libertad de la que seguía alardeando en vano. La que intoxicaba la imaginación de las muchachas, pintando de negro lo que debería ser rosa. La que humillaba el deseo de sus novios, sometiéndolos a la humedad rojiza, sórdida, de un sótano perpetuo donde las tinieblas se confundían con la luz del día. La que desvirtuaba la alegría, convirtiéndola en vicio, la felicidad, convirtiéndola en debilidad, la piel, convirtiéndola en un puente hacia el Infierno. Era una mierda de verdad, la cárcel portátil, de pura mierda, que aprisionaba los sentidos, el cuerpo y la mente de todos los españoles.


Pepe Sin Apellidos, como le llamaba Eduardo, había nacido en un pueblo de Jaén y quizás por eso, antes de conocerle bien, me pareció un andaluz raro. Serio, casi tan seco como su acento, su gesto grave escondía un sentido del humor finísimo, elegante y afilado a partes iguales. Su principal virtud consistía en saber estar callado cuando no tenía nada que decir, y en decir lo justo, con mucha gracia, cuando hacía falta. Al conocerle bien, me pareció tan simpático que no entendí cómo había podido desarrollar la extraordinaria habilidad de borrarse pero, cuando le convenía, sabía distraer la atención de los demás sobre sí mismo hasta el punto de hacerse invisible, y ese no era el único recurso que manejaba con maestría. Por debajo de una cordialidad sencilla, de honrado hombre de campo, transparentaba en ocasiones la astucia sigilosa de un gato doméstico que nunca hubiera olvidado que era un animal salvaje. Y sin embargo, tenía el don de inspirar confianza, de atraer por igual a hombres y a mujeres, de caerle bien a todo el mundo. Eduardo contaba que, a los dos días de llegar al sanatorio, ya era íntimo de los celadores, se había hecho amigo de algunos psiquiatras y la mayoría de las enfermeras le sonreían al cruzárselo por el pasillo. Con esos datos, y la experiencia de la guerra que había vivido en mi adolescencia, pronto concluí que, pese a su exhaustivo conocimiento del cultivo de los olivos, de los que podía hablar durante horas sin llegar a repetirse, Pepe Sin Apellidos era un revolucionario profesional, un militante sin más oficio que trabajar para su partido. Que existieran personas como él, en un país como la España de Franco, en una época como la primavera de 1956, me resultó tan fascinante que, de vez en cuando, si Eduardo estaba de guardia y yo en Madrid, sin nada mejor que hacer, cogía el tranvía hasta Carabanchel para ir a buscar a Pepe, dar un largo paseo con él por el pinar, y hacer tiempo hasta la hora en la que el doctor Méndez nos hubiera citado en su despacho.

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Toda la vida. Leila Guerriero

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Colección de citas literarias. LIV

Me irrita mi propia escritura. Soy como un violinista que oye una melodía perfecta, pero no logra reproducirla con sus torpes dedos.

Gustave Flaubert

Siempre hace falta un golpe de locura para desafiar al destino.

Marguerite Yourcenar

La literatura es la manera más agradable de ignorar la vida.

Fernando Pessoa

La poesía debe oponerse a la inteligencia casi con éxito.

Wallace Stevens

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El poeta médium

Fernando Pessoa. Imagen: Ewa Klos / Corbis.

El 24 de junio de 1916, Fernando Pessoa le escribía una larga carta a su tía Anica contándole un «misterioso asunto» que le había ocurrido unos meses antes: «Hacia finales de marzo, he empezado a ser un médium (…) Estaba una vez en casa, de noche, recién llegado de la Brasileira, cuando sentí el deseo, literalmente, de coger una pluma y ponerla encima del papel». […]

Origen: El poeta médium – Jot Down Cultural Magazine

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El señor de los sueños. Franz Kafka

El señor de los sueños, el gran Isachar, estaba sentado delante del espejo, con la espalda pegada a su superficie, con la cabeza inclinada hacia atrás, sumergida en las profundidades del espejo. Entonces apareció Hermana, la señora del crepúsculo, y se fundió en el pecho de Isachar, hasta desaparecer en él por completo.

Franz Kafka

(Leído en «Solenoide», de Mircea Cartarescu)

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Propongo leer los Ensayos con estupor, Wislawa Szymborska

Ya no recuerdo las sensaciones que me produjo leer por primera vez a Montaigne. En cualquier caso, la admiración no se encontraba entre todas ellas. Acepté como un hecho natural el que una obra com…

Origen: Propongo leer los Ensayos con estupor, Wislawa Szymborska – Calle del Orco

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La amistad de las palabras. Felisberto Hernández

Yo tengo como un proceso de amistad con las palabras: primero me hago amigo directo de ellas; y después me quedo muy contento cuando se me aparecen juntas, dos que nunca habían estado juntas, que habían simpatizado o se habían atraído en algún lugar de mi alma no vigilado por mí. Y me da una sorpresa encantada al verlas aparecer juntas y sabiendo que se habían hecho amigas.

Pero hay palabras que nunca podrán ser amigas mías: las que no me parecen naturales o las que no entran en el misterio de la simpatía. Tal vez tenga incapacidad para querer a muchas o quiera ser fiel a antiguas amigas o me cueste una nueva amistad o cualquier otra cosa que no sé. ¿A ti no te pasa lo mismo?

Felisberto Hernández
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Cuaderno de poemas. «Ellos rompen el mundo». Boris Vian

Ellos rompen el mundo
En pequeños trocitos
Ellos rompen el mundo
A golpe de martillo
Pero a mí me da lo mismo
Me da lo mismo
Bastante queda para mí
Me queda bastante

Me basta con amar
Una plumita azul
Un camino de arena
Y un pájaro perezoso
Me basta con amar
Una delgada brizna de hierba
Una gota de rocío
Y un grillo del monte

Ellos pueden romper el mundo
En pequeños trocitos
Bastante queda para mí
Me queda bastante

Tendré siempre un poco de aire
Un hilillo de vida
En el ojo algo de luz
Y el viento en las ortigas
E incluso, incluso
Si me meten en la cárcel
Bastante queda para mí
Me queda bastante

Me basta con amar
Esta piedra pulida
Estos ganchos de hierro
Donde queda un poco de sangre
La quiero y la quiero
A la tabla de mi cama dura
Al jergón y a la armadura
Y el polvo en el sol

Me gusta el ventanillo abierto
Y los hombres que entran
Que avanzan, que me llevan
De nuevo a la vida del mundo
Y a encontrar el color
Me gustan esos largos montantes
Ese cuchillo triangular
Esos señores negramente vestidos

Es mi día y estoy orgulloso
Lo quiero y me gusta
Esa panera llena de ruido
Donde poso mi cabeza
Oh, sí, la quiero convencido
Me basta con amar
Una brizna de hierba
Una gota de rocío
Un amor de pájaro perezoso

Ellos rompen el mundo
Con sus pesados martillos
Bastante queda para mí
Queda bastante, corazón mío
.

Boris Vian 

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Ventana a YouTube. Itzhak Perlman – Beethoven: Violin Concerto (with Daniel Barenboim, Berliner Philharmoniker)

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Van Gogh, autorretratos de puño y letra

El Reino Unido publica una nueva selección de las cartas del holandés, vehículo para interpretar sus anhelos y frustraciones

Origen: Van Gogh, autorretratos de puño y letra

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