El 24 de junio de 1916, Fernando Pessoa le escribía una larga carta a su tía Anica contándole un «misterioso asunto» que le había ocurrido unos meses antes: «Hacia finales de marzo, he empezado a ser un médium (…) Estaba una vez en casa, de noche, recién llegado de la Brasileira, cuando sentí el deseo, literalmente, de coger una pluma y ponerla encima del papel». […]
El señor de los sueños, el gran Isachar, estaba sentado delante del espejo, con la espalda pegada a su superficie, con la cabeza inclinada hacia atrás, sumergida en las profundidades del espejo. Entonces apareció Hermana, la señora del crepúsculo, y se fundió en el pecho de Isachar, hasta desaparecer en él por completo.
Ya no recuerdo las sensaciones que me produjo leer por primera vez a Montaigne. En cualquier caso, la admiración no se encontraba entre todas ellas. Acepté como un hecho natural el que una obra com…
Yo tengo como un proceso de amistad con las palabras: primero me hago amigo directo de ellas; y después me quedo muy contento cuando se me aparecen juntas, dos que nunca habían estado juntas, que habían simpatizado o se habían atraído en algún lugar de mi alma no vigilado por mí. Y me da una sorpresa encantada al verlas aparecer juntas y sabiendo que se habían hecho amigas.
Pero hay palabras que nunca podrán ser amigas mías: las que no me parecen naturales o las que no entran en el misterio de la simpatía. Tal vez tenga incapacidad para querer a muchas o quiera ser fiel a antiguas amigas o me cueste una nueva amistad o cualquier otra cosa que no sé. ¿A ti no te pasa lo mismo?
Ellos rompen el mundo En pequeños trocitos Ellos rompen el mundo A golpe de martillo Pero a mí me da lo mismo Me da lo mismo Bastante queda para mí Me queda bastante
Me basta con amar Una plumita azul Un camino de arena Y un pájaro perezoso Me basta con amar Una delgada brizna de hierba Una gota de rocío Y un grillo del monte
Ellos pueden romper el mundo En pequeños trocitos Bastante queda para mí Me queda bastante
Tendré siempre un poco de aire Un hilillo de vida En el ojo algo de luz Y el viento en las ortigas E incluso, incluso Si me meten en la cárcel Bastante queda para mí Me queda bastante
Me basta con amar Esta piedra pulida Estos ganchos de hierro Donde queda un poco de sangre La quiero y la quiero A la tabla de mi cama dura Al jergón y a la armadura Y el polvo en el sol
Me gusta el ventanillo abierto Y los hombres que entran Que avanzan, que me llevan De nuevo a la vida del mundo Y a encontrar el color Me gustan esos largos montantes Ese cuchillo triangular Esos señores negramente vestidos
Es mi día y estoy orgulloso Lo quiero y me gusta Esa panera llena de ruido Donde poso mi cabeza Oh, sí, la quiero convencido Me basta con amar Una brizna de hierba Una gota de rocío Un amor de pájaro perezoso
Ellos rompen el mundo Con sus pesados martillos Bastante queda para mí Queda bastante, corazón mío.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)