
El autor de «Manual de literatura para caníbales» cuenta con una dilatada vida y carrera, lo que le permite revisitar en esta novela la generación de los ochenta
Origen: Rafael Reig, relatar la vida propia con humor e ironía

El autor de «Manual de literatura para caníbales» cuenta con una dilatada vida y carrera, lo que le permite revisitar en esta novela la generación de los ochenta
Origen: Rafael Reig, relatar la vida propia con humor e ironía
Harold Bloom acaba de dejarnos, pero nos ha legado una enseñanza fundamental: el crítico literario debe ser honesto. Y, honestamente, yo debo reconocer que hasta ahora no había leído nada de Olga Tokarczuk (1962), la escritora polaca a la que la Academia Sueca ha honrado con el Nobel de 2018. Los errantes es el primer título que llega a mis manos de una obra compuesta por relatos, novelas, ensayos y poemas. Comencé el libro sin grandes expectativas, pues el Nobel es un premio que muchas veces obedece a criterios de oportunidad y no de excelencia. Sólo necesité unas páginas para admitir que me había adentrado en un territorio donde el humor, el ingenio y las inquietudes más profundas habían arraigado […]
Origen: Los errantes | El Cultural
Textos
Esta tarde es un confín del mundo, lo he tocado por casualidad, mientras jugaba, sin querer. Lo he descubierto porque me han dejado un rato sola en casa, sin vigilar. Sin duda he caído en una trampa. Tengo pocos años, estoy sentada en el alféizar mirando el frío patio. Han apagado las luces de la cocina del colegio, todo el mundo se ha marchado. Las losas de cemento del patio han empapado la oscuridad y desaparecido. Puertas cerradas, celosías y persianas bajadas. Me gustaría salir, pero no tengo adónde ir. Solo mi presencia adopta contornos nítidos que tiemblan, ondean, y eso duele. Enseguida descubro la verdad: ya no hay nada que hacer, existo, aquí estoy.
Contonéate, muévete, no dejes de moverte. Solo así lo despistarás. Quien rige los destinos del mundo no tiene poder sobre el movimiento y sabe que nuestro cuerpo al moverse es sagrado, solo escaparás de él mientras te estés moviendo. Ejerce su poder sobre lo inmóvil y petrificado, sobre lo inerte y quieto. Así que muévete, contonéate, balancéate, camina, corre, huye, en cuanto te despistes y pares te atraparán sus enormes manos, te convertirán en un monigote, te envolverá en su fétido aliento que apesta a humo y a gas de tubo de escape y a gran vertedero como esos que hay a las afueras de la ciudad. Achatará y empequeñecerá tu alma que perderá todo su colorido, apenas quedará en un recorte de papel de periódico, y te amenazará con fuego, guerra y enfermedad, te atemorizará hasta hacerte perder toda paz y no puedas ya dormir. Te marcará e inscribirá tu nombre en sus registros, certificará tu caída. Llenará tu cabeza de pensamientos inútiles, qué comprar, qué vender, dónde es más barato y dónde más caro. A partir de ese momento, te preocuparás por bagatelas como el precio de la gasolina y cómo este afectará a los pagos del crédito. Convivirás a diario con el dolor, como si tu vida fuera un castigo, pero nunca llegarás a conocer el crimen, ni quién lo ha cometido ni cuándo.
INTENTOS DE ESTEREOMETRÍA DE VIAJE
A bordo de un enorme avión intercontinental un hombre despierta de un sueño desapacible y acerca la cara a la ventanilla. Abajo divisa una tierra inmensa y oscura, solo de cuando en cuando emergen de esa oscuridad tenues grupos de luces: son las grandes ciudades. Por el mapa que muestra la pantalla sabe que es Rusia, algún lugar de la Siberia central. Se arrebuja en la manta y se vuelve a dormir. Abajo, en una de esas manchas oscuras, otro hombre sale de una casa de madera y levanta la vista hacia el cielo a fin de prever el tiempo del día siguiente. Si trazásemos desde el centro de la Tierra una hipotética línea recta, resultaría que durante una fracción de segundo esos dos hombres serían sendos puntos de ella, y quién sabe si sus respectivas miradas no se fundirían una sobre otra. Por un instante son vecinos en vertical, al fin y al cabo ¿qué son once mil metros? Apenas un poco más de diez kilómetros. Para el hombre que está en tierra mucho menos que la distancia al asentamiento más próximo, menor que la que separa algunos barrios de una gran ciudad.
Asistimos a la aparición en la Tierra de nuevos seres que ya han conquistado todos los continentes y la mayoría de los nichos ecológicos. Son gregarios y anemófilos, superan sin dificultad grandes distancias. Los veo por la ventanilla del autobús, anémonas aerotransportadas, rebaños enteros, cual nómadas por el desierto. Individuos solitarios que se agitan ruidosamente aferrados a las escasas y esmirriadas plantas desérticas: a lo mejor es su modo de comunicarse. Los especialistas sostienen que las bolsas de plástico constituyen un nuevo capítulo de la existencia, que trastocan los sempiternos hábitos de la naturaleza, pues se componen únicamente de superficie, por dentro están vacías, y que esa renuncia histórica a contener les reporta pingües beneficios evolutivos. Son rápidas y livianas; sus prensiles orejas les permiten agarrarse a objetos u órganos de otros seres ampliando así su espacio vital. Empezaron por los suburbios de las grandes ciudades y los vertederos de basura y han tardado un par de estaciones ventosas en llegar a provincias y descampados remotos. Se han apoderado de vastas extensiones de la Tierra: desde grandes cruces de autopistas hasta tortuosas playas, desde el espacio de delante de un centro comercial que acaba de cerrar hasta las óseas laderas del Himalaya. A primera vista parecen frágiles, débiles, pero no es más que una ilusión: son longevas, casi indestructibles; sus etéreos cuerpos tardarán unos trescientos años en descomponerse.

Poco antes de su muerte, el pensador y semiólogo italiano UmbertoEco agrupo en ‘Cómo viajar con un salmón’ (Lumen) muchos de los los textos publicados durante años en la última página de ‘L’Espresso’, en los que con su estilo ácido, irónico y certero fue creando una especie de manual para enfrentarnos con humor a las situaciones más banales de la vida. Lee aquí tres ejemplos.
Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días.


¿De verdad no lees tus libros cuando los publicas?
Leer una página que has escrito es un poco como oír tu voz en una grabadora; es extraño, embarazoso. Si alguna vez abro un libro mío, una de dos, o me frustra porque veo que ahora lo podría escribir mejor, o me frustra porque siento que ya jamás escribiré tan bien. En ambos casos me frustra, así que ¿para qué voy a leerlo? La única excepción es «El mismo mar», al que sí vuelvo, porque no puedo creer que lo haya escrito yo. No lo siento como un libro mío. No sé de donde ha salido. Pasó a través de mí y salió por el otro lado.

A diferencia de los pasajeros del metro de París que llevan consigo voluminosas novelas, a mí me gustaban los tomitos pequeños y finos que cabían fácilmente en el bolsillo. No me agradaban en absol…
Origen: Un himno que glorifica el instante, Adam Zagajewski – Calle del Orco
Cada uno tiene su método de trabajo. Yo confío en que el libro se haga él solo. Por decirlo de alguna manera, le doy confianza. Empiezo en un punto, intuyo que la historia puede ser interesante y que hay personajes que pueden dar sorpresas conforme los vaya trabajando, pero aún no lo sé con seguridad, es una intuición. Entonces hago una especie de borrador que es como una guía muy provisional donde incluso ordeno diversos episodios que creo que pueden llegar a constituir la novela. Y sobre este guión me pongo a trabajar, de manera similar a lo que se hace con el guion cinematográfico. Durante el transcurso del trabajo me veo constantemente obligado a modificar ese guión. Eso quiere decir que la novela crece por su cuenta e impone sus normas contradiciendo, en ocasiones, a lo que yo me había propuesto. Hay personajes que en principio podían haberme parecido muy importantes, incluyendo al protagonista, pero que conforme avanzo en el trabajo no lo son tanto. En cambio, personajes muy secundarios que pensaba que tendrían un comportamiento muy episódico y funcional de repente crecen y se convierten en otra cosa. Es decir, cuando empiezo a trabajar no tengo la novela completa en la cabeza. Tengo una historia que me parece que tiene un principio y un final, pero poca cosa más. Necesito mucha paciencia para la escritura, ya que no me considero muy dotado. Mis primeras versiones acostumbran a ser horripilantes. Si escribo un par de páginas sobre una escena que me interesa, habrá sólo un párrafo o unas líneas que sirvan. No es que el resto no sirva, pero tiene que ser reescrito porque tal y como está carece de vida. A veces tardo meses en encontrar la solución a un pequeño episodio. En toda escena, por pequeña o no muy importante que sea, tiene que haber un detalle, una frase, un algo que le dé vida. Puedo encontrarlo a través de una descripción, de un imprevisto, de un detalle. Por lo tanto escribo mucho y muchas versiones.

Nunca es tarde para empezar de cero,
para quemar los barcos,
para que alguien te diga:
-Yo sólo puedo estar contigo o contra mí.
Nunca es tarde para cortar la cuerda,
para volver a echar las campanas al vuelo,
para beber de ese agua que no ibas a beber.
Nunca es tarde para romper con todo,
para dejar de ser un hombre que no pueda
permitirse un pasado.
Y además
es tan fácil:
llega María, acaba el invierno, sale el sol,
la nieve llora lágrimas de gigante vencido
y de pronto la puerta no es un error del muro
y la calma no es cal viva en el alma
y mis llaves no cierran y abren una prisión.
Es así, tan sencillo de explicar: -Ya no es tarde,
y si antes escribía para poder vivir,
ahora
quiero vivir
para contarlo.

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