Me acuerdo de cuando creía que las primeras botellas de Coca-Cola —las que bebieron los soldados americanos durante la guerra— contenían benzedrina (y que yo estaba muy orgulloso de saber que era el nombre científico del Maxiton).
Me acuerdo de que los ciclistas tenían una cámara de repuesto enrollada en ocho alrededor de los hombros.
Me acuerdo de que tenía una linterna con una empuñadura que hacía que pareciese un revólver.
Me acuerdo de mi sorpresa cuando supe que «cowboy» significaba «vaquero».
Eloy Tizón durante su visita a Valencia. Foto: Arantxa Carceller
Por Arantxa Carceller. Periodista Artículo publicado en nuestra revista en papel nº15 Hay libros que merecen ser amados sin restricción, porque saben seducirte sin piedad. Herido Leve, Treinta años de memoria lectora (Páginas de Espuma) de Eloy Tizón no da pie a la negociación, sencillamente, te hace claudicar ante la elegancia que el autor…Continuar leyendo →
Me reprocha usted mi objetividad y la llama indiferencia ante el bien y el mal, me acusa de falta de ideales y de ideas, etc. Querría que yo, al describir los ladrones de caballos, dijera: «Robar caballos está mal». Pero eso ya se sabe desde hace mucho tiempo, sin necesidad de que yo lo diga. Que los juzguen los jurados, a mí sólo me compete mostrarlos como son.
Lo que los relatos de Kafka tienen es más bien una grotesca, magnífica y completamente moderna complejidad, una ambivalencia que se convierte en la lógica multivalente inclusiva del, entre comillas…
Intimidad solitaria y compartida. La lectura nos ofrece también el placer de la inteligencia. ¿Qué otro arte nos permite pensar con Pascal, razonar con Montaigne, meditar con Unamuno, seguir los vericuetos de la mente de Vila-Matas o de Sebald? No se trata de dejarse convencer con argumentos ajenos, lo que se ha llamado «terrorismo intelectual». Se trata de ser invitados a un momento de reflexión, de convertirnos en testigos de la creación de una idea, como ocurre en los diálogos de Platón o en las novelas de Gombrowicz. Se trata de escuchar y pensar. El resultado puede o no ser compartido; poco importa, ya que el recorrido intelectual no prevé ni conclusión ni destino preciso. Cerramos ciertos libros y nos sentimos más inteligentes, resultado que el autor no puede nunca prever. «El arte alcanza una meta que no es la suya», escribió Benjamin Constant. Lo mismo puede decirse de la lectura. El placer de la inteligencia significa al menos dos cosas: disfrutar del uso de la razón y disfrutar del reconocimiento del mundo. Es banal recordar que la lectura nos lleva a regiones insospechadas; menos banal es recordar que nos hace ciudadanos de tales regiones. Para un lector, todo libro es un museo del universo y, a veces, el universo mismo. Los lectores habitamos El Cairo de Naguib Mahfouz, las islas de Conrad, el Madrid de Galdós, pero también la luna de Wells y de Verne, los universos soñados por Lovecraft y Ursula K. Le Guin, el País de las Maravillas de Lewis Carroll. Hay un cuento (ya no sé quién lo escribió) en el que un hombre leyendo las aventuras de otro que se pierde en el desierto muere de hambre y de sed en su cama, rodeado de comida y de bebida. De forma algo más moderada, todo lector conoce el placer de habitar el mundo creado por otros, de ser su explorador y su cartógrafo.
Uno de los servicios digitales más utilizados en la Biblioteca Nacional de España durante el confinamiento ha sido la descarga de libros electrónicos en
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)