Cuaderno de poemas. Jenaro Tálens

Cuánta ceniza ardiente llueve el cielo,

ecos antiguos de una voz que pasa,

ese enemigo que inventó el espejo

y me instaló sin verme en su mirada.

Dando bandazos, el invierno cae;

no me permite desdecirme. Calla

para obligarme a oír desde el silencio

el rumor con que anula las palabras

y hace hablar a los árboles, a las

piedras desnudas, a los puentes, con

el lenguaje del agua.

Burlón y regio por las galerías,

el aire muerde sin cesar las ramas;

ellas me enseñan a mirar sin odio:

el sol es siempre nuevo cuando se levanta.

El frescor de las cosas desmiente mi agonía,

y en este cuerpo imán de tu memoria inscribo

el lastre fiel de un monólogo en calma.

La noche apoya su cabeza en mi hombro,

su materia sensible. No hay nostalgia,

sino copos de tiempo que la noche aventa

en un espacio vuelto madrugada.

Mis ideas acerca del futuro

crecen como burbujas de sustancia.

Por qué seguir; la escena ha terminado,

y ahora que ya no necesito nada

(si acaso respirar la luz del día),

ahora, cuando descubro que esa luz no acaba,

sé que el camino existe

porque por él avanzo: soy camino.

Sobrevivir ha sido mi venganza».

Jenaro Tálens

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