
EL autor estadounidense publica ‘Lluvia pequeña’, libro inspirado por una experiencia cercana a la muerte.
Origen: Libros sobre el amor y el deseo, recomendados por Garth Greenwell

EL autor estadounidense publica ‘Lluvia pequeña’, libro inspirado por una experiencia cercana a la muerte.
Origen: Libros sobre el amor y el deseo, recomendados por Garth Greenwell
—¿No será que esa fascinación que sintió por la lengua, a tal punto que es el primer recuerdo que conserva, se debe a que supo de manera instintiva que el lazo que une el lenguaje y el mundo es terriblemente débil? Es decir, puede que esa atracción por la lengua se asemeje en su inconsciente a la sensación de peligro y fragilidad que percibe en el mundo.

Han Kang
(La clase de griego)
La confusión surge con frecuencia: en mesas redondas, en entrevistas, a veces de manera anticipada y preventiva por parte de los propios escritores, se examina o se cuestiona el valor de un libro o una obra según su intervención en la realidad…
Origen: Unas líneas sobre la escritura y sus compromisos con la realidad – Cuadernos Hispanoamericanos
Cuanto más leo, más cambio. Cuanto más variada es mi lectura, más capaz soy de percibir el mundo desde miles de perspectivas distintas. En mí habitan las voces de otros, muchos de ellos muertos hace ya mucho tiempo. Los muertos hablan, gritan, susurran, se expresan a través de la música de su poesía y de su prosa. Leer es una forma creativa de escuchar que modifica al lector. Los libros se recuerdan conscientemente a través de imágenes y palabras, pero también están presentes en los espacios extraños y cambiantes de nuestro inconsciente. Otros que, por lo que sea, no tienen fuerza de cambiarnos la vida, suelen olvidarse por completo. Sin embargo, los que permanecen, pasan a formar parte de nosotros, parte de ese misterioso mecanismo de la mente humana capaz de convertir los pequeños símbolos escritos sobre una página en una vívida realidad.


“Uno de los elementos constitutivos y constituyentes de mi identidad literaria y de mi identidad personal es la pérdida, es la ausencia, y sobre todo y ante todo, el fallecimiento de mi madre”, asegura la autora, que en 2022 ganó el Premio Nadal y ahora publica ‘Otra versión de ti’
Siempre es complicado reseñar un libro publicado por entregas. Porque, además, en este caso, la historia es continua, es decir, no se producen saltos temporales relevantes (más allá de lo que supone una historia….
Origen: Un libro al día: Solvej Balle: El volumen del tiempo II
Textos
Me levanté enseguida, me vestí y bajé a la recepción. No sabía qué hora era, pero ya habían llegado los periódicos y eran los mismos. Los del día dieciocho. Nuevos e intactos. En el comedor, la cafetera ya estaba en marcha, las mesas preparadas, y el personal andaba repartiendo el pan y los cruasanes en fuentes y cestas. Me sentí, esperando que hubiera alguna variación respecto a los demás días de noviembre, pero no sucedió nada distinto y pronto asistí a la repetición de la mañana. Vi rostros y gestos de sobra conocidos. Vi caer una rebanada de pan al suelo, con tal ligereza que pareció flotar un instante. Era dieciocho otra vez, no cabía duda.
Ya no soy Tara Selter, librera anticuaria con grandes aptitudes para captar los detalles de un libro y elegir las obras que puedan interesar a un coleccionista. No soy Tara Selter trabajando. No adquiero libros para la empresa T. & T. Selter. La Tara Selter encargada de informarse, negociar, considerar ofertas, comprar, cerrar acuerdos u organizar ha desaparecido. Es la Tara Selter librera anticuaria la que ha dejado de existir, una persona que desempeñaba una profesión, con una empresa en fase de desarrollo, en plena expansión, una comerciante con clientes y colegas. La Tara Selter que tenía un futuro se ha esfumado. Esa Tara Selter, con sueños y expectativas, ha quedado fuera de escena, expulsada del mundo, ha caído al abismo, se ha visto desterrada, arrastrada por la corriente de los dieciocho de noviembre, se ha perdido, evaporado, se ha hundido mar adentro.
Escribo sin líneas ni dirección en una pequeña pila de hojas apoyadas sobre una carpeta, a pesar de que el cuaderno de tela sería más manejable en las butacas, en las mesas de los cafés o en los asientos del tren. Aun así, sigo escribiendo, consciente de que mis papeles sueltos quizás representen la última esperanza que aún albergo de que el defecto del tiempo sea pasajero, la esperanza de no llegar a completar el siguiente folio porque el tiempo ha vuelto a ser normal y ya no habrá más dieciochos de noviembre sobre los que contar nada.
Estoy convencida de que seguiré despertándome el dieciocho de noviembre. En un tiempo sin estaciones. Un tiempo sin días de la semana ni meses, sin celebraciones, vacaciones o festivos, sin calendarios ni fechas. Es algo crónico y no hay nada que hacer. Recorro las calles, estoy en noviembre, me he quedado sin estaciones. Adiós, estaciones. Hola, noviembre.
El día empieza con una mañana en blanco. Un despertar súbito. Alcanzo el ordenador para traerlo a la cama, lo enciendo y comienza mi mañana. Todos los días ocurren lo mismo: tecleo el código y mis hallazgos se han esfumado por completo, pero eso no me detiene. Así son las cosas. No puedo guardar documentos ni archivos, no tengo ningún historial de búsquedas, porque todo ello desaparece por la noche.
Los libros tienes que hacerlos con la verdad profunda de lo que tú eres. Tú no puedes nadar y guardar la ropa.
Origen: Antonio Muñoz Molina, escritor: “Como viví el progreso, duele más el retroceso” | Babelia | EL PAÍS
No quiero morir sin escribir algo sobre Borges
En un almuerzo en casa de Victoria Ocampo, en 1932, conocí a Borges.
Yo sentía que Borges era la literatura viviente. Para los dos, lo más importante era comprender. Tanto Borges como yo creíamos en la inteligencia como instrumento de comprensión.
Borges tenía ese tacto secreto para hacerme sentir que yo era su par. En alguna medida debía considerar que yo era suficientemente inteligente. Cuando dos personas son amigas, una enseña a la otra.
Siempre tuve predilección por la simplicidad y la transparencia que pudo haber sido beneficiosa para Borges, a quien le gustaba demasiado el estilo culto, erudito, artificial. Pienso, que pude en eso, haber sido útil para él, como él fue útil para mí.
Nosotros creamos ese personaje, Bustos Domecq, y mientras lo pudimos gobernar, seguimos con él. Después se tornó ingobernable y dejamos de escribir, pero seguíamos viéndonos y comiendo juntos todas las noches. Cuando sentimos que podíamos volver a escribir juntos, surgieron los nuevos cuentos. Éstos fueron tan buenos -o tan malos- como los primeros. Crónicas de Bustos Domecq fue el mejor libro que escribimos juntos.
Escribíamos habitualmente por las noches. Conversábamos libremente sobre la idea que teníamos acerca de un tema hasta que se iba formando, casi sin proponérnoslo, un proyecto común. Luego me sentaba a escribir ante la máquina, últimamente a mano, porque escribir a máquina ahora me da dolores de cintura. Si a uno se le ocurría la primera frase, la proponía y así con la segunda y la tercera, los dos hablando. Ocasionalmente Borges me decía: «No, no vaya por ahí», o yo le decía: «Ya basta, son demasiadas bromas». Pienso que ese trabajo en colaboración debió enseñarnos a ser modestos, porque cuando empezamos nos sentíamos alineados en una campaña a favor de la trama y de la escritura deliberada, eficaz y consciente.
Tuvimos largas discusiones sobre el amor en la literatura. Borges se pasó la vida enamorado de verdad, y sufrió muchísimas veces. Sin embargo tenía un prejuicio en contra del amor en la literatura. Como si hubiera dicho: «Bueno, basta, hay otras cosas aparte del amor». Hasta ahí, su reacción era racional y su actitud justificada. Pero a veces exageraba y tenía una postura casi puritana contra el amor. Yo le decía que no fuera puritano y él valorizaba extraordinariamente que se lo hubiera dicho. No era ningún mérito de mi parte sino un comentario sensato y justificado,
También yo le decía: «Bueno, basta de estar tan entusiasmado con Quevedo, Lope de Vega es mucho menos pedante, mucho más grato y dice cosas más profundas». Borges, agradecido, me daba la razón y pensaba que yo lo rescataba de una superstición. No es para tanto. Espero no morirme sin haber escrito algo sobre Borges. Lo que podría hacer es sólo contar cómo lo vi yo, cómo fue conmigo. Corregir algunos errores que se cometieron sobre él, defender a Borges y, sobre todo, defender la verdad. Siempre tuve una superstición con la verdad, tal vez yo estuviera atado a la verdad más que Borges. Él a veces arreglaba su pasado para que quedara mejor literariamente. Es como si hubiera preferido realmente la literatura a la verdad. Podía tener cierta falta de escrúpulos que lo hacía reír muchísimo cuando uno la descubría y se la señalaba. Ocurre que él veía la realidad como una expresión de la literatura y ése es el mejor homenaje que se puede hacer a la literatura.

(Memorias)
Sobre Literatura: Su lectura, su creación, sus textos...
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