Álbum de librerías incompleto. 159

′Librería de Almas Muertas,» Dunedin, Nueva Zelanda
Lbrería The book Hive, Norwich, Inglaterra
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Las memorias del futuro de Pablo Martín Sánchez

Pablo Martín Sánchez, escritor y traductor, es una voz muy personal de la narrativa española. Ainhoa Gomà.

Hay en Pablo Martín Sánchez una vitalidad que se impregna a sus libros, una intelectualidad jovial que le garantiza en su literatura una juventud eterna, incluso cuando redacta sus memorias a los 89 años. Él ha llegado a esa edad, al menos en esta novela en la que en el año 2108, no tan lejano […]

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Charles Darwin, eremita y misántropo

Vivió cuarenta años como un eremita. En 1842 compró una casa en la Villa de Down, que en inglés significa abajo, y apenas volvió a salir. Allí sufrió un misterioso mal. El estómago le producía náuseas y el corazón palpitaciones. El cuerpo empezaba a temblar y le faltaba la respiración. La vista se le enturbiaba.

La cabeza se le volvía de piedra. Para no utilizar las escaleras, que le daban vértigo, instaló su cama en el piso de abajo. Debilitado, cayó en una deprimente apatía. Se dio miles de baños en agua helada, se sumergió en vinagre, se dejó atormentar el cuerpo por corrientes eléctricas, pero nada. La causa de aquellos males no fue descubierta nunca.

Se dijo que quizá le había envenenado la sangre la exótica picadura de un insecto sudamericano. Se dice que quizá fue culpa de su magnífica imaginación. Desafortunadamente, una hipótesis es tan romántica que no parece verdad y la otra es tan científica que le falta imaginación.

Prefería las lombrices a los hombres. Fuera de la ventana de su estudio montó un espejo que le advertía si venía a buscarlo algún inoportuno Visitante. Entonces corría a atrancar la puerta y lo dejaba llamar sin responderle jamás.

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos

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Toni Morrison y los fantasmas de América

En colaboración con el canal ARTE, ofrecemos un documental de Claire Laborey sobre la Premio Nobel y activista por los derechos de los afroamericanos

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¿Cómo corregir, pulir y aun rehacer un texto sin perder el entusiasmo en el proceso?. Mario Levrero

Bueno, son tres cosas distintas. En general, hay algo común a los tres procesos: conviene dejar pasar un tiempo (pueden ser días, semanas o meses, depende de cada uno) para crear distancia con el texto y leer lo que está escrito y no lo que uno tiene en la mente.
Cuando uno está todavía bajo la sugestión de la creatividad, no ve el texto como es, sino como lo tiene en la mente, y le suele parecer perfecto. Se trata de verlo como quien mira una fotografía de sí mismo, que siempre impresiona peor que mirarse al espejo, porque en el espejo uno crea su imagen; en la foto no. Veamos:
Corrección: esto es ni más ni menos un trabajo técnico, que puede ser divertido o no, según el talante de cada cual. Pero es más bien mecánico: leer el texto buscando rimas, repeticiones enojosas, cacofonías, erratas y cosas así.
Pulido: hay que leer el texto en un estado muy atento, viendo si en algún momento hay algún factor de perturbación en la lectura, algo que, aunque no se pueda identificar la causa concreta, uno «siente» que no está bien, algo por lo cual uno preferiría pasar rapidito. Subrayar eso y seguir, hasta el final. Después buscarle la vuelta a cada caso particular, tratar de desentrañar por qué eso no suena bien. A veces se trata de su relación con lo que se venía diciendo (salta alguna incongruencia, alguna repetición de palabra, etcétera) y a veces es algo propio de ese fragmento. A veces ayuda preguntarle a otro.
«Refacción», si cabe el término: hay que quitar limpiamente el fragmento que no marcha, y tratar de hacerlo de vuelta buscando un clima similar al del momento de la creación. Situarse en la escena y no conservar nada del texto descartado. Por más lindo que parezca en alguna parte, hacerlo todo de vuelta como si fuera por primera vez, visualizando nuevamente la escena, la imagen que lo originó. Lo mismo para agregar algo, al principio, en el medio o al final de un texto. Visualizar siempre la escena antes de escribir.
Hay veces en que basta cambiar de lugar el fragmento eliminado, sobre todo en una novela, pero no hay que contar mucho con eso.

Mario Levrero

(A través de Isaias Garde)

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Escritores suicidas frustrados. Manuel Vicent

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Olga Tokarczuk. Cleopatras

Me hallaba viajando en un autobús junto a una veintena de mujeres de negro rigurosamente tapadas. Se les apreciaban tan solo los ojos por una estrecha ranura: caí rendida ante el esmero y la belleza de su maquillaje. Eran ojos de Cleopatras. Bebían agua mineral ayudándose con gracia de una pajita; la pajita desaparecía en los pliegues de la negra tela hasta dar con sus hipotéticos labios. En aquel autobús de línea acababan de poner una película para amenizar el viaje: era Lara Croft. Fascinadas, mirábamos a esa muchacha de relucientes muslos y ágiles brazos que tumbaba a soldados armados hasta los dientes.

Olga Tokarczuk

(A través de Isaias Garde)

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Acantilado presenta ‘The Paris Review’

Ejemplares de ‘The Paris Review’

La editorial barcelonesa @Acantilado1999 reúne en dos tomos un centenar de las míticas entrevistas del panteón literario de la revista norteamericana @parisreview.

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El Vieco cortaziano. LXXVI

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Una defensa del anonimato. José Emilio Pacheco

UNA DEFENSA DEL ANONIMATO 

(Carta a George B. Moore para negarle una entrevista)


No sé por qué escribimos, querido George.
Y a veces me pregunto por qué más tarde
publicamos lo escrito.
Es decir, lanzamos
una botella al mar, que está repleto
de basura y botellas con mensajes.
Nunca sabremos
a quién ni adónde la arrojarán las mareas.
Lo más probable
es que sucumba en la tempestad y el abismo,
en la arena del fondo que es la muerte.
Y sin embargo
no es tan inútil esta mueca de náufrago.
Porque un domingo
usted me llama de Estes Park, Colorado.
Me dice que ha leído cuanto está en la botella
(a través de los mares: nuestras dos lenguas)
Y quiere hacerme una entrevista.
¿Cómo explicarle que jamás he dado
una entrevista,
que mi ambición es ser leído y no “célebre”,
que importa el texto y no el autor del texto,
que descreo del circo literario?
Luego recibo un telegrama inmenso
(cuánto se habrá gastado usted al enviarlo).
No puedo contestarle ni dejarlo en silencio.
Y se me ocurren estos versos. No es un poema.
No aspira al privilegio de la poesía
(no es voluntaria).
Y voy a usar, como lo hacían los antiguos,
el verso de instrumento de todo aquello
(relato, carta, drama, historia, manual agrícola)
que hoy decimos en prosa.
Para empezar a no responderle diré:
No tengo nada que añadir a lo que está en mis poemas,
no me interesa comentarlos, no me preocupa
(si alguno tengo) mi lugar en la historia
(tarde o temprano a todos nos espera el naufragio.)
Escribo y eso es todo. Escribo: doy la mitad del poema.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar del encuentro
con la experiencia ajena. El lector, la lectora
harán, o no, el poema que tan sólo he esbozado.
No leemos a otros: nos leemos en ellos.
Me parece un milagro
que alguien que desconozco pueda verse en mi espejo.
Si hay un mérito en esto —dijo Pessoa—
corresponde a los versos, no al autor de los versos.
Si de casualidad es un gran poeta
dejará cuatro o cinco poemas válidos,
rodeados de fracasos y borradores.
Sus opiniones personales
son de verdad muy poco interesantes.
Extraño mundo el nuestro: cada día
le interesan más los poetas;
la poesía cada vez menos.
El poeta dejó de ser la voz de la tribu,
aquel que habla por quienes no hablan.
Se ha vuelto nada más otro ‘entertainer’.
Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,
sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo,
o el trapecista o el domador de elefantes
tienen asegurado el amplio público
a quien ya no hace falta leer poemas.
Sigo pensando
que es otra cosa la poesía:
una forma de amor que sólo existe en silencio,
en un pacto secreto entre dos personas,
de dos desconocidos casi siempre.
Acaso leyó usted que Juan Ramón Jiménez
pensó hace medio siglo en editar una revista.
Iba a llamarse Anonimato.
Publicaría textos, no firmas,
y se haría con poemas, no con poetas.
Yo quisiera como el maestro español
que la poesía fuese anónima ya que es colectiva
(a eso tienden mis versos y mis versiones).
Posiblemente usted me dará la razón.
Usted que me ha leído y no me conoce.
No nos veremos nunca pero somos amigos.
Si le gustaron mis versos
qué más da que sean míos / de otros / de nadie.
En realidad los poemas que leyó son de usted:
Usted, su autor, que los inventa al leerlos.

José Emilio Pacheco
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