«Un día de estos», cuento de Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-México, 2014).
Origen: Un día de estos: Un cuento clásico de García Márquez | El Buen Librero
«Un día de estos», cuento de Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-México, 2014).
Origen: Un día de estos: Un cuento clásico de García Márquez | El Buen Librero
La poesía es la intimidad que coincide con la intimidad de otros.

… en verdad no hay adultos, sólo niños envejecidos. Quieren lo que no tienen: el juguete del otro. Sienten miedo de todo. Obedecen siempre a alguien. No disponen de su existencia. Lloran por cualquier cosa.

Para el buen lector, leer un libro es conocer la esencia y el modo de pensar de una persona extraña, intentar comprenderla y, en lo posible, ganar su amistad.

Si un poema no te ha desgarrado el alma; no has experimentado la poesía.

Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra.Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible.No menos imposible que sumar el olor de la lluvia y el sueño que anteanoche soñaste.Ese hombre es Ulises, Abel, Caín, el primer hombre que ordenó las constelaciones, el hombre que erigió la primera pirámide, el hombre que escribió los hexagramas del Libro de los Cambios, el forjador que grabó runas en la espada de Hengist, el arquero Einar Tambarskelver, Luis de León, el librero que engendró a Samuel Johnson, el jardinero de Voltaire, Darwin en la proa del Beagle, un judío en la cámara letal, con el tiempo, tú y yo.Un solo hombre ha muerto en Ilión, en el Metauro, en Hastings, en Austerlitz, en Trafalgar, en Gettysburg.Un solo hombre ha muerto en los hospitales, en barcos, en la ardua soledad, en la alcoba del hábito y del amor.Un solo hombre ha mirado la vasta aurora.Un solo hombre ha sentido en el paladar la frescura del agua, el sabor de las frutas y de la carne.Hablo del único, del uno, del que siempre está solo.

En «El oro de los tigres» (1972) (A través de Patricia Damiano)

La vida a destiempo de Rafael Reig
El escritor publica ‘Amor intempestivo’, una novela sobre la imposibilidad de que la vida transcurra sin pérdidas que cuenta con el privilegio de la naturalidad y el humor
Origen: La vida a destiempo de Rafael Reig | El Cultural
Textos
¿Y nosotros? No somos más que un hatajo de acreedores, se nos debe la gloria y vamos reclamándola por los rincones. Nuestras novelas pertenecen todas al mismo género literario que los cartones que ponen los mendigos al lado de su manta: pedimos una limosna de gloria contando nuestra triste vida, y lo llamamos autoficción. Eso somos las «figuras centrales de las letras españolas» que escupíamos en corro «en las aulas o en el bar de la Facultad».
Mi madre no era feliz sin motivo reconocible. No sé por qué, quizá ella tampoco lo sabía, pero su infelicidad era visible, irrespirable para todos, constante y sin arreglo. Mi padre era feliz, también sin motivo. Mi padre fumaba tabaco negro y mi madre rubio, mi padre bebía whisky y mi madre ginebra, a mi padre le gustaba estar cómodo, con los pies encima de la mesa, y mi madre prefería siempre el asiento más incómodo. Como tantos jóvenes, yo simplificaba: intenté creer que mi padre y mi madre eran cada uno lo contrario del otro. Era como si tuvieran glándulas opuestas: mi madre se sentía invadida por la desdicha, mientras que mi padre, en las mayores penalidades, era capaz de arrancar con las uñas unos gramos de felicidad. Yo creo que tengo las dos glándulas, alterno entre el asombro frente a la inesperada desgracia que es mi vida —como mi madre— y la alegría que me ofrece el simple hecho de estar vivo —como mi padre—. Pero sigo sin entender ni a mi madre, ni la parte de mí que procede de ella. La infelicidad de mi madre era un asunto del que, por supuesto, nunca hablamos.
Mis dos descubrimientos en Boston fueron las mujeres mayores y las bibliotecas. Cada día me llevaba diez o doce libros a casa y leía uno de ellos. Para un joven que había pasado veranos enteros en la Biblioteca Nacional de Madrid, enfrentándose a esos temibles conserjes que siempre llevaban un puro apagado entre los dientes, rellenando papeletas rosas o verdes con la signatura de lo que querías y teniendo que leerlo en un pupitre de la Sala General, llegar a una biblioteca universitaria americana era como ser trasladado en una alfombra voladora una noche de sábado de Puerto Hurraco a Las Vegas. Leí de todo, clásicos y contemporáneos norteamericanos para mis cursos, poesía inglesa, una gran parte de la ilustración francesa y —no recuerdo por qué motivo, pero sí el inmenso placer— todo el Teatro Crítico Universal de Feijoo.
De aquellas trescientas sesenta y cinco páginas a máquina aprendí muchas cosas. La más importante: que nunca tengo nada que decir. Por eso escribo: para saber qué es lo que quería decir. Escribir es para mí la mejor y más afilada manera de pensar. Desde aquella novela, siempre intento llegar al final a la mayor velocidad posible, para saber qué quería decir, y entonces vuelvo a empezar. Y así una y otra vez: todas mis novelas están escritas de principio a fin cuatro o cinco veces (y a veces, como ahora, más todavía).
Todavía me pregunto ahora cuál es esa arista de mi carácter, esa esquirla de hielo en mi corazón o esa agua mucho más fría que viene —cuando menos me lo espero— de la tubería profunda, y que podría hacer que se me parara el pulso de golpe.
Mis padres —aunque mi madre no lo dijera con tantas palabras— esperaban más de mi carrera literaria: esa novela que estaba ahí, pero que yo no había logrado escribir. Esa O.M. Para ellos, ya siempre seré aquel que escribió tres novelas sin ninguna fortuna. Pero eso no tiene importancia. Lo que me habría gustado poder mostrarles no son mis obras completas, sino algo más valioso: que he logrado hacerme un alma, sacarla de ese pozo que no tiene polea ni pozal. No nacemos con ella, hacerse un alma es el propósito de toda vida que merezca ser vivida. Ser escritor, ingeniero, licenciada en Derecho, no es nada ni quiere decir que uno haya vivido. Llegar a ser bueno es la única aventura de la existencia, lo único para lo que vivimos. Sin embargo, nadie es más digno de desprecio que el fariseo, el sepulcro blanqueado que edifica su bondad sobre la maldad ajena: Señor, yo no soy como aquellos que pecan, míralos, mientras yo rezo. Comprenderse solo sirve para quererse uno más a sí mismo. El que no se quiere a sí mismo, en cambio, ya no tiene más remedio que convertirse en otro, construir una persona mejor a la que poder querer, a partir de su propia maldad, no de la de los demás. Por eso nunca he querido comprenderme, solo necesito quererme; hacerme un alma para poder quererme un poco. Lo que sí he logrado comprender es por qué no he podido escribir una obra maestra. No era cuestión de una glándula, se trataba de un alma. Ahora sé que ya nunca escribiré esa O.M. que ya nadie espera de mí, ni siquiera en mi casa. Y aunque no sin melancolía, puedo confesar que casi me alegro.
Carlos Cartolano: Borges y Bioy… ¿qué más podría decirnos sobre eso? Bioy Casares: Lo conocí a Borges en mil novecientos treinta y dos en una reunión en San Isidro a la que nos había invitado Victo…
Nadie, se supone, lee poesía y, con todo, no hay nadie que en algún momento de su vida no haya escrito algunos versos. En cambio, muy pocas personas han hecho novelas o sinfonías o pinturas murales.
Si pregunto [por qué no leen poesía] a quienes me rodean la respuesta más previsible es: “No me interesa para nada. Desde que salí de la escuela jamás he vuelto a leer un poema. No tiene que ver con mi vida”. Quien lo dice, o bien se conmueve con el Himno Nacional o pasa muchas horas de su vida conectado a audífonos que trasmiten desde su iPod, si no poesía en sentido estricto, al menos versos que se ciñen a la música. Esas letras sí son memorables y memorizables y se llevan “by heart, par coeur” toda la vida.
Sería abominable una dictadura ilustrada que impusiera por decreto el leer poesía. Más bien, muchos piensan que habría que prohibirla y perseguirla para hacerla deseable y disfrutarla. Ezra Pound habló de “El pensamiento de lo que Norteamérica sería / si los clásicos tuvieran más circulación”. Menos ambicioso que Pound, no dejo de pensar en lo que México sería si la gente supiera de poesía el uno por ciento de lo que sabe de futbol, su historia, sus técnicas, sus grandes figuras, su pasión, su misterio.
Supongo que la capacidad de entender y disfrutar la poesía es como el don de hallar placer en la música clásica, algo que no todo el mundo tiene ni debe avergonzarse por no tener. Tal vez se trate de una capacidad innata en todas las personas que es sofocada muy pronto por la injusticia y por la falta de instrucción. La idea del ritmo está presente desde el primer día de la vida y el bebé se adormece a sí mismo con una canción sin palabras. Poco después descubre el idioma como materia poética y pregunta a sus padres cosas del estilo de “¿Por qué brilla la luna” o “¿Adónde van los días que pasan?”

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