
La vida a destiempo de Rafael Reig
El escritor publica ‘Amor intempestivo’, una novela sobre la imposibilidad de que la vida transcurra sin pérdidas que cuenta con el privilegio de la naturalidad y el humor
Origen: La vida a destiempo de Rafael Reig | El Cultural
Textos
¿Y nosotros? No somos más que un hatajo de acreedores, se nos debe la gloria y vamos reclamándola por los rincones. Nuestras novelas pertenecen todas al mismo género literario que los cartones que ponen los mendigos al lado de su manta: pedimos una limosna de gloria contando nuestra triste vida, y lo llamamos autoficción. Eso somos las «figuras centrales de las letras españolas» que escupíamos en corro «en las aulas o en el bar de la Facultad».
Mi madre no era feliz sin motivo reconocible. No sé por qué, quizá ella tampoco lo sabía, pero su infelicidad era visible, irrespirable para todos, constante y sin arreglo. Mi padre era feliz, también sin motivo. Mi padre fumaba tabaco negro y mi madre rubio, mi padre bebía whisky y mi madre ginebra, a mi padre le gustaba estar cómodo, con los pies encima de la mesa, y mi madre prefería siempre el asiento más incómodo. Como tantos jóvenes, yo simplificaba: intenté creer que mi padre y mi madre eran cada uno lo contrario del otro. Era como si tuvieran glándulas opuestas: mi madre se sentía invadida por la desdicha, mientras que mi padre, en las mayores penalidades, era capaz de arrancar con las uñas unos gramos de felicidad. Yo creo que tengo las dos glándulas, alterno entre el asombro frente a la inesperada desgracia que es mi vida —como mi madre— y la alegría que me ofrece el simple hecho de estar vivo —como mi padre—. Pero sigo sin entender ni a mi madre, ni la parte de mí que procede de ella. La infelicidad de mi madre era un asunto del que, por supuesto, nunca hablamos.
Mis dos descubrimientos en Boston fueron las mujeres mayores y las bibliotecas. Cada día me llevaba diez o doce libros a casa y leía uno de ellos. Para un joven que había pasado veranos enteros en la Biblioteca Nacional de Madrid, enfrentándose a esos temibles conserjes que siempre llevaban un puro apagado entre los dientes, rellenando papeletas rosas o verdes con la signatura de lo que querías y teniendo que leerlo en un pupitre de la Sala General, llegar a una biblioteca universitaria americana era como ser trasladado en una alfombra voladora una noche de sábado de Puerto Hurraco a Las Vegas. Leí de todo, clásicos y contemporáneos norteamericanos para mis cursos, poesía inglesa, una gran parte de la ilustración francesa y —no recuerdo por qué motivo, pero sí el inmenso placer— todo el Teatro Crítico Universal de Feijoo.
De aquellas trescientas sesenta y cinco páginas a máquina aprendí muchas cosas. La más importante: que nunca tengo nada que decir. Por eso escribo: para saber qué es lo que quería decir. Escribir es para mí la mejor y más afilada manera de pensar. Desde aquella novela, siempre intento llegar al final a la mayor velocidad posible, para saber qué quería decir, y entonces vuelvo a empezar. Y así una y otra vez: todas mis novelas están escritas de principio a fin cuatro o cinco veces (y a veces, como ahora, más todavía).
Todavía me pregunto ahora cuál es esa arista de mi carácter, esa esquirla de hielo en mi corazón o esa agua mucho más fría que viene —cuando menos me lo espero— de la tubería profunda, y que podría hacer que se me parara el pulso de golpe.
Mis padres —aunque mi madre no lo dijera con tantas palabras— esperaban más de mi carrera literaria: esa novela que estaba ahí, pero que yo no había logrado escribir. Esa O.M. Para ellos, ya siempre seré aquel que escribió tres novelas sin ninguna fortuna. Pero eso no tiene importancia. Lo que me habría gustado poder mostrarles no son mis obras completas, sino algo más valioso: que he logrado hacerme un alma, sacarla de ese pozo que no tiene polea ni pozal. No nacemos con ella, hacerse un alma es el propósito de toda vida que merezca ser vivida. Ser escritor, ingeniero, licenciada en Derecho, no es nada ni quiere decir que uno haya vivido. Llegar a ser bueno es la única aventura de la existencia, lo único para lo que vivimos. Sin embargo, nadie es más digno de desprecio que el fariseo, el sepulcro blanqueado que edifica su bondad sobre la maldad ajena: Señor, yo no soy como aquellos que pecan, míralos, mientras yo rezo. Comprenderse solo sirve para quererse uno más a sí mismo. El que no se quiere a sí mismo, en cambio, ya no tiene más remedio que convertirse en otro, construir una persona mejor a la que poder querer, a partir de su propia maldad, no de la de los demás. Por eso nunca he querido comprenderme, solo necesito quererme; hacerme un alma para poder quererme un poco. Lo que sí he logrado comprender es por qué no he podido escribir una obra maestra. No era cuestión de una glándula, se trataba de un alma. Ahora sé que ya nunca escribiré esa O.M. que ya nadie espera de mí, ni siquiera en mi casa. Y aunque no sin melancolía, puedo confesar que casi me alegro.