Estoy demasiado solo en el mundo, y sin embargo, no lo suficiente para consagrar cada hora. Soy demasiado insignificante en el mundo, y sin embargo, no lo suficiente para ser ante ti como una cosa oscura e inteligente. Quiero mi voluntad y quiero acompañar mi voluntad por los caminos de la acción; y en tiempos tranquilos, como vacilantes, cuando algo se acerca, estar entre los que saben o solo. Quiero reflejarte siempre de cuerpo entero y no ser nunca ciego o demasiado viejo para sostener tu pesada imagen oscilante. Quiero desplegarme. No quedar torcido en ninguna parte, porque donde me tuercen, me falsean. Y quiero mi mente veraz ante ti. Quiero describirme como un cuadro que vi largo rato y de cerca; como una palabra que comprendí; como mi jarra diaria; como el rostro de mi madre, como un barco que me llevo a través de la tormenta más mortal.
¿Cómo sujetar mi alma para que no roce la tuya? ¿Cómo debo elevarla hasta las otras cosas, sobre ti? Quisiera cobijarla bajo cualquier objeto perdido, en un rincón extraño y mudo donde tu estremecimiento no pudiese esparcirse.
Pero todo aquello que tocamos, tú y yo, nos une, como un golpe de arco, que una sola voz arranca de dos cuerdas. ¿En qué instrumento nos tensaron? ¿Y qué mano nos pulsa formando ese sonido? ¡Oh, dulce canto!
La poesía nace no del trabajo de nuestra vida, de la normalidad de nuestras ocupaciones, sino de los instantes en que levantamos la cabeza y descubrimos con estupor la vida.
En febrero de 1945 nació El Séptimo Círculo, la colección de novelas policiales dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, para la editorial Emecé.
Su título, El Séptimo Círculo, evoca el anillo del infierno que Dante reservó a los violentos. Estuvo dirigida desde un principio al policial clásico inglés, aunque hubo contadas excepciones.
El 1er número fue La bestia debe morir de Nicholas Blake, pseudónimo usado por el irlandés Cecil Day-Lewis, padre del actor Daniel Day-Lewis, para firmar sus novelas de tipo criminal.
El escritor búlgaro Georgui Gospodínov. Foto: Vera Gotseva
‘El jardinero y la muerte’: Gospodínov se despide de su padre en un hermoso y crudo relato sin anestesia
El escritor búlgaro, firme candidato al Nobel, escribió el libro a los pies de la cama del hospital en la que su progenitor agonizaba.Más información: El viaje de Héctor Abad Faciolince al infierno de Ucrania: un «oído defectuoso» le salvó la vida de milagro
No sé por dónde empezar. Que este sea el inicio. Estamos hablando de un final, por supuesto, pero ¿dónde empieza el final?
(…)
De niño escogía de la biblioteca solo los libros escritos en primera persona, porque sabía que en ellos el protagonista no iba a morir. Bueno, pues este libro está escrito en primera persona a pesar de que su verdadero protagonista muere.
Por estas latitudes patriarcales solía decirse que cuando los niños lloran no hay nada que temer, pero cuando los adultos lloran, entonces sí hay algo que temer. Pero cuando eres a la vez niño y adulto y acabas de enterarte de que tu padre se está muriendo…
A alimento a mi padre como a un pajarito. Tres uvas para comer, ya estás. Sus huesos también son de pájaro, delgados, afilados, frágiles…
La primera vez que mi padre se moría, y después de haberme confesado que ya no tenía muchas ganas de seguir viviendo (no me di cuenta de que lo decía para consolarme), para devolverle las ganas de vivir, abrí un cuaderno naranja con la idea de apuntar todo aquello por lo que merecía la pena vivir. Fantaseaba con poner allí todo tipo de cosas, empezando por mi hermano y por mí, los nietos, mi madre, el cordero asado con hierbabuena el Día de San Jorge, los primeros ajetes frescos del jardín, los tulipanes holandeses y las campanillas blancas recién brotadas, el silencio al atardecer, el canto de los cucos en primavera, el cerezo en junio y los tomates en julio, ese tipo de cosas… No recuerdo si llegué a apuntar algo ni dónde fue a parar aquel cuaderno. Creo que se quedó vacío.
La obra de Héctor Abad Faciolince (Medellín, Colombia, 1958) conoce un antes y un después de la publicación de El olvido que seremos (2006), la narración del
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)