El escritor y Premio Nobel sudafricano no es muy dado a las entrevistas. Por eso adquiere mayor valor el ejercicio de pensamiento retrospectivo que ofrece en nuestras páginas, para las que vuelve a responder de puño y letra a preguntas que se le han formulado en estos años
Querer escribir y no querer leer no sólo es un contrasentido. Querer escribir y no querer leer es una aberración. Es, sin salvar ninguna distancia, como ser periodista y no tener curiosidad.
He dicho que el genio del escritor inventor se reconoce sobre todo en la creación de tipos, y que ningún carácter de invención llega a ser tipo si no presenta esa expresión de individualidad origin…
En la página en blanco hay una libertad absoluta, de manera que usémosla. Desde el principio he recelado de lo falso, de lo automático. He intentado no imponer la visión que tengo de la vida como algo ambiguo y con muchas capas, a fuerza de mantener cierta idea de transacción o pacto entre el lector ideal y yo. La ferocidad doméstica en el seno de la clase media, el sexo y la muerte como enigmas para el animal pensante, la existencia social como sacrifhcio, los placeres y recompensas inesperados, la corrupción como modalidad de la evolución… son algunos de los temas. He intentado alcanzar la objetividad por medio del formato de la narración. Mi obra no es pontificación sino meditación, por eso las entrevistas como ésta me parecen una simple infatuación impuesta, pura pose. No pienso en mis libros como sermones ni proyectiles en una guerra de ideas, sino como objetos provistos de formas y texturas distintas, y del misterio de todo lo que existe. Lo primero que pensé sobre el arte, de niño, fue que el artista trae algo al mundo que no existía antes, y que lo trae sin destruir nada. Una especie de refutación de la conservación de la materia. Y ésa me sigue pareciendo su magia central, su núcleo de placer.
John Urdike
Entrevista con John Urdike (“The Paris Review”. 1953-1983)
cuando ya no hay sol pero las paredes de adobe son aún rosadas, cuando todavía los pájaros revolotean y después van quedándose quietos, desaparecen, cuando el verde de la cebada se recobra, los cardos se elevan, el almendro en el palomar derruido, poco a poco se va yendo la luz, el adobe es ahora muy pálido, muy pálido, el espacio del valle se ahonda
‘Los ilusionistas’ traza una crónica generacional que mezcla memoria, heridas heredadas y retratos descarnados de figuras clave como Torrente Ballester. Más información: Javier Cercas se adentra en la fe: una novela sin ficción entre el Papa, su madre y Dios
‘Sagitario’, de Natalia Ginzburg: la vida a golpes de decepciones
La prosa siempre poderosa de la autora italiana brilla en este relato, donde nos ofrece un ejemplo del encanto de su narrativa al retratar las decepciones que recibe una viuda pretenciosa en la madurez de su vida
Mi madre compró una casa en un arrabal de la ciudad. Era una casita de dos plantas rodeada de un jardín desalinizado y húmedo. Más allá del jardín había huertos de coles, y más allá de los huertos estaban las vías del ferrocarril. El jardín, en aquel mes de octubre, estaba completamente tapizado de hojas podridas.
Aseguraba además que la galería de arte sería también una distracción para mi hermana y para mí, pues nos brindaría la oportunidad de conocer a gente y hacer amigos. Seguramente yo no conocía a mucha gente en la ciudad, me decía escrutándome. No le parecía que yo saliera mucho ni que quedara con demasiadas personas. Siempre aparentaba estar irritable y cansada, ya ella le habría gustado verme con una expresión más animada, la expresión de una chica de veintitrés años, de alguien que tiene toda la vida por delante. Le encantaba que estudiara y que fuera tan juiciosa y seria, pero también le agradaría saber que tenía un grupo de amigos, personas alegres con las que pasar el rato. Por ejemplo, no le parecía que fuese a bailar ni que practicara ningún tipo de deporte, y así era un poco difícil que me casara. Tal vez era que no pensaba en casarme, ni siquiera ella misma sentía que yo estaría hecha para casarme y tener muchos hijos. Luego me escrutaba esperando una respuesta. ¿No había nadie entre mis conocidos, nadie que me interesara un poco? Yo negaba con la cabeza y me volvía hacia la pared frunciendo el ceño y mordiéndome el labio, pues aquellos interrogatorios de mi madre me disgustaban profundamente. Entonces ella cambiaba de tema, se ponía a examinar mi combinación, que estaba sobre la silla, y tomaba mis zapatos de la alfombra para mirar las suelas y los tacones. ¿No tenía más zapatos que aquellos? Ella había descubierto un zapatero que hacía unos zapatos a medida que eran una preciosidad y no muy caros.
Vagabundeaba muchas horas por la ciudad mirando los escaparates y quejándose para sí del aumento de los precios, luego se sentaba a descansar en un café, sacaba su boquilla de marfil y le colocaba un cigarrillo turco, pedía un granizado de café con nata, miraba distraída a su alrededor y fumaba enfadada con Giulia, que ya ni siquiera pensaba en salir; Yo al menos me estaba preparando para los requisitos, pero Giulia lo único que hacía era jugar con el perrito y mirar por la ventana, a un lado el jardín y al otro los trenes que desaparecían en la niebla. La de Giulia era una vida sin sentido. El café empezaba a llenarse al caer la noche y mi madre trataba de escuchar las conversaciones de los que se sentaban a su alrededor; todas le parecían conversaciones insulsas y aun así le habría gustado participar en ellas, pero ¿dónde estaba la gente culta, los intelectuales, los escritores, los pintores, todas aquellas personas a las que mi madre esperaba ofrecer una taza de té en su galería?
Durante un tiempo Scilla estuvo ocupada con los preparativos de la boda. Había dicho que no iba a preparar ningún ajuar, pero algo sí que preparó al final. Estaba tan excitada que no conseguía dormir y se pasaba las noches en vela bordeando el punto de sombra de los camisones. Bordaba muy bien, pues de pequeña había estado en un colegio de monjas. Barbara había dejado el colegio y vagueaba por casa asomándose continuamente a la ventana para ver si aparecía Pinuccio, ya que su madre le había prohibido salir para que no se encontrara con ningún muchacho y no tuviese ocasión de coquetear con nadie. Sólo la dejaba salir para ir a casa de Giulia, de modo que Barbara y Giulia se pasaban las tardes juntas.
Mi madre se sentó frente a la mesa de la cocina y se puso a sollozar, y mientras sollozaba se golpeaba el pecho con el collar y se tapaba los labios con la mano temblorosa, y los sollozos emanaban con fuerza del fondo de su corazón, despertando en ella una autocompasión en la que no había ninguna dulzura, una piedad desolada y oscura como la noche. Mi madre ya no tenía ganas de ver a Giulia, ni a mí, ni a Chaim: ya no quería hacer nada.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)