Esta antología reúne una obra amplia, tan exigente como sólida, que aborda temas como la infancia, el viaje, la muerte, el placer, la soledad, la identidad, el amor…
Al niño, que nació y se crió a la sombra del ruido de las fábricas, se lo llevan al campo y allí sufre y muere en el exilio nostálgico del ruido de los grandes motores, del correr de las correas de transmisión, de los grandes palacios de hierros iluminados con grandes y blancas lámparas eléctricas. —Pero, ¿es que no te gusta la serenidad del campo? —¿Por qué tiene que gustarle a uno la serenidad? —¿No te gustan la luz, el aire, los árboles, tan bonitos y tan verdes? —A mí no, señora, ¿por qué habrían de gustarme las cosas verdes? ¿Por qué el sol ha de ser más bonito que las lámparas eléctricas? Si me dijesen el porqué, tal vez me gustaran. Cuánto enfado ponían en su alma el horror de la noria, ¡tan de madera!, y los bueyes tirando del carro. Solo a lo lejos el tren… el tren. Esta era la vela que cruzaba por el horizonte de su vida de exilio. El tren avanzó sobre él y todo su miedo le supo a orgullo. Esperó temblando, temblando, amándolo, amando la llegada férrea y tremenda desde lejos. Súbitamente, el tren sorteó la curva y se fue haciendo enorme. De pronto, se echó sobre él, siendo ya del tamaño del universo entero. De esta forma, murió el niño superior que fue fiel a su origen urbano y prefirió la muerte al exilio de las máquinas y de las calles estrechas y de los grandes salones de las iluminadas fábricas con lámparas blancas, eléctricas, cuadrantes de luces por la negrura. Le habrían asesinado el alma, poco a poco, con el sol y el paisaje. ¡La abominación de los faroles de petróleo en las noches odiosas de tanto silencio! Si le hubieran dicho que el sol es una inmensa lámpara eléctrica, acaso lo hubiera amado. Pero es que nadie comprende a los niños. FIN
Extraído de W. H. Auden, Selected Poems. Edited by Edward Mendelson, Vintage International, Vintage Books, A Division of Random House, Inc., New York, 2007, p. 88 | Traducción de Juan Ar…
En las charlas, tras la sesión de autógrafos, siempre aparece por lo menos un aspirante a escritor que me pide consejo. En el poco tiempo disponible no puedo decir gran cosa, pero siempre cito cuatro principio que considero importantes.
El primero es leer mucho, no para copiar el estilo de otro sino para aprender a reconocer y apreciar una buena redacción y para ver cómo otros escritores consiguen el resultado. La mala redacción, por desgracia, es contagiosa y debería evitarse el contacto con ella.
Practicar la escritura en todas sus formas; el oficio se aprende practicando, no hablando de él. A algunas personas les ayudan los cursos de escritura o los círculos de escritores, pero no son para todo el mundo.
Aumentar el vocabulario; la materia prima del escritor son las palabras y, cuantas más tengamos a nuestra disposición y podamos usar con efectividad y seguridad, mejor.
Agradecer toda experiencia. Eso significa vivir la vida con todos los sentidos alerta: observar, sentir, relacionarse con otras personas. Nada de lo que le pasa a un escritor cae en saco roto.
Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana.
Zadie Smith (Londres, 1975) es novelista, así se define ella todo el rato: no dice escritora, no dice que escribe cuentos. Es una escritora de novelas, y dice que escribe novelas no como una forma de autoconocimiento: “Ese es, para mí, el impulso novelístico primario: la asunción de la posibilidad de […]
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)