Cuando me senté a morir, ella (mi alma) rogó que me levantara y que siguiera arrastrando la vida, como si esperara todavía algún milagro que me limpiara de culpas. Ni siquiera hice el intento: «Aquí se acaba el camino -le dije-. Ya no me quedan fuerzas para más.» Y abrí la boca para que se fuera. Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de sangre con que estaba amarrada a mi corazón.
Para una historia de la literatura, el único criterio de valor debe ser el presente, quiero decir, lo que justifica históricamente a un escritor no es su permanencia en el aire de los tiempos sino que su realidad es una especie de presente continuo que lo hace contemporáneo en algunas épocas y lo oscurece en otras. Porque para nadie, en ningún tiempo, hay valores absolutos.
¿Qué hacer con Céline? Indudablemente, leer su gran novela y no prestar atención a sus panfletos. Y no olvidar que el nihilismo se parece a las arenas movedizas
El viento tiritaba impaciente en los árboles oscuros, y en algún lugar de la lejanía, detrás del horizonte, murmuraba en voz baja, enfadado, el trueno.
La actitud de Borges frente a la página, es la actitud de un Mallarmé: de una severidad extrema frente a la escritura y de no dejar más que lo medular.
Julio Cortázar
Para soñar no hay que cerrar los ojos, hay que leer.
Michel Foucault
Del otro lado de los libros, luego de atravesar la superficie negra y blanca de las palabras impresas, más allá de un jardín y una verja de hierro, el mundo parece irreal o, mejor, el mundo es esa misma irrealidad.
Ricardo Piglia
Todo lo que yo invento, todo lo que yo imagino, quedará siempre más acá de la verdad, porque llegará un momento en que las creaciones de la ciencia superarán a las de la imaginación
Kurt Vonnegut: Los mejores argumentos son siempre bromas fantásticas que la gente se cree una y otra vez. Entrevistador: ¿Puede dar un ejemplo? K.V.: La novela gótica. Se publican docenas de cosas …
GEORGES SIMENON: Sólo ha habido un consejo que me haya resultado útil. Me lo dio Colette. Yo estaba escribiendo relatos para Le Matinn y por aquella época Colette era la directora literaria. Recuerdo que le entregué dos relatos y me los devolvió, de forma que lo seguí intentando una y otra vez.
Finalmente me dijo: «Mira, son demasiado literarios, siempre demasiado literarios». Así que seguí su consejo. Es lo que hago cuando escribo, y mi principal tarea cuando reescribo.
P.: ¿Qué quiere decir con «demasiado literarios»? ¿Qué les quita? ¿Cierta clase de palabras?
R.: Adjetivos, adverbios y cualquier palabra efectista que se me haya escapado. Todas las palabras han de estar al servicio de la frase. Ya sabe, si te queda una frase bonita, quítala. Cada vez que me encuentro algo así en mis novelas, tengo que quitarlo.
P.: ¿Y en eso consiste la mayor parte de la revisión?
R.: Casi toda.
P.: ¿Y no revisa la trama?
R.: Ah, nunca toco nada de eso. A veces cambio los nombres a medida que escribo; una mujer que se llamaba Helen en el primer capítulo se convierte en Charlotte en el segundo, por ejemplo. Así que lo arreglo en la revisión. Eso y quitar, quitar y quitar.
¡Es en vano que encuentre una herradura en el estanque turbio de mi imaginación!
El árbol ha cubierto de palomas mi soledad; pero es en vano.
Desnudo siempre estoy como una llanura.
Para buscar un cerro miro las multitudes.
Estoy siempre desnudo y blanco; Lázaro vestido de novio; una mortaja viva entre el ayer eterno y el eterno mañana; una mortaja viva que llora en mi garganta.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)