2020, el año de la pandemia y del confinamiento, ha sido también el año en el que muchos lectores encontraron el tiempo anhelado para la literatura. De hecho, la crisis sólo ha provocado un descenso de las ventas del 4%. El balance del año incluye así unos cuantos libros, incluidas estas novelas, crónicas y memorias traducidas, incluidas en la selección de lo mejor del año por la sección de Cultura de EL MUNDO.
No podemos crecer sin cortar las raíces. Una persona debe permanecer hasta cierto punto inadaptada para mantenerse sana: escudarse en el grupo para no hacerse cargo de uno mismo es la peor traición que uno puede cometer contra sí mismo.
La decepción está en la vida. O la vives, o te pierdes algo. Hay que vivir sin demasiado temor pero sin esperanza porque las expectativas son el germen de nuestro malestar. Vivir decepcionado no está mal, ¿por qué tenemos que vivir entusiasmados? El entusiasmo colectivo me pone de los nervios.
Escribo más o menos como todo el mundo, creo. Intento escribir con regularidad. Cada día me cuesta arrancar. Si consigo dejar una línea o unas pocas palabras que me ayuden a retomar el hilo, va un poco mejor. A veces el día va bien. A menudo, no. Me he resignado a la certeza de que lo que escriba me decepcionará. Escribo cuando no me apetece, pero no cuando me asquea. Creo que escribo para cierto tipo de persona —no voy a definir exactamente quién, aunque tal vez sea una mujer—, pero no para todo el mundo. Para una mujer inteligente, como dijo Bábel.
Escribo a mano, con un bolígrafo. Luego lo mecanografío con una máquina eléctrica. Podría usar un ordenador portátil, pero me gusta el sonido, ligeramente desacompasado, de las teclas. Tecleo con dos dedos.
De hecho, de algún modo estoy componiendo. Escucho las palabras a medida que las escribo, o las cadenas de palabras. Me gusta volver una y otra vez sobre la cadencia que me conduce a las siguientes frases. A veces escribo un poco acerca de lo que me propongo escribir, unas palabras que abran el camino, y que quizá incluso decida incluir, pero todo está en suspenso.
Lo más importante es la organización, encontrar un orden. Hay muchas cosas, demasiadas, que retener en la cabeza sobre una novela, o incluso un capítulo. No puede haber confusión.
Tengo la sabiduría del condenado a muerte: No tengo cosas que me posean. He escrito mi testamento con mi sangre: «¡Confiad en el agua, moradores de mis canciones!» He dormido ensangrentado y coronado con mi mañana… He soñado que el corazón de la tierra era mayor que su mapa y más claro que sus espejos y mi cadalso. He creído que una nube blanca me ascendía, como si yo fuera una abubilla con el viento por alas. Y al alba, la llamada del sereno me despierta de mi sueño y de mi lenguaje: vivirás en otro cadáver. Modifica tu último testamento. Se ha retrasado la fecha de la segunda ejecución. ¿Hasta cuándo?, pregunto. Esperaré a que mueras más. No tengo cosas que me posean, respondo. He escrito mi testamento con mi sangre: «¡Confiad en el agua, moradores de mis canciones!» Y yo, aunque fuera el último, encontraría las palabras suficientes… Cada poema es un cuadro. Pintaré ahora para las golondrinas el mapa de la primavera, para los que pasan por la acera, el azufaifo y para las mujeres el lapislázuli… El camino me llevará y yo le llevaré a hombros hasta que las cosas recobren su imagen verdadera. Luego oiré lo genuino: Cada poema es una madre que busca a su hijo en las nubes, cerca del pozo de agua. «Hijo, te daré el relevo. Estoy encinta». Cada poema es un sueño. He soñado que soñaba. Me llevará y le llevaré hasta que escriba la última línea en el mármol de la tumba: «Me he dormido para volar». Y llevaré al Mesías zapatos de invierno para que camine como los demás desde lo alto de la montaña hasta el lago.
2007 Mahmoud Darwish lee en Haifa, en su primera aparición en Israel desde 1971 Gil Cohen, Magen-Pool/Getty Images
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Una editorial es un proyecto intelectual. Los títulos que edita son una brújula de su tiempo, y su archivo recoge discusiones editoriales de distinto alcance. Es válido preguntar por el destino de ese trozo de memoria colectiva cuando la
El libro que yace inane en un anaquel es munición desperdiciada. Los libros deben mantenerse en constante circulación como el dinero. ¡Prestad y tomad prestado ambas cosas: libros y dinero! Pero especialmente libros, porque los libros representan infinitamente más que el dinero. El libro no sólo es un amigo sino que sirve para hacernos conquistar amigos. El libro enriquece al que se apodera de él con toda el alma, pero enriquece tres veces más al que lo analiza.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)