Tengo la sabiduría del condenado a muerte: No tengo cosas que me posean. He escrito mi testamento con mi sangre: «¡Confiad en el agua, moradores de mis canciones!» He dormido ensangrentado y coronado con mi mañana… He soñado que el corazón de la tierra era mayor que su mapa y más claro que sus espejos y mi cadalso. He creído que una nube blanca me ascendía, como si yo fuera una abubilla con el viento por alas. Y al alba, la llamada del sereno me despierta de mi sueño y de mi lenguaje: vivirás en otro cadáver. Modifica tu último testamento. Se ha retrasado la fecha de la segunda ejecución. ¿Hasta cuándo?, pregunto. Esperaré a que mueras más. No tengo cosas que me posean, respondo. He escrito mi testamento con mi sangre: «¡Confiad en el agua, moradores de mis canciones!» Y yo, aunque fuera el último, encontraría las palabras suficientes… Cada poema es un cuadro. Pintaré ahora para las golondrinas el mapa de la primavera, para los que pasan por la acera, el azufaifo y para las mujeres el lapislázuli… El camino me llevará y yo le llevaré a hombros hasta que las cosas recobren su imagen verdadera. Luego oiré lo genuino: Cada poema es una madre que busca a su hijo en las nubes, cerca del pozo de agua. «Hijo, te daré el relevo. Estoy encinta». Cada poema es un sueño. He soñado que soñaba. Me llevará y le llevaré hasta que escriba la última línea en el mármol de la tumba: «Me he dormido para volar». Y llevaré al Mesías zapatos de invierno para que camine como los demás desde lo alto de la montaña hasta el lago.
2007 Mahmoud Darwish lee en Haifa, en su primera aparición en Israel desde 1971 Gil Cohen, Magen-Pool/Getty Images
De la narrativa al ensayo, pasando por la historia, la ciencia y la poesía, especialistas en todos los géneros literarios recomiendan los mejores volúmenes recientes para meter en la maleta
Una editorial es un proyecto intelectual. Los títulos que edita son una brújula de su tiempo, y su archivo recoge discusiones editoriales de distinto alcance. Es válido preguntar por el destino de ese trozo de memoria colectiva cuando la
El libro que yace inane en un anaquel es munición desperdiciada. Los libros deben mantenerse en constante circulación como el dinero. ¡Prestad y tomad prestado ambas cosas: libros y dinero! Pero especialmente libros, porque los libros representan infinitamente más que el dinero. El libro no sólo es un amigo sino que sirve para hacernos conquistar amigos. El libro enriquece al que se apodera de él con toda el alma, pero enriquece tres veces más al que lo analiza.
Los cuentos de David Constantine destacan por su capacidad de construir pequeños mundos cerrados a partir de escenarios ambiguos y emociones contenidas.
Éric Vuillard o el encanto de reconstruir la Historia desde lo literario
Sin la brillantez alcanzada en ‘El orden del día’, el escritor francés vuelve a hacer uso de una punzante ironía y un gran dominio del lenguaje en ‘La guerra de los pobres’.
Cincuenta años antes, una pasta ardiente había fluido desde Maguncia hasta el resto de Europa, había fluido entre las colinas de cada ciudad, entre las letras de cada nombre, en los canalones, en los recovecos de cada pensamiento, y cada letra, cada pedazo de idea, cada signo de puntuación, había quedado apresado en un trocito de metal. Esos trocitos los habían repartido en un cajón de madera. Las manos habían elegido uno, luego otro, y habían compuesto palabras, líneas, páginas. Los habían mojado con tinta y una fuerza prodigiosa había presionado lentamente las letras sobre el papel. Repitieron la operación decenas y decenas de veces, antes de doblar las hojas en cuatro, en ocho, en dieciséis. Las fueron colocando las unas a continuación de las otras, las pegaron entre sí, las cosieron, las envolvieron en cuero. De ese modo se formó un libro. La Biblia.
A John Wyclif se le había ocurrido una idea, ¡oh!, una pequeña idea, una menudencia, pero que había de causar un gran escándalo. A John Wyclif se le ocurrió la idea de que existe una relación directa entre los hombres y Dios. De esa primera idea se desprende, lógicamente, que todo el mundo puede guiarse por sí solo gracias a las Escrituras. Y de esa segunda idea se desprende una tercera: los prelados han dejado de ser necesarios. Consecuencia: la Biblia debe traducirse al inglés. A Wyclif —que, como puede verse, no andaba corto de ideas— se le ocurrieron, además, dos o tres pensamientos terribles: así, propuso que se designara a los papas por sorteo. Ya puestos a discurrir locuras, declaró que la esclavitud es un pecado. Luego afirmó que el clero debía vivir en lo sucesivo conforme a la pobreza evangélica. Por último, para acabar de hacer la puñeta a la gente, repudió la transubstanciación, pues la consideró una aberración mental. Y, como colofón, concibió su más terrible idea, y propugnó la igualdad entre los hombres.
Sin embargo, la palabra falsa transmitirá entre líneas una chispa de verdad. «¡No son los campesinos quienes se sublevan, sino Dios!», cuentan que dijo Lutero, al principio, en un aterrado grito de admiración. Pero no era Dios. Eran sin duda los campesinos los que se sublevaban. A no ser que llamemos Dios al hambre, la enfermedad, la humillación, la penuria. No se subleva Dios, se sublevan la servidumbre, los feudos, los diezmos, el decreto de manos muertas, el arriendo, la tala, el viático, la recogida de la paja, el derecho de pernada, las narices cortadas, los ojos reventados, los cuerpos quemados, apaleados, atenaceados.
La gente quiere historias, aclaran las cosas, dicen; y cuanto más auténtica es la historia, más gusta. Pero las historias verídicas nadie sabe contarlas. Sin embargo, estamos hechos de historias, nos han criado junto a ellas desde la infancia: «¡Escuchad! ¡Leed! ¡Mirad!», hágase nuestra verdad, que nos toque en lo más vivo, que nos envíe lo más lejos posible mediante imágenes y palabras.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)