Si tuviera que asaltar el banco más protegido de América, en mi banda sólo habría poetas. El atraco concluiría probablemente de forma desastrosa, pero sería hermoso.
Bajó los ojos y luego quiso mirarme pero no pudo. Durante algunos minutos probó a dominar su emoción, pero de pronto me volvió la espalda, puso los codos en la barandilla del muelle y se deshizo en lágrimas.
Hilda Doolittle, más conocida por sus iniciales H.D. (Bethlehem, Pennsylvania, Estados Unidos, 10 de septiembre de 1886–Zúrich, Suiza, 27 de septiembre de 1961) Versión: Isaías Garde Nunca más el v…
No hay vivencia imposible de transmitir. Todo se puede contar. No hay secreto, uno no se puede guardar nada, la exposición es absoluta. El poeta mete todo en la trituradora verbal, queda desnudo. Esa es la intemperie de la poesía. Quedar vacío frente a la palabra. Y además hay una renuncia, una ausencia. Se renuncia a ser una persona real, que trabaja y gana plata y construye algo palpable, y se acepta esa condición algo fantasma, del que no va, falta, se sienta a escribir, entra en la experiencia paralela, redacta, lee, no está presente. ¿Hay algo monacal en eso? ¿Hay un retiro? ¿Se elige realmente esa condición o es una tendencia personal, un vicio melancólico?
2020, el año de la pandemia y del confinamiento, ha sido también el año en el que muchos lectores encontraron el tiempo anhelado para la literatura. De hecho, la crisis sólo ha provocado un descenso de las ventas del 4%. El balance del año incluye así unos cuantos libros, incluidas estas novelas, crónicas y memorias traducidas, incluidas en la selección de lo mejor del año por la sección de Cultura de EL MUNDO.
No podemos crecer sin cortar las raíces. Una persona debe permanecer hasta cierto punto inadaptada para mantenerse sana: escudarse en el grupo para no hacerse cargo de uno mismo es la peor traición que uno puede cometer contra sí mismo.
La decepción está en la vida. O la vives, o te pierdes algo. Hay que vivir sin demasiado temor pero sin esperanza porque las expectativas son el germen de nuestro malestar. Vivir decepcionado no está mal, ¿por qué tenemos que vivir entusiasmados? El entusiasmo colectivo me pone de los nervios.
Escribo más o menos como todo el mundo, creo. Intento escribir con regularidad. Cada día me cuesta arrancar. Si consigo dejar una línea o unas pocas palabras que me ayuden a retomar el hilo, va un poco mejor. A veces el día va bien. A menudo, no. Me he resignado a la certeza de que lo que escriba me decepcionará. Escribo cuando no me apetece, pero no cuando me asquea. Creo que escribo para cierto tipo de persona —no voy a definir exactamente quién, aunque tal vez sea una mujer—, pero no para todo el mundo. Para una mujer inteligente, como dijo Bábel.
Escribo a mano, con un bolígrafo. Luego lo mecanografío con una máquina eléctrica. Podría usar un ordenador portátil, pero me gusta el sonido, ligeramente desacompasado, de las teclas. Tecleo con dos dedos.
De hecho, de algún modo estoy componiendo. Escucho las palabras a medida que las escribo, o las cadenas de palabras. Me gusta volver una y otra vez sobre la cadencia que me conduce a las siguientes frases. A veces escribo un poco acerca de lo que me propongo escribir, unas palabras que abran el camino, y que quizá incluso decida incluir, pero todo está en suspenso.
Lo más importante es la organización, encontrar un orden. Hay muchas cosas, demasiadas, que retener en la cabeza sobre una novela, o incluso un capítulo. No puede haber confusión.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)