Lectura: «Un verdor terrible». Benjamín Labatut

La aventura de la ciencia convertida en literatura. Un libro inclasificable y poderosamente seductor. 

Las narraciones incluidas en este libro singular y fascinante tienen un hilo conductor que las entrelaza: la ciencia, con sus búsquedas, tentativas, experimentos e hipótesis, y los cambios que –para bien y para mal– introduce en el mundo y en nuestra visión de él.

Por estas páginas desfilan descubrimientos reales que forman una larga cadena perturbadora: el primer pigmento sintético moderno, el azul de Prusia, creado en el siglo XVIII gracias a un alquimista que buscaba el Elixir de la Vida mediante crueles experimentos con animales vivos, se convierte en el origen del cianuro de hidrógeno, gas mortal que el químico judío alemán Fritz Haber, padre de la guerra química, empleó para elaborar el pesticida Zyklon, sin saber que los nazis acabarían utilizándolo en los campos de exterminio para asesinar a miembros de su propia familia. También asistimos a las exploraciones matemáticas de Alexander Grothendieck, que le llevaron al delirio místico, el aislamiento social y la locura; a la carta enviada a Einstein por un amigo moribundo desde las trincheras de la Primera Guerra Mundial, con la solución de las ecuaciones de la relatividad y el primer augurio de los agujeros negros; y a la lucha entre los dos fundadores de la mecánica cuántica –Erwin Schrödinger y Werner Heisenberg– que generó el principio de incertidumbre y la famosa respuesta que Einstein le gritó a Niels Bohr: «¡Dios no juega a los dados con el universo!»

Benjamín Labatut

La literatura explora la ciencia, la ciencia se convierte en literatura. Benjamín Labatut ha escrito un libro inclasificable y poderosamente seductor, que habla de descubrimientos fruto del azar, teorías que bordean la locura, búsquedas alquímicas del conocimiento y la exploración de los límites de lo desconocido.

«Labatut penetra el corazón de una realidad que pocos han visto antes que él, y que nadie ha descrito de esta manera. Un libro de terrorífica belleza» (Wolfram Eilenberger, autor de Tiempo de magos).

«El prodigio de los escritos de Benjamín Labatut radica en su capacidad de acceder a dominios de enorme complejidad sin renunciar al rigor, al mismo tiempo en que convierte a estos científicos en personajes de carne y hueso, figuras literarias puras que probablemente sean más verdaderas cuanto más parecen inventadas» (José Mário Silva, Expresso, Portugal).

(Contraportada de la editorial Anagrama)


Textos

Durante un examen médico realizado en los meses previos a los juicios de Núremberg, los doctores notaron que las uñas de las manos y los pies de Hermann Göring estaban teñidas de un rojo furioso. Pensaron –equivocadamente– que el color se debía a su adicción a la dihidrocodeína, un analgésico del que tomaba más de cien pastillas al día. Según William Burroughs, su efecto era similar al de la heroína y al menos dos veces más fuerte que el de la codeína, pero con un filo eléctrico parecido al de la coca, razón por la cual los médicos norteamericanos se vieron obligados a curar a Göring de su dependencia antes de que compareciera ante el tribunal.


Una ola de suicidios arrasó Alemania en los meses finales de la guerra. Solo en abril de 1945, tres mil ochocientas personas se mataron en Berlín. Los habitantes del pequeño pueblo de Demmin, ubicado al norte de la capital, a unas tres horas de distancia, cayeron en un pánico colectivo cuando las tropas alemanas en retirada dinamitaron los puentes que conectaban el pueblo con el resto del país, quedando atrapados por los tres ríos que cercaban aquella península, indefensos ante la crueldad del Ejército Rojo. Cientos de hombres, mujeres y niños se quitaron la vida en tan solo tres días. Familias completas entraron caminando a las aguas del Tollense amarradas con una cuerda alrededor de sus cinturas, como si fuesen a jugar un espantoso tira y afloja, con los niños más pequeños cargando rocas en sus mochilas de colegio. El caos llegó a tal punto que las tropas rusas –que hasta ese momento se habían dedicado a saquear las casas del pueblo, quemar los edificios y violar a las mujeres– recibieron órdenes de contener la epidemia de suicidios;


Bajo el cielo gris de Bruselas, en la mañana del lunes 24 de octubre de 1927, veintinueve físicos atravesaron el pasto escarchado del parque Leopold y se refugiaron en uno de los salones del Instituto de Fisiología, sin sospechar que cinco días después habrían sacudido los cimientos de la ciencia.


El jardinero nocturno había sido matemático, y ahora habla de las matemáticas como los exalcohólicos hablan del alcohol, con una mezcla de anhelo y temor. Me dijo que había tenido el comienzo de una carrera brillante, pero que había renunciado luego de conocer el trabajo de Alexander Grothendieck, un verdadero genio que, en la década de los sesenta, había revolucionado la geometría como no lo había hecho nadie desde Euclides y que luego abjuró de las matemáticas inexplicablemente a los cuarenta años, en el apogeo de su fama internacional, dejando un legado único y desconcertante cuyas ondas de choque continúan sacudiendo todas las ramas de su disciplina, que sin embargo él se negó a discutir, o siquiera a mencionar, hasta el día de su muerte, más de cuatro décadas después.


Mira la mecánica cuántica, por ejemplo, la joya de la corona de nuestra especie, la teoría física más precisa, hermosa y con mayor alcance que hemos inventado. Está detrás de internet, de la supremacía de nuestros teléfonos celulares, y ofrece la promesa de un poder computacional solo comparable a la inteligencia divina. Ha transformado nuestro mundo hasta volverlo irreconocible. Sabemos cómo usarla, funciona por una suerte de milagro, y sin embargo no hay un alma en este planeta, nadie vivo o muerto, que realmente la entienda. La mente no puede lidiar con sus paradojas y contradicciones. Es como si la teoría hubiese caído a la Tierra al igual que un monolito proveniente del espacio, y nosotros sencillamente gateamos a su alrededor como simios, jugando con ella, lanzándole piedras y palos, sin ninguna comprensión verdadera.

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Texto de Samuel Beckett. «A partir de cero…»

Eres un viejo que avanza con paso cansino por una estrecha carretera comarcal. Has salido al amanecer y ahora es el ocaso. El único sonido en el silencio son tus pasos. Mejor dicho, los únicos sonidos, pues de uno para otro varían. Escuchas paso tras paso y los añades mentalmente a la suma en aumento de los anteriores. Te detienes con la cabeza gacha al borde de la cuneta y los conviertes en metros. A razón, ahora, de dos pasos por metro. Tantos para añadir desde el alba a los de ayer. A los del año pasado. A los de años anteriores. Tiempos distintos de hoy y tan parecidos. La suma astronómica en kilómetros. En leguas. Tantas vueltas, ya, a la tierra. Detenida también a tu lado mientras calculas, la sombra de tu padre. Con sus viejos harapos de vagabundo. Por fin, adelante codo con codo, a partir de cero otra vez.

Samuel Beckett

(A través de Isaias Garde)

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LA POESÍA. Pierre Alféri

Poesía es el significante principal de lo indefinible, de lo innombrable.

Podemos suprimir lo poético, el poema y al poeta sin demasiados daños (quizás). Pero con la poesía, en todo lo indeterminado de su sentido y a pesar de toda esa indeterminación, no hay nada que hacer. La poesía está ahí, y está ahí incluso a pesar de que la recusemos, la incriminemos, la detestemos.

Pierre Alféri
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Para ser exactos, Virginia Woolf

Como ya he dicho que era un día de octubre, no me atrevo a perder vuestro respeto y poner en peligro el buen nombre de la literatura cambiando de estación y describiendo las lilas derramadas sobre …

Origen: Para ser exactos, Virginia Woolf – Calle del Orco

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Proceso creativo. Georges Simenon

P.: Me ha enseñado usted los sobres de papel manila que usa cuando empieza sus novelas. Antes de ponerse a escribir, ¿cuánto ha trabajado ya conscientemente para planificar la novela de la que se va a ocupar?

R.: Tal como usted sugiere, tenemos que distinguir entre trabajo consciente e inconsciente. De manera inconsciente, seguramente suelo tener dos o tres… no diré novelas, ni siquiera ideas para novelas, pero sí temas en mente. Ni siquiera me planteo si podrán servir para una novela; para ser más precisos, son las cosas que me preocupan. Dos días antes de ponerme a escribir una novela, adopto de forma consciente una de esas ideas. Pero antes de eso, primero encuentro una atmósfera. Hoy hace un poco de sol aquí. Quizá me acuerdo de tal y cual primavera, por ejemplo en un pueblecito italiano o en algún lugar de la campiña francesa, o en Arizona, no sé. A continuación, poco a poco, empieza a esbozarse un pequeño mundo poblado de unos cuantos personajes. Esos personajes están sacados en parte personas a las que he conocido y en parte de la pura imaginación; son un compuesto de ambas cosas, ya sabe. Y entonces la idea que traía de antes llega y se les agrega. Esos personajes pasan a tener el mismo problema que tenía yo en mente. Y el problema -el de esos personajes- me proporciona la novela.

P.: ¿Y eso pasa sólo un par de días antes?

R.: Sí, sólo un par de días, porque, una vez tengo el principio, ya no puedo soportar llevarlo dentro mucho tiempo; así que al día siguiente saco un sobre, cojo mi listín telefónico para buscar nombres y mi plano de la ciudad para saber exactamente dónde pasan las cosas. Y dos días más tarde me pongo a escribir. El principio siempre es el mismo; es casi un problema geométrico: tengo a este hombre, tengo a esta mujer y tengo este escenario. ¿Qué podría llevarlos al límite? Ésa es la cuestión. A veces es un incidente muy simple, cualquier cosa que les cambie las vidas. Luego escribo la novela capítulo a capítulo.

P.: ¿Qué guarda en el sobre de la planificación? ¿Un esbozo de la acción? 

R.: No, no, cuando empiezo la novela, no sé nada de lo que va a pasar. En el sobre sólo meto los nombres de los personajes, sus edades y sus familias. No sé nada en absoluto de los acontecimientos que van a tener lugar después. Si lo supiera, ya no me resultarían interesantes.

P.: ¿Cuándo empiezan a cobrar forma los incidentes? 

R.: La víspera del primer día sé qué va a pasar en el primer capítulo. Luego, día a día y capítulo tras capítulo, voy averiguando qué viene después. Una vez empezada la novela, escribo un capítulo al día, sin descanso, porque es importante seguir el ritmo. Si, por ejemplo, me paso cuarenta y ocho horas enfermo, tengo que tirar a la basura los capítulos que llevo escritos. Y ya nunca vuelvo a esa novela.

P.: Cuando escribía usted narrativa comercial, ¿seguía un método parecido? 

R.: No, en absoluto. Cuando escribía una novela comercial no pensaba en ella más que durante las horas que dedicaba a escribirla. Ahora, en cambio, cuando escribo una novela no veo a nadie ni hablo con nadie, no atiendo el teléfono… Vivo como un monje. Soy uno de mis personajes todo el día: siento lo que él siente.

Georges Simenon

(De las entrevistas en The Paris Review)

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Cuaderno de poemas. «Para iniciar el combate». Charles. Bukowski

llamaron a Céline nazi,
a Pound fascista,
a Hamsum nazi,
pusieron a Dostoievski ante un pelotón
de fusilamiento
y sabes que le dispararon a Lorca
y a Hemingway le dieron terapia de electroshocks
y terminó su vida disparándose a sí mismo
y a Villon lo echaron del pueblo (París)
y Maiakovski,
desilusionado con el régimen
y después de pelear con su amante,
bueno
se dio un tiro en el pecho.
Chatterton, tomó veneno para ratas
y funcionó.
Y dicen que Malcolm Lowry, murió
ahogado en su propio vómito
mientras estaba borracho.
Crane, se fue por el camino de las hélices
de un barco o de los tiburones.
El sol de Harry Crosby era negro.
Berryman, prefirió el puente.
Plath, no encendió el horno.
Pascal, cortó sus muñecas en el
baño (es mejor de esa manera:
en agua tibia).
Thomas y Behan, bebieron hasta morir.
Hay muchos otros
¿y quieres ser
un escritor?
es de ese tipo de guerra:
sabes:
la creación mata,
muchos enloquecen,
algunos pierden el camino y
ya no pueden hacerlo
nunca más.
pocos llegan a la vejez.
pocos hacen dinero.
otros mueren de hambre (como Vallejo).
es ese tipo de guerra:
hay pérdidas en todas partes.
De acuerdo, adelante
pero cuando te saquen arena (como a un saco de boxeo)
de tu punto ciego
no vengas a mí con tus
problemas.
Ahora voy a fumar un cigarro
en la bañera
y luego me voy a dormir.
Escribí esto anoche
en la mesa de la cocina
mientras escucho
Música para los reales juegos artificiales
De Haendel.
Ahora me voy a fumar un cigarro
en la tina de baño
y luego me voy
a dormir.

Charles. Bukowski

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Ventana a YouTube. Closing Time. Leonard Cohen

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Andrés Trapiello funda una editorial familiar para sus diarios

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Álbum de librerías incompleto. 173

El Bauman Rare Books, Nueva York

Bar Librería The Wellesbourne, en los Angeles
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Reflexiones. Saramago

Como cualquier otro lector, o escritor, me busco a mí mismo. Busco encontrarme en páginas, en ideas, en reflexiones, reconocer que somos algo más que esto que se presenta como «realidad», ése sigue siendo el mayor deslumbramiento.

Saramago

José Saramago

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