
Adivinarás el resto
Los cuentos de David Constantine destacan por su capacidad de construir pequeños mundos cerrados a partir de escenarios ambiguos y emociones contenidas.
Sin la brillantez alcanzada en ‘El orden del día’, el escritor francés vuelve a hacer uso de una punzante ironía y un gran dominio del lenguaje en ‘La guerra de los pobres’.
Origen: Éric Vuillard o el encanto de reconstruir la Historia desde lo literario | Letras Libres
Textos
Cincuenta años antes, una pasta ardiente había fluido desde Maguncia hasta el resto de Europa, había fluido entre las colinas de cada ciudad, entre las letras de cada nombre, en los canalones, en los recovecos de cada pensamiento, y cada letra, cada pedazo de idea, cada signo de puntuación, había quedado apresado en un trocito de metal. Esos trocitos los habían repartido en un cajón de madera. Las manos habían elegido uno, luego otro, y habían compuesto palabras, líneas, páginas. Los habían mojado con tinta y una fuerza prodigiosa había presionado lentamente las letras sobre el papel. Repitieron la operación decenas y decenas de veces, antes de doblar las hojas en cuatro, en ocho, en dieciséis. Las fueron colocando las unas a continuación de las otras, las pegaron entre sí, las cosieron, las envolvieron en cuero. De ese modo se formó un libro. La Biblia.
A John Wyclif se le había ocurrido una idea, ¡oh!, una pequeña idea, una menudencia, pero que había de causar un gran escándalo. A John Wyclif se le ocurrió la idea de que existe una relación directa entre los hombres y Dios. De esa primera idea se desprende, lógicamente, que todo el mundo puede guiarse por sí solo gracias a las Escrituras. Y de esa segunda idea se desprende una tercera: los prelados han dejado de ser necesarios. Consecuencia: la Biblia debe traducirse al inglés. A Wyclif —que, como puede verse, no andaba corto de ideas— se le ocurrieron, además, dos o tres pensamientos terribles: así, propuso que se designara a los papas por sorteo. Ya puestos a discurrir locuras, declaró que la esclavitud es un pecado. Luego afirmó que el clero debía vivir en lo sucesivo conforme a la pobreza evangélica. Por último, para acabar de hacer la puñeta a la gente, repudió la transubstanciación, pues la consideró una aberración mental. Y, como colofón, concibió su más terrible idea, y propugnó la igualdad entre los hombres.
Sin embargo, la palabra falsa transmitirá entre líneas una chispa de verdad. «¡No son los campesinos quienes se sublevan, sino Dios!», cuentan que dijo Lutero, al principio, en un aterrado grito de admiración. Pero no era Dios. Eran sin duda los campesinos los que se sublevaban. A no ser que llamemos Dios al hambre, la enfermedad, la humillación, la penuria. No se subleva Dios, se sublevan la servidumbre, los feudos, los diezmos, el decreto de manos muertas, el arriendo, la tala, el viático, la recogida de la paja, el derecho de pernada, las narices cortadas, los ojos reventados, los cuerpos quemados, apaleados, atenaceados.
La gente quiere historias, aclaran las cosas, dicen; y cuanto más auténtica es la historia, más gusta. Pero las historias verídicas nadie sabe contarlas. Sin embargo, estamos hechos de historias, nos han criado junto a ellas desde la infancia: «¡Escuchad! ¡Leed! ¡Mirad!», hágase nuestra verdad, que nos toque en lo más vivo, que nos envíe lo más lejos posible mediante imágenes y palabras.

Amor
Mi alma era un vestido azul pálido del color del cielo;
lo dejé sobre una roca, a la orilla del mar,
y desnuda me acerqué a ti y parecía una mujer.
Y como mujer me senté a tu mesa
y brindé con una copa de vino y aspiré el aroma de unas rosas.
Me encontraste hermosa y parecida a alguien que habías visto en sueños,
olvidé todo, olvidé mi infancia y mi patria,
sólo sabía que tus caricias me tenían cautiva.
Y tú, sonriendo, cogiste un espejo y me pediste que me mirase.
Vi que mis hombros estaban hechos de polvo y se desmoronaban,
vi que mi belleza estaba enferma y no tenía otro deseo que —desaparecer.
Oh, abrázame, abrázame con tal fuerza que no necesite nada más.
La luna
Qué maravilloso es todo lo muerto
y qué indescriptible:
una hoja muerta y un hombre muerto
y el disco de la luna.
Y todas las flores saben un secreto
y el bosque lo guarda,
y es que la órbita de la luna en torno a la tierra
es la ruta de la muerte.
Y la luna teje su maravillosa tela,
la que aman las flores,
y la luna teje su fantástica red
en torno a todo lo viviente.
Y la hoz de la luna siega flores
en las noches de finales de otoño,
y todas las flores esperan el beso de la luna
con infinito anhelo.

Cuando hablo de poesía no estoy pensándola como un género artístico. La poesía es una conciencia del mundo, un modo de relacionarse con la realidad, de modo que de la poesía devenga una filosofía que oriente la vida.

Andrei Tarkovski
Un pintor comercial pinta las cosas planas, puedes pasarles el dedo por encima. Pero un pintor… una manzana de Cézanne, por ejemplo, tiene peso. Y tiene zumo; lo tiene todo, con sólo tres pinceladas. Así que yo intentaba dar a mis palabras el mismo peso que una pincelada de Cézanne le daba a una manzana. Por eso la mayor parte del tiempo uso palabras concretas. Intento evitar las palabras abstractas, o las palabras poéticas, ya sabe, como crepúsculo, por ejemplo. Es muy bonita pero no aporta nada, ¿sabe? Se trata de evitar toda pincelada que no aporte algo a esa tercera dimensión. En este sentido, creo que lo que los críticos llaman mi «atmósfera» no es más que el impresionismo del pintor adaptado a la literatura. Mi infancia coincidió con la época de los impresionistas, y de muchacho no paraba de ir a museos y exposiciones. Eso me transmitió una especie de sentido del impresionismo que me acompaña a todas partes.

Quisiera estar en casa
entre mis libros
mi aire mis paredes mis ventanas
mis alfombras raídas
mis cortinas caducas
comer en la mesita de bronce
oír mi radio
dormir entre mis sábanas.
Quisiera estar dormida entre la tierra
no dormida
estar muerta y sin palabras
no estar muerta
no estar
eso quisiera
más que llegar a casa.
Más que llegar a casa
y ver mi lámpara
y mi cama y mi silla y mi ropero
con olor a mi ropa
y dormir bajo el peso conocido
de mis viejas frazadas.
Más que llegar a casa un día de estos
y dormir en mi cama.
Idea Vilariño
En Dinamarca, hay bibliotecas donde se puede pedir prestada a una persona en lugar de un libro para escuchar la historia de su vida durante 30 minutos […]
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