Daniel está sumido en lo que llaman «fase de sueño prolongado». Siempre que Elisabeth lo visita, el empleado que en ese momento se encuentra de servicio le dice que es el estado que experimentan las personas que están a punto de morir. Daniel es precioso. Parece diminuto en la cama, como si solo fuese una cabeza. Ahora es pequeño y frágil, delgado como la caricatura de una raspa de sardina devorada por la caricatura de un gato, el cuerpo tan consumido que apenas se distingue en la colcha. Es solo una cabeza suelta en la almohada; una cabeza con una cueva, y esa cueva es la boca. Los ojos cerrados le lagrimean. Una larga pausa separa cada inspiración de cada espiración. Durante esa larga pausa no respira, por lo que después de la espiración cabe la posibilidad de que no vuelva a inspirar. Parece imposible que alguien pueda pasar tanto tiempo sin respirar y, sin embargo, siga vivo y respirando. Ha vivido sus buenos años, dicen los auxiliares de enfermería. Ha disfrutado de una larga vida, dicen los auxiliares de enfermería, como insinuando que ya no se alargará más. ¿De veras? No conocen a Daniel. ¿Es usted pariente? Porque no hemos conseguido localizar a ningún familiar del señor Gluck, le había dicho la recepcionista la primera vez que Elisabeth fue a la residencia. Elisabeth mintió sin más. Les dio su número de móvil, y también el teléfono fijo y la dirección de su madre. Necesitamos un documento de identidad, había dicho la recepcionista. Elisabeth le había mostrado su pasaporte. Este pasaporte ha caducado, había dicho la recepcionista. Sí, pero hace solo un mes. Voy a renovarlo. Se ve claramente que soy yo.
Si era realmente muy viejo, el vecino, no se parecía en nada a las personas viejas que salían por la tele, que siempre parecían atrapadas dentro de una máscara de goma que no les cubría solo la cara, sino que iba de la cabeza a los pies, y si la rasgabas o la rompías era como si surgiera de su interior una persona joven, intacta y prístina, que salía de la vieja piel falsa como un plátano al que le quitas la cáscara. Sin embargo, cuando estaban atrapadas dentro de esa piel, los ojos de las personas, al menos de las que salían en las películas y las series, parecían desesperados, como si intentaran transmitir con la mirada, sin revelarlo directamente, que su yo viejo y vacío las había apresado en su interior por algún motivo siniestro, como esas avispas que ponen huevos dentro de otros insectos para que sus larvas los devoren al nacer. Salvo que en este caso era al revés, el yo viejo se alimentaba del yo joven. Lo único que quedaba de la versión joven eran los ojos, suplicantes, atrapados detrás de las cuencas.
Vivimos en una época en que los escritores carecen de barreras a su alrededor y pueden presentar a los personajes como se les antoje. Puedes escribir un bonito relato sobre los primeros diez meses de una pareja de amantes, como se hacía en la literatura de antaño. Puedes optar por contar también cuando empiezan a aburrirse, eso era lo que hacían a finales del siglo pasado. Pero cabe ir todavía más allá: el hombre tiene cincuenta años y trata de tener otra vida, la mujer se pone celosa y hay hijos de por medio. Ahora estamos en este tercer relato. No nos detenemos cuando se casan, no nos detenemos cuando empiezan a aburrirse, vamos hasta el final.
Si tuviera que asaltar el banco más protegido de América, en mi banda sólo habría poetas. El atraco concluiría probablemente de forma desastrosa, pero sería hermoso.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)