La grandeza antropológica y anacrónica de la amistad, Jordi Llovet

Además, que el dinero haya alcanzado un lugar tan señalado en las relaciones interpersonales también ha derivado en formas de amistad en las que el intercambio entre dos personas no se practica con…

Origen: La grandeza antropológica y anacrónica de la amistad, Jordi Llovet – Calle del Orco

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Permanencia de la literatura. Isaac Bashevis Singer


La literatura sólo desaparecerá si no hay buenos escritores. Pero mientras haya personas con capacidad para narrar una historia en condiciones, habrá lectores. No creo que la naturaleza humana vaya a cambiar tanto que la gente deje de estar interesada en una obra de la imaginación. Los hechos reales siempre son interesantes, qué duda cabe. Hoy en día, la llamada no-ficción ocupa un lugar importante, oír historias sobre qué ocurrió realmente en un suceso determinado. Si el hombre llega a la luna, los periodistas nos lo contarán, o harán películas sobre lo que ocurra allí, y todo eso será más interesante que cualquier cosa que pueda producir un autor de ficción. Pero siempre habrá un lugar para los buenos autores de ficción. No hay una máquina ni un tipo de periodismo o un típo de película capaz de hacer lo que hicieron Tolstối, Dostoievski o Gógol. Es cierto que la poesía ha sufrido un golpe muy duro en nuestro tiempo, pero no por la televisión u otras cosas, sino porque la poesía actual es mala. Si lo que vamos a tener son grandes cantidades de novelas malas, y malos novelistas imitándose unos a otros, lo que escriban no sólo no será interesante, sino que nadie lo entenderá. Eso, naturalmente, podría acabar con la novela, al menos temporalmente. Pero no creo que la literatura-la buena literatura- tenga nada que temer de la tecnología. Al contrario, cuanta más tecnología haya, mayor será el interés por aquello que es capaz de producir la mente humana sin ayuda de la electrónica.

Isaac Bashevis Singer


(Entrevista con Isaac Bashevis Singer (“The Paris Review”. 1953-1983))

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Cuaderno e poemas. «Sin ti». Marta Sanz

SIN TI

Quizá porque eres viento
y acaricias mi ser mientras que pasas;
quizá porque eres mar y me rodeas
sin poder abarcarte;
tal vez porque eres nieve
y siempre te deshaces en mis manos.
Quizá por todo esto yo no sepa
dónde estás de verdad, por qué me quedo
sin ti, cuando te tengo en todas partes.

Marta Sanz
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Ventana a YouTube. U2 – Where the Streets Have No Name Concert Mash-up

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Archivo fotográfico, 2

Albert Camus con su amigo y editor Michel Gallimard.
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Álbum de librerías incompleto 286

Librería «Books End», Siracusa, Nueva York

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Martín Caparrós, en busca de maneras de contar

Antes que nada (Random House), de Martín Caparrós, son muchos libros en uno, además de un diario de la vivencia de una enfermedad terminal.

Origen: Martín Caparrós, en busca de maneras de contar – Zenda

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Josefina Aldecoa

Cuando murió Ignacio yo aparté de mi vida todo proyecto literario. Sólo permanecí fiel a la lectura, alimento imprescindible para seguir viviendo. La pasión que nos unía a Ignacio y a mí tenía profundas raíces en la literatura. La literatura fue desde el principio nuestro lazo de unión. Comentar lecturas, bosquejar proyectos de escritura, discutir, pedir crítica y consejo sobre lo escrito, y luego rechazarlo ambos.
Imaginábamos una vida pletórica de viajes. Para luego retirarnos definitivamente a un lugar donde se pudiera vivir y escribir. Leer y charlar. Nadar, tomar el sol. Y contemplar los ocasos en el porche de una casa sobre el mar. Como los contemplábamos desde la terraza de Los Albares, con la primera copa de la tarde en la mano. El lugar era Ibiza, donde habíamos comprado un terreno en Cala Carbó, al oeste de la isla, una cala maravillosa, entonces virginal.
Ese futuro se esfumó y años después yo vendí, a un alemán, el terreno de Cala Carbó.
La literatura es un trabajo solitario. Para conseguir la concentración total que exige la escritura es indispensable sumergirse en la soledad. Por eso me parecía imposible volver a escribir. En soledad hay que afrontar la verdad, toda la verdad. Detenerse a reflexionar, a recordar, a imaginar.
Por el contrario, la educación es un trabajo en equipo, se desarrolla en contacto con otras personas: niños, profesores, padres. La educación me obligaba a salir de casa, a ver gente, a escuchar sus problemas y tratar de ayudarles a resolverlos. Me daba también la oportunidad de comprobar que nadie es feliz del todo ni del todo desgraciado. Que la vida está hecha de luces y sombras, de calor y frío.
El colegio fue mi tabla de salvación. Me aferré a él con la instintiva tenacidad del náufrago. La década de los setenta fue una década de consolidación de la supervivencia.
El verano de 1971 decidimos trasladarnos al norte. Los Camus tenían una casa familiar cerca de Comillas y nos animaron a alquilar algo en la hermosa villa sobre el mar de Cantabria. Nos pareció una buena idea y sobre todo nos tentó la proximidad de unos amigos queridos. Mónica y Teresa, de la famosa fonda La Colasa, nos alquilaron un piso en su misma calle. Fue un verano triste pero reconfortante. El cielo gris, la lluvia que abundó aquel verano, ejercían sobre mí un efecto deprimente, pero en todo momento estuve acompañada por la familia Camus. Y me alegró comprobar que Susana salía con un grupo de chicos de su edad, gracias a Isaac, un sobrino de Mario, hijo de su hermana mayor.
Yo había olvidado el paisaje del norte de España. Las primeras experiencias del mar en Asturias, los cursos de verano en Santander, en Las Llamas, durante la etapa universitaria. O las breves visitas a Zarauz, donde veraneaba Teresa, la hermana de Ignacio, y donde dejábamos a Susana con sus primos durante unos días, para regresar a Vitoria y estar con los padres de Ignacio y con sus amigos de juventud.

«En la distancia».

Josefina Aldecoa,

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Historias de la Literatura. León Tolstói

La letra de León Tolstói era indescifrable, lo que le generó más de un dolor de cabeza a sus editores.

Fue su esposa, Sofía Behrs, la encargada de interpretarla y reescribir la mayoría de sus obras.
En más de una ocasión, se debió de valer de una lupa para entender las anotaciones escritas en los márgenes de cada página.

Sofía se casó con Tolstói cuando tenía 18 años y su matrimonio duró 48 años. Tuvo 13 hijos de los que sólo 8 llegaron a la edad adulta.

Fue escritora, copista y promotora de la obra de Tolstoi y una de las primeras fotógrafas de su época.
A ella le debemos también gran parte de la fotografías que conocemos del gran escritor ruso.

León Tolstóy y su mujer

(A través de Historias de la Literatura)

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Lectura: ‘El barman del Ritz’, de Philippe Collin

El escritor Philippe Collin, en París el 13 de marzo.LOUISA BEN

‘El barman del Ritz’, la novela sobre el coctelero testigo de la ocupación nazi de París | Cultura | EL PAÍS

El historiador Philippe Collin reconstruye las vivencias de Frank Meier, que vio desfilar por la barra del hotel a los protagonistas de una de las etapas más convulsas de Francia

Origen: ‘El barman del Ritz’, la novela sobre el coctelero testigo de la ocupación nazi de París | Cultura | EL PAÍS


Textos

A lo largo de la travesía, con el balanceo, recuperé la emoción de la libertad. Sentirme realizado, llegar a ser yo mismo, parecía aún inalcanzable, pero sabía que mi vida de adulto empezaba al mismo tiempo que el nuevo siglo y se presagiaba lucrativa, emancipada, gozosa. Nadie podía tener en cuenta, en aquel momento, que vendrían dos guerras y millones de muertos. Y, sin embargo, yo tendría que haber sentido esa violencia agazapada en la sombra y que estaba en el ambiente. En medio del mar, subía de vez en cuando al puente con mis camaradas de Odesa para tratar de conseguir algo de comer. Con un poco de suerte, los pasajeros ricos de los puentes superiores nos echaban comida y luego la llevábamos vorazmente a nuestro pañol, en la bodega. Los ricachones nos miraban con asco, para ellos éramos animales hambrientos.


Blanca. La más audaz de todas. La primera vez que Meier puso los ojos en ella fue en el Ritz, en la Galería de las Maravillas, un día de 1925. Para él fue como una aparición. Su contrario, su doble. Tan bella y arrogante que le hizo sentirse un don nadie. Tan llamativa era ella como discreto prefería ser él. Y en el fondo, ambos son vulnerables. El director ya le había enseñado una fotografía de su mujer, pero ninguna imagen habría sabido hacer justicia de la delicadeza de sus ademanes: los hombros hacia atrás, la cabeza alta y unas piernas largas como una tarde estival. Pelo azabache, rostro empolvado ligeramente de rosa, labios encantadores y una liviandad en las facciones que neutralizaba una mirada tenebrosa. Una princesa en el exilio.


–¿Sabe lo que siempre pensó? Que su bar es como el vientre de una madre, aquí nos sentimos protegidos de los ataques de la vida exterior. Sus cócteles son como un hechizo. Nos quitan las penas. Son los únicos que tienen ese poder. Frank siente cómo su pasión por Blanche invade todo su ser. Está atrapado por esta mujer. Tiene la tentación de revelarlo todo: que también él es judío y que tiene miedo, por él, por ella y por Luciano.


En esta guerra que ahora llaman paz, Frank Meier se siente sacudido entre dos mundos que coexisten y nunca se cruzan: el mundo de dentro, el del Ritz, con su fastuosidad, su confort y su rapacidad, y el mundo de fuera, el del hambre, el frío y la humillación. Frank no llega a hacerse idea de la situación. Es más, se niega a ello. Se aferra a la leve esperanza de que Pétain tal vez pueda todavía invertir la tendencia, devolver a los franceses la existencia digna y decente de la que los han privado desde hace meses. Ayer, en el jardín de las Tullerías, vio a un viejo hambriento tratar de atrapar inútilmente a una paloma infeliz con una roja.


–Se llama Joachim Ruderman, tiene setenta y tres años. Vive solo y daría lo que fuera por reunirse con su hermana pequeña, que emigró a Chicago hace quince años. Nunca ha salido de Europa. Pero esta vez siente el odio al judío señalado por todas partes, abandonado en la naturaleza como una bestia salvaje. Presente una catástrofe y querría morir en paz. El señor Ruderman me ha contado que hay un fugitivo de Zboriv, ​​un campesino, oculto en su edificio desde hace diez días. Una noche, todos los inquilinos se reunieron en el salón de los Ackermann en torno al campesino ucraniano y este les describió con todo detalle el horror que ha vivido este verano. Los alemanes entraron en su ciudad el 2 de julio; tres días más tarde, ya habían masacrado a todos los judíos de Zboriv. Las SS los obligaron primero a cavar sus propias tumbas, luego los fusilaron uno por uno tras ordenarles que se echaran en las fosas alternando pies contra cabeza. Seiscientas personas por lo menos. Nadie gritó ni suplicó: sabía que no escaparían de la muerte. El campesino dijo que fue reclutado por las SS para escoltar a los judíos hasta las fosas desde las que se oyeron durante horas los estertores de los agonizantes bajo la masa de cuerpos embarullados. Vio cómo un niño de seis años reptaba a cuatro patas por encima de los cadáveres para llegar al de su madre; se puso a sollozar hasta que un asistente de las SS en mangas de camisa, con una botella de Schnapps en la mano, le pegó un tiro en la cabeza seguido de los aplausos y vítores del pelotón de ejecución.


Así que era verdad. El general Von Stülpnagel y los demás habían previsto asesinar a Hitler y el bar del Ritz era el lugar de reunión de los conjurados. Inga Haag ha venido hace un rato para contárselo todo, desde lo de las notas intercambiadas estos últimos meses hasta lo de los poemas incomprensibles, y prevenirlo de que no acepte ya ningún sobre, bajo ningún pretexto. Stülpnagel teme haber sido descubierto y cualquier cruce de notas podría ser ahora una trampa tendida por la Gestapo.

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