Yo, personalmente, estoy demasiado ocupado como para preocuparme de los lectores. No tengo tiempo para pararme a pensar quién me estará leyendo. No me interesa la opinión del fulano de turno sobre mi trabajo o el de cualquier otro. Lo que tengo que hacer es alcanzar el nivel que yo mismo me exijo, llegar a un punto en que el trabajo me proporcione el mismo placer que leer La tentación de San Antonio o el Antiguo Testamento, libros que me hacen sentirme bien.
Detalle de la ilustración del libro ‘El pensamiento conspiranoico’, de Noel Ceballos. /WMagazín
La diversidad de los sellos independientes vive un buen momento. WMagazín, en esta primera entrega, ha elegido 12 libros recientes para adentrarse en la bibliografía de Altamarea, Arpa, Automática, Elba, Gallo Nero, Hermida, La Huerta Grande, Olañeta, Punto de Vista, Sloper, Tres puntos y Wunderkammer
De los libros no premiados en 2021, a mí me han gustado dos especialmente. ‘Miss Marte’ (Alfaguara), de Manuel Jabois, y ‘Yo, mentira’ (Tránsito), de Silvia Hidalgo
Como siga a este ritmo, se me va a secar el cerebro. Tengo que encontrar la manera de salir del laberinto mental de la novela, se me están ajando las ideas de tanto darles vueltas. Dicen que el verde nos animaliza, que desconecta el cerebro abstracto.
Él continúa embalado por mi silencio: que no quiera llenar con un hijo el vacío que me ha dejado el trabajo. Que no me equivoque, dice: ¡que no me equivoque! Pero su voz me llega amortiguada, como si yo estuviera debajo del agua aguantando la respiración y él me abroncara desde la ribera. Lo que me impide oír son las palpitaciones desbocadas de la rabia. La pulsión violenta ensordece.
La cola del paro avanza a paso religioso, y todos los que vamos a comulgar miramos el suelo, concentrados en nuestros pecados, esperando que nos den la hostia para que se nos derrita en la boca y podamos vivir en paz otro mes.
No le he hablado de los higos ni de la novela, tampoco de la bufanda ni del Cubano. Solo de ti. De cuando te conocí, de las zapatillas deportivas rojas que me daban risa, de la cicatriz en el dedo meñique, de la mano muerta que sostuve, de los preciosos dibujos que hacías, del piso pequeño y ordenado donde vivíamos nuestra vida pequeña y ordenada, de los hijos que queríamos y que no vinieron, de tu madre de una pulcritud francesa que me hacía sentir insignificante y grosera, de cuando fuimos a Finlandia aquel invierno hace tantos años y te rompiste el peroné, de tu crema delirante de patatas, trufa y huevo escalfado, de la vida en pareja como un tren que recorre el mismo trayecto una y otra vez, al final ya sin conductor, del último día que hicimos el amor, del sexo que a veces era triste y a veces efervescente, de cómo me agarrabas por la cintura cuando íbamos por la calle y nos obligábamos a acompasarnos para que las caderas no chocasen, de Carlos, que siempre andaba por casa y que ahora me llama y me deja mensajes y yo, miserable de mí, lo evito, de la urna que me dice cosas, de que no sé qué hacer con ella, de todos los recuerdos, que no sé si es mejor borrarlos o revolcarse en ellos, porque no hay término medio.
—Hace unos años se murió un buen amigo mío. Vive en un rinconcito de mi cabeza, siempre me acompaña, pero no pienso mucho en él. Es una sombra que llevo conmigo, pero en la que raras veces me fijo. Pero acostumbrarse a vivir con una sombra lleva su tiempo.
Cojo impulso y lanzo la piedra con fuerza. Me va la vida en ello. Si llega más allá del charco de la curva, si supera aquel pino del fondo, si va tan lejos que ni oyes cómo cae, si pones la piedra en órbita, si destrozas el cristal de tu infancia, si consigues que rebote quince veces sobre la superficie del recuerdo de Guim, si la lanzas tan fuerte que la velocidad la hace añicos, si alcanzas el ojo del tiempo y lo dejas ciego, todo será posible. Una apuesta conmigo misma.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)