Del retrato de su madre de Arundhati Roy a la nueva novela de Juan Tallón o el regreso de Astérix por Tutatis y el recorrido por el siglo XX que Richard Flanagan escribió cuando pensaba que iba a morir. Una selección de los títulos que llegaran a las librerías este mes de octubre
No estoy seguro de que yo exista, Soy todos los escritores que he leído, todas las personas que he conocido, todas las mujeres que he amado; todas las ciudades que he visitado.
Jorge Luis Borges
Soy todos los lugares que en mi vida he amado. Soy todo, pero nada es mío.
Silvina Ocampo
La belleza para poder ser apreciada necesita una cierta proporción mínima de silencio.
Milan Kundera
La poesía es una música atravesada por la filosofía o viceversa
El verdadero inspirado nunca está inspirado, lo está siempre. Raymond Queneau No esperar de los acontecimientos de mi vida real —la compra de una vieja casa y su restauración, una enfermedad, etc.—…
Soy sobre todo lector y todo lo que he escrito tiene que ver más con mis lecturas y menos con mis experiencias personales. Para mí, leer es entrar en un mundo de horizontes casi diría que infinitos. Y donde hay figuras dramáticas y situaciones y épocas que son mucho más interesantes que mi propio contexto. Quien no lee está limitado a sus circunstancias más próximas: los vecinos, la tele, los juegos. Para mí, la lectura es como un campo de correrías. Siempre he leído y he escrito lo que me ha gustado. Seguramente por eso soy mal ejemplo para filólogos. Decía Martín de Riquer en una entrevista, aunque no es del todo exacto: “Yo no he trabajado nunca. Todo lo he hecho por placer”. Yo creo que no es incompatible lo uno con lo otro, pero a mí me pasa lo mismo: todo lo he hecho por placer. Cuando llegue al más allá no haré reclamaciones.
Sobre excremento de rebaños, subo y me acuesto bajo los robles musicales. Cruzan palomas entre mi cuerpo y el crepúsculo, cesa el viento y las sombras son húmedas. Hierba de soledad, palomas negras: he llegado por fin; éste no es mi lugar, pero he llegado.
** Alguien ha entrado en la memoria blanca, en la inmovilidad del corazón. Veo una luz debajo de la niebla y la dulzura del error me hace cerrar los ojos. Es la ebriedad de la melancolía; como acercar el rostro a una rosa enferma, indecisa entre el perfume y la muerte.
El polaco es una novela de amor. El polaco es, también, la decimoctava novela de J. M. Coetzee, escritor sudafricano al que le concedieron el Nobel hace veinte años por sus obras de ficción. El polaco es una novela de amor narrada…
1. La mujer es la primera en causarle problemas, seguida pronto por el hombre.
2. Al principio tiene una idea perfectamente clara de quién es la mujer. Es alta y grácil; según los estándares convencionales, acaso no sea calificable como una belleza, pero sus rasgos —cabello y ojos oscuros, pómulos marcados, boca prominente— son llamativos y su voz, en leve contralto, tiene un suave poder de atracción. ¿Sexy? No, no es sexy, y sin dudas no es seductora. Es posible que haya sido sexy cuando era joven —¿cómo no haberlo sido con semejante figura?— pero ahora, con sus cuarenta y tantos, practica un cierto aire de lejanía.
3. El hombre es más problemático. En la idea, como queda dicho, resulta perfectamente claro. Es polaco, ronda los setenta, unos setentas vigorosos, es un pianista conocido como intérprete de Chopin, pero un intérprete controvertido: su Chopin no es nada romántico sino, por el contrario, austero, un Chopin heredero de Bach. En este sentido es una rareza en el ambiente de los conciertos, rareza suficiente para atraer a un público pequeño pero entendido en Barcelona, la ciudad a la que ha sido invitado, la ciudad en la que conocerá a esa mujer grácil, de hablar suave.
Además de su esposo, no tiene gran experiencia con hombres. Pero durante los años ha oído numerosas confesiones y confidencias de amigas. También ha observado con mirada objetiva cómo se comportan los hombres de su clase. Y ha salido de esa exploración con poco respeto por los hombres y sus apetitos, sin deseo de que una ola de pasión masculina caiga sobre ella.
¿Por qué está con él? ¿Por qué lo ha traído hasta aquí? ¿Qué es lo que le resulta grato de él, si es que algo le resulta grato? Hay una respuesta: que él disfrute de estar con ella de una forma tan transparente. Cuando ella entra en una habitación la expresión de él, por lo general tan adusta, se ilumina. En la mirada que la baña hay una porción de deseo masculino, pero a fin de cuentas es una mirada de admiración, de deslumbramiento, como si él no pudiera creer en su propia suerte. A ella le da placer ofrecerse a esa mirada.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)