Nada hay más fácil que escribir de modo que nadie lo entienda, como, a la inversa, nada es más difícil que exponer idea importantes de modo que todo el mundo las pueda comprender. Lo muy abstruso e…
[…] una de las razones por las que quise hacer reportajes fue precisamente para demostrar que podía aplicar mi estilo a las realidades del periodismo. Y creo que en mi método de ficción se observa el mismo desapego. La emoción me hace perder el control del relato: tengo que agotar la emoción antes de sentir que he logrado una mirada suficientemente clínica como para diseccionarla y proyectarla; en lo que a mí respecta, esa es una de las leyes para lograr una auténtica técnica. Si mi ficción parece más personal es porque depende de la dimensión más personal y reveladora del artista: su imaginación.
Truman Capote
(Entrevista con Truman Capote (“The Paris Review”. 1953-1983))
Moriré mortal, es decir habiendo pasado por este mundo sin romperlo ni mancharlo. No inventé ningún vicio, pero gocé de todas las virtudes: arrendé mi alma a la hipocresía: he traficado con las palabras, con los gestos, con el silencio; cedí a la mentira: he esperado la esperanza, he amado el amor, y hasta algún día pronuncié la palabra Patria; acepté el engaño: he sido madre, ciudadana, hija de familia, amiga, compañera, amante. Creí en la verdad: dos y dos son cuatro, María Mercedes debe nacer, crecer, reproducirse y morir y en esas estoy. Soy un dechado del siglo XX. Y cuando el miedo llega me voy a ver televisión para dialogar con mis mentiras.
El poeta publica su libro más hondo y filosófico, ‘Un mentido color’, donde la identidad es la cuestión principal sobre la que gira esta suerte de caleidoscopio vital
Si leo un libro y hace que mi cuerpo entero se sienta tan frío que no hay fuego que lo pueda calentar, sé que eso es poesía. Si físicamente me siento como si me levantasen la tapa de los sesos, sé que eso es poesía. Esta es la única manera que tengo de saberlo. ¿Hay alguna otra?
Me parece triste que tanto la crítica como el lector tiendan –muchas veces sin darse clara cuenta- a jerarquizar la literatura a base de parámetros exclusivamente modernos, y a establecer sus opciones por motivos que en el fondo tocan más a la ética que a la estética. Como ejemplo deliberadamente exagerado, nadie duda de que un Dostoievski nos propone un mundo harto más complejo y trascendental que un Dickens, pero el error empieza cuando una lectura de Dickens puede malograrse total o parcialmente por el peso que ejerza en la memoria cultural la lectura del novelista ruso. Es un hecho que la búsqueda de verdad y profundidad en la novela moderna parece alejarnos cada vez más del puro placer narrativo; casi nada se cuenta hoy por el encanto de contarlo, pero tal vez por eso cuando en nuestros días surge nuevamente un gran narrador, hay como un inconsciente reconocimiento agradecido de ese arte esencialmente hedónico, y libros como ‘Cien años de soledad’ encuentran millones de lectores apasionados, exactamente como los encontraron Charles Dickens y Alejandro Dumas en su tiempo […]. ¿Cuántas veces me habrán reprochado que en vez de insistir en los aspectos más dramáticos de mi mundo novelesco me haya dejado llevar por la alegría y el desenfado? Nunca me he sentido culpable de hacerlo, porque Dimitri Karamazov no puede matar en mí a Samuel Pickwick, de la misma manera que Pickwick no podrá hacerme olvidar jamás la presencia apocalíptica de los Karamazov en nuestra vida y nuestra historia. Simplemente me gustaría contribuir a una especie de liberación moral de esos lectores que creen de su responsabilidad consagrarse a la literatura “profunda”, rellénese esa palabra como se prefiera. Apunto a una dialéctica de la lectura que debería ser también una dialéctica de vida, una pulsación más isócrona de la búsqueda y el gusto, del conocimiento y el placer, mejor ajustada a todo eso que tenemos tan al alcance de la mano que casi no lo vemos: el gran latido cósmico, el diástole y el sístole del día y de la noche, , del flujo y el reflujo del océano.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)