André Gide propuso cambiar los dictados por ejercicios de corrección de textos en la escuela, para enseñar a los niños a desconfiar de la autoridad de lo impreso y potenciar su sentido crítico
Cuando todo se ha dicho contra la traducción, queda en pie la certeza de que es el torrente sanguíneo en el cuerpo de la poesía: sin los árabes no hubiera habido trovadores, sin los trovadores no hubiera habido Dante ni Petrarca, sin ellos no hubiera habido siglo de oro español, etcétera. En cada época y en cada país hay personas que nos salvan de vivir incomunicados como peces en un acuario y cumplen la función indispensable de abrir ventanas y tender puentes hacia lo que de otro modo permanecería desconocido.
Se habrá visto que estas impresiones más subjetivas que críticas se fundan en una temprana lectura de Pickwick, que las condiciona con una fuerza a la que no puedo ni quiero resistir. Por eso me re…
Qué momento tan especial, cuando, tras muchas horas pasadas en la penumbra de una biblioteca y en la penumbra de la meditación, se sale a la luz del día. Durante un minuto el mundo real parece irreal. Insolentemente, los verdes álamos se mecen irreales. Y los coches que cruzan la avenida de Mickiewicz parecen perdidos. En los charcos se refleja el cielo gris, y el pequeño punto de un avión, sólo un poco más grande que la sombra de una golondrina, tiembla, y con él tropieza el pie de un transeúnte. Durante un minuto el mundo parece una superchería, un vulgar compromiso, un rescate pagado a una banda de delincuentes por un creador bondadoso pero inepto. Las aceras están torcidas. La tierra es redonda. El hombre es mortal. La libertad, dudosa.
En algunas ciudades, los arquitectos que proyectan los edificios de las bibliotecas comprendieron la gravedad de este problema, la importancia del paso del almacén de sombras vivas a la realidad de la vida muerta, y propusieron la instalación de escaleras a la entrada de la biblioteca, escaleras sobre las que puede uno sentarse y pasar el difícil trance, adaptarse a la normalidad dela tarde y perdonar al mundo su áspera imperfección.
La lluvia tiene un vago secreto de ternura, algo de soñolencia resignada y amable, una música humilde se despierta con ella que hace vibrar el alma dormida del paisaje. Es un besar azul que recibe la Tierra, el mito primitivo que vuelve a realizarse. El contacto ya frío de cielo y tierra viejos con una mansedumbre de atardecer constante. La nostalgia terrible de una vida perdida, el fatal sentimiento de haber nacido tarde, o la ilusión inquieta de un mañana imposible con la inquietud cercana del color de la carne.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)