Casi todas las presiones del exterior toman la forma de creencias de grupo, necesidades de grupo, necesidades nacionales, el patriotismo y la exigencia de lealtad a pequeña escala, como a nuestra ciudad o a grupos locales de toda índole. Pero más sutiles y exigentes –más peligrosas– son las presiones que vienen de dentro y nos fuerzan a conformarnos; estas son las más difíciles de descubrir y controlar.
—Sí, bueno, se ha tratado de quitar la poesía de todas partes, la semana pasada me han preguntado en diversos ambientes… dos personas me han hecho la misma pregunta; la pregunta es: ¿para qué sirve la poesía? Y yo les he dicho: bueno, ¿para qué sirve la muerte?, ¿para qué sirve el sabor del café?, ¿para qué sirve el universo?, ¿para qué sirvo yo?, ¿para qué servimos? Qué cosa más rara que se pregunte eso, ¿no? —Todo está visto en términos utilitarios. —Sí, pero me parece que en el caso de una poesía, una persona lee una poesía, y si es digna de ella, la recibe y la agradece, y siente emoción. Y no es poco eso; sentirse conmovido por un poema no es poco, es algo que debemos agradecer. Pero parece que esas personas no, parece que habían leído en vano; bueno, si es que habían leído, cosa que no sé tampoco. —Es que en lugar de conciencia poética de la vida se propone la conciencia sociológica, psicológica… —Y política. —Y política. —Sí, claro, entonces se entiende que la poesía está bien si se hace en función de una causa. —Utilitaria. —Sí, utilitaria, pero si no, no. Parece que el hecho de que exista un soneto, o de que exista una rosa son incomprensibles. —Incomprensibles, pero van a permanecer a pesar de esta moda desacralizadora y despoetizante, digamos. —Pero a pesar de eso yo creo que la poesía no corre ningún peligro, ¿no? —Por supuesto.
A un crítico no le basta con tener razón, porque en ocasiones se equivocará. No le basta con dar razones verosímiles. Debe crear un mundo razonable en el que su lector pueda entrar a ciegas y buscar su camino hasta el sillón junto al fuego sin lastimarse las pantorrillas con el chispazo inesperado. La frase con alambre de púas, la palabra laboriosamente rara, la afectación intelectual del estilo, son todos trucos divertidos, pero inútiles. No ubican nada ni revelan la atmósfera de la época. Los grandes críticos, de los que lamentablemente hay pocos, construyen una casa para la verdad.
Después de cada guerra alguien tiene que limpiar. No se van a ordenar solas las cosas, digo yo.
Alguien debe echar los escombros a la cuneta para que puedan pasar los carros llenos de cadáveres.
Alguien debe meterse entre el barro, las cenizas, los muelles de los sofás, las astillas de cristal y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar una viga para apuntalar un muro, alguien poner un vidrio en la ventana y la puerta en sus goznes.
Eso de fotogénico tiene poco y requiere años. Todas las cámaras se han ido ya a otra guerra.
A reconstruir puentes y estaciones de nuevo. Las mangas quedarán hechas jirones de tanto arremangarse.
Alguien con la escoba en las manos recordará todavía cómo fue. Alguien escuchará asintiendo con la cabeza en su sitio. Pero a su alrededor empezará a haber algunos a quienes les aburra.
Todavía habrá quien a veces encuentre entre hierbajos argumentos mordidos por la herrumbre, y los lleve al montón de la basura.
Aquellos que sabían de qué iba aquí la cosa tendrán que dejar su lugar a los que saben poco. Y menos que poco. E incluso prácticamente nada.
En la hierba que cubra causas y consecuencias seguro que habrá alguien tumbado, con una espiga entre los dientes, mirando las nubes.
Si Van Morrison no existiera habría que inventarlo, ayer demostró en el Wizink Center de Madrid que es uno de los músicos más talentosos de la historia.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)