Lectura: «En otro país». David Constantin

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Textos

Lo que haya detrás de los ojos o en el corazón o donde sea, eso que no es nuestro pellejo, dejará de existir con el pellejo, pero mientras tanto nunca envejece, ¿no?


Por la noche, en el silencio absoluto de las noches entre aquellas casitas donde viven los viejos, ella lo oía levantarse de la cama, buscar la bata en la oscuridad negrísima y salir del dormitorio. Lo dejaba ir. Cuánto la preocupaba todo aquello. No era mucho pedir, tranquilidad por las noches y un poco de alegría corriente durante el día, un poco de conversación, algo de qué reírse y no hacer daño a nadie. Pero no todo aquello. Una rendija de luz se coló por debajo de la puerta. Lo oyó tantear por encima de la cabeza con el bastón, tac tac, en busca del gancho para bajar la trampilla con su escalera acoplada para subir al desván. Se me va a matar. Pero oyó el ruido de sus pisadas y sus jadeos al subir. Se morirá congelado. Qué frío hacía en el hueco debajo del tejado, encima del saloncito exiguo, un frío de perros y de corrientes de aire, donde almacenaban el pasado, a granel y al detalle, en cajas, paquetes, bolsas, en estantes combados, en escondrijos entre las vigas. Lo oyó moverse por el techo encima de la cama, hurgando. Arrastrando cajas de cartón. Oyó los esfuerzos. Después, silencio. Se durmió. Se despertó de golpe, asustada al ver que él seguía ausente. Se quedó en camisón al pie de la escalera, qué frío también ahí, lo llamó hasta que al final apareció, absorto y tembloroso, sin los dientes, se asomó al agujero, la cara azulada de frío y pena, se asomó al agujero sobre la cara de ella vuelta hacia arriba, el halo de fino pelo plateado, e intentó decir no te preocupes pero no pudo y le salió un sonido incoherente, las fotos aferradas con ambas manos contra su corazón.


Daniel asintió. A las dos semanas de aquella noche ya estábamos a final del trimestre y yo me sentía muy inquieto. No sabía si me atrevería a hablar con ella. Tenía miedo. Por las noches salíamos a los jardines y los parques, a menudo nos íbamos al río, seguíamos los afluentes del Támesis, pensando en irnos lejos. Y nos subíamos al tejado, por encima de las calles, a observar los aviones y las estrellas fugaces y el viaje de las constelaciones. Y nos tumbábamos debajo de los mapas que tapizaban el techo inclinado, que nos mostraban las posibilidades, pero nunca me atreví a decir: Iremos ahí, ¿no? ¿Lo prometes? Ella me parecía libre como un pájaro, por decisión propia seguía quedándose donde de casualidad me encontraba yo. Vi a Caradoc varias veces, pero nunca con ella, y cuando me preguntó qué tal se presentaba el verano, me encogí de hombros y me alejé. Acabó el trimestre y ella ni siquiera se había despedido. Pero cuando volví a casa me esperaba una nota. Decía: Si me quieres, estaré en las Tullerías, junto a las ninfas de Maillol, el 9 de julio a las tres de la tarde. Y si me encuentras, iremos en busca de nuestros sueños. Hay un trovador en concreto que me interesa.


En una ocasión, en terapia —¿te lo he contado alguna vez?— me preguntaron qué era lo peor que había visto en casa. Y tuve que contestar rápido, sin pensarlo demasiado. Y me vino la imagen de mamá en silla de ruedas cuando, subiendo del salón al dormitorio en el salvaescaleras, se quedó atascada en la mitad. Su cara pálida se puso roja de ira, blandía el bastón tratando de darle a nada en particular. Papá trasteó con los mandos de la pared. Lo oí lloriquear. Ya para entonces mamá no podía pronunciar bien las palabras, pero estaba claro que lo que soltaba por esa boca eran maldiciones. Y en medio de aquello se cagó encima. Estaba detenida a media altura, justo encima de mi cabeza; levanté la vista hacia ella, y papá, después de volverse hacia ella con gesto de impotencia, hizo lo mismo. Así nos quedamos a ambos lados de su ascenso frustrado, viéndola desde abajo, enfurecida y maloliente. Papá dijo que iba a llamar a la de los Servicios Sociales y que tendría que tener un poco de paciencia hasta que llegaran o le dieran algún consejo. Esa fue la imagen que me vino a la cabeza cuando me pidieron que dijese, sin buscar en mi catálogo de horrores, cuál era el peor. Mamá tiró el bastón e intentó darle a papá, pero falló, por supuesto, y cuando él fue al teléfono y me dejó ahí plantada, torció hacia mí la cara morada y con aquella boca repleta de baba trató de lanzarme un escupitajo. Estoy casi segura de que nunca te lo he contado, dijo Zoë. Ni qué decir tiene que desde entonces en mis ociosas noches de insomnio he pensado mucho para igualar o superar lo que me vino a la cabeza cuando me pidieron: Dinos sin pensártelo mucho qué fue lo peor.


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La fuga más increíble de la Guerra Fría: un túnel de 135 metros para esquivar el Muro de Berlín

Reconstrucción de uno de los túneles utilizados para cruzar el Muro. / Berliner Unterwelten

Un libro recupera este sobresaliente episodio plagado de idealismo, espías y dilemas éticos periodísticos que salvó a 29 personas de las redes de la Stasi

Origen: La fuga más increíble de la Guerra Fría: un túnel de 135 metros para esquivar el Muro de Berlín

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La memoria. Eudora Welty

La memoria es algo vivo; la memoria es tránsito. Pero mientras dura su instante, todo lo que se rememora se une y vive; lo viejo y lo nuevo, el pasado y el presente, los vivos y los muertos. Mi literatura nace de una vida satisfecha, protegida. Una vida así puede ser, también, una vida colmada de retos. Y todo reto serio, ambicioso, surge ante todo de nuestro interior.

Eudora Welty
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Twitter: Diez relámpagos tomados del «Libro del desasosiego». LitPerdida

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KIM NGUYEN BARALDI: La crítica de los escritores.

Jean Echenoz y Pierre Michon riéndose de los que anestesian el placer de leer.

“Creo que uno sólo puede enseñar el amor de algo. Yo he enseñado, no literatura inglesa, sino el amor a esa literatura”.  [Jorge Luis Borges]

Mi paso por la Sorbona fue un fiasco. Cursé la carrera de letras modernas y literatura comparada y me sentí decepcionado. Aunque aquellos años de universidad fueron hasta cierto punto provechosos, me quedó un regusto amargo: todo era ahí demasiado académico, árido y frío. Demasiadas estatuas de mármol, demasiados escritorios de madera y ningún bar donde poder conversar con los compañeros. Las clases no eran estimulantes, los profesores no lograban conectar con los estudiantes, y uno sentía que, cuantas más horas pasaba enfrascado en libros de crítica especializada, más lejos se hallaba de la literatura. Estudiar así no tenía para mí ningún atractivo. A día de hoy, me sigo preguntando, algo entristecido, en qué momento la universidad, desorientada por las cuatro esquinas, decidió anestesiar el placer de leer.

Por esa época, apunté en uno de mis cuadernos esta breve anotación: “Propósito: leer como un escritor”. Yo no me creía escritor, por supuesto, no había escrito casi nada en mi vida, pero entendí que aquella postura –aunque no supiera, por aquel entonces, en qué consistía exactamente– era la que yo quería adoptar frente a la literatura. Y que también me ayudaría a mantener una cierta frescura en la vida. Así que, sin darme cuenta, empecé a recopilar compulsivamente fragmentos de escritores que comentan sus libros favoritos, sus escritores de cabecera. Solía encontrarlos en lugares marginales: correspondencias, diarios, discursos, conferencias o prólogos. Los críticos viven de la crítica; los escritores, por el contrario, tienen la gran ventaja de no estar sujetos a hablar sobre la literatura, si no lo desean. Suelen tomar la palabra en ocasiones contadas, cuando tienen algo valioso que decir, cuando sienten la necesidad. Y, como es sabido, la necesidad es lo único imprescindible para escribir algo verdadero. Empecé, por tanto, a acumular centenares de fragmentos de escritores: Milan Kundera descubre el poder de lo fútil en las novelas de Flaubert; Thomas Wolfe recrimina a Scott Fitzgerald su intolerancia hacia los libros que “hierven y se derraman”; Paul Auster se conmueve por la ternura escondida en los libros de Georges Perec; Foster Wallace reivindica el humor de Kafka y Dostoievski; Natalia Ginzburg observa el cambio de luz en la obra de Calvino; Thomas Bernhard, el huérfano, se tira en los brazos de su padre adoptivo Montaigne; Françoise Sagan comprende con Albertina desaparecida en qué consiste la locura de escribir; Walter Benjamin y W.G. Sebald se asombran ante la transparencia del “yo” kafkiano; García Márquez encuentra su camino literario tras la lectura de La metamorfosis; Virginia Woolf se emociona leyendo Un corazón simple de Flaubert; C.S. Lewis se lamenta que los animales no puedan escribir libros; Marcel Schwob y Juan Marsé releen, ensimismados, La isla del tesoro; el Quijote político de Magris, el Quijote sonámbulo de Bergson, el Quijote campeón de la libertad de Pitol, el Quijote humanista de Le Clézio, etc. Todos estos fragmentos eran para mí momentos raros en los que, de pronto, un relámpago ilumina el cielo. Ahí encontré la verdadera universidad, en la crítica de los propios escritores.

Durante años continué la rutina de compilar textos, hasta que un buen día me topé, por azar, con un escritor que había construido una reflexión en torno al tema que me preocupaba, es decir, la diferencia entre la crítica académica y la crítica de los escritores. Ese escritor es Ricardo Piglia. Recuerdo la revelación que supuso para mí la lectura de una entrevista en la que este formulaba, con claridad y en pocas palabras, todo lo que yo había intuido, pero que no había conseguido expresarme a mí mismo. Casi me caigo de la cama. Esa mezcla de escritor, crítico y profesor se había propuesto la tarea de “sacar a la lectura del árido desierto de la crítica académica” y buscaba “a ese lector de narrativa que está interesado por la discusión sobre la literatura”.

Piglia destaca algunas características propias de la crítica de los escritores. Primero, su carácter marginal y periférico: “son intervenciones puntuales que tienen efectos de iluminación notables”. Segundo, es una crítica muy clara que tiene la virtud de ser muy coloquial y fluida, sin jerga técnica. Tercero, los escritores están más interesados por la construcción que por la interpretación de las obras, es decir, “están más preocupados por cómo está hecho un libro antes que por lo que significa”. Piglia observa que los críticos suelen abordar la literatura desde saberes exteriores (la lingüística, el psicoanálisis, la sociología, el marxismo etc.), mientras que los escritores parten de la propia literatura y la utilizan como laboratorio. Por último, la crítica que hace un escritor es siempre estratégica y partidista: un escritor reelabora la historia de la literatura a su imagen y semejanza, construyendo redes propias y enfrentamientos, para reivindicar su propia poética. Al fin y al cabo, “cuando un artista habla de otro, siempre habla –por carambola, por desvío– de sí mismo”, escribió Kundera.

La lista de Piglia era casi perfecta. Sin embargo, faltaba en mi opinión una característica que trascendía a todas las demás. O, más bien, estaba implícita en todas ellas. Y es que, cuando uno se sumerge en la crítica de los escritores, le entran ganas de leer. Tan tonto, tan sencillo como eso. Todos los fragmentos que compilé tienen esto en común que vehiculan una gran carga emocional: hacen mella en el lector. En una fascinante conversación en la Casa América de Madrid, Juan Villoro le dijo a Piglia:

“Compartir entusiasmo es para mí una de las zonas de trabajo más difíciles y yo siempre trato de llegar a eso y a veces con demasiado énfasis; y me pregunto: ¿hasta dónde el ensayo permite la emoción narrativa? Llegar –digamos– no solo al entendimiento, a deconstruir al otro autor, a explicarlo, a crear una zona de sentido, sino a generar la emoción de haberlo leído, es decir la lámpara encendida en la lectura, esa imagen casi fundacional. O sea, ¿en qué momento, de pronto, podemos lograr ese resplandor de una emoción de leer al otro?”

La crítica académica se olvidó de lo más importante. Cualquier texto de crítica debería, en última instancia, generar en el lector el deseo irrefrenable de enfrascarse de nuevo en el libro comentado. Y eso se logra, solo y únicamente, si el crítico es capaz de compartir un entusiasmo, transmitir la emoción que sintió al leer. Basta con recorrer algunas páginas de El telón de Milan Kundera para darse cuenta de lo emocionante que puede llegar a ser un ensayo. Ese es, precisamente, el tipo de libro que debería ser obligatorio en primer año de Letras: después de su lectura, los estudiantes saldrían disparados a hacerse con el QuijoteLa educación sentimental o El castillo, para devorarlos de cabo a rabo. Ya lo sentenció Virginia Woolf: “La emoción tiene prioridad sobre todo lo demás”. De eso se olvidó la crítica académica.

Kim Nguyen Baraldi

(Publicado en Letras Libres, 2021.)

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Gabriel Ferrater, el lector del siglo XX. Jordi Amat

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El cuento. Truman Capote

P.: ¿Qué es lo primero que escribió?

R.: Cuentos. Y debo decir que mis mayores ambiciones literarias siguen girando en torno al cuento. Cuando se analiza seriamente, el relato es la forma de prosa más difícil que existe y la que más disciplina exige. Todo el dominio y la técnica que pueda tener se los debo enteramente a mi entrenamiento en este género.

Truman Capote

(“The Paris Review”. 1953-1983)

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Cuaderno de poemas. «Mi buenos aires querido». Juan German

Sentado al borde de una silla desfondada,
mareado, enfermo, casi vivo,
escribo versos previamente llorados
por la ciudad donde nací.


Hay que atraparlos, también aquí
nacieron hijos dulces míos
que entre tanto castigo te endulzan bellamente.
Hay que aprender a resistir.


Ni a irse ni a quedarse,
a resistir,
aunque es seguro
que habrá más penas y olvido.

Juan German
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Ventana a YouTube. «The Weight» timaço

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Video: Archivo de «Creadores»

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