Lo que vale en Faulkner es la continua presencia de quién está contando la historia, los narradores circulan pero todos tienen el mismo tono elegíaco y enfurecido.
«Mientras escribo», de Stephen King, ha estado presente en mis clases de lenguaje por años, pero no fue sino hasta este verano cuando comencé a enseñar en un centro de rehabilitación de drogas y alcohol, que descubrí su verdadero valor en plenitud
Esa palabra: libertad. Tiene un sonido hermoso, ¿verdad? ¿Quién estaría en contra de la libertad? Uno pensaría que todo el mundo estaría automáticamente “a favor” de esa palabra. Una sociedad libre es una sociedad en la que florecen mil flores, en la que hablan mil y una voces. Y qué idea tan sencilla y grandiosa parece. Es como esa diosa de cobre que hay en el puerto, iluminando el mundo. Pero en nuestra época muchas libertades esenciales corren el peligro de ser derrotadas, y no solo en Estados totalitarios o autoritarios. Aquí en la India, una combinación de fanatismo religioso, oportunismo político y, debo decirlo, apatía pública está dañando la libertad de la que dependen todas las demás libertades: la libertad de expresión […]. Somos una especie que necesita hablar, y no debemos ser silenciados. El propio lenguaje es una libertad. Por favor, no permitáis que la batalla por esa libertad se pierda.
Dios había muerto: para empezar. Y el romanticismo había muerto. La gallardía había muerto. La poesía, la novela, la pintura, todas habían muerto, y el arte había muerto. El teatro y el cine habían muerto. La literatura había muerto. El libro había muerto. El modernismo, el posmodernismo, el realismo y el surrealismo habían muerto. El jazz había muerto, la música pop, disco, rap, la música clásica: muertas. La cultura había muerto. La decencia, la sociedad, los valores familiares habían muerto. El pasado había muerto. La historia había muerto. El Estado del bienestar había muerto. La política había muerto. La democracia había muerto. El comunismo, el fascismo, el neoliberalismo, el capitalismo, todos muertos; el marxismo, muerto, y el feminismo también muerto. La corrección política había muerto. El racismo había muerto. La religión había muerto. El pensamiento había muerto. La esperanza había muerto. La verdad y la ficción habían muerto. Los medios de comunicación habían muerto. Internet había muerto. Twitter, Instagram, Facebook, Google, todos muertos. El amor había muerto. La muerte había muerto. Muchísimas cosas habían muerto. Sin embargo, otras no habían muerto, de momento.
Charlotte, hermosa. Más hermosa que nadie. Más sensible y comprensiva que nadie que él haya… La espalda de Charlotte, Charlotte en la cama con su preciosa espalda desnuda, la línea de su columna vuelta hacia él. Charlotte, deslumbrante. ¿Otras palabras para Charlotte? Musical. Atenta. Siempre sorprendiéndolo con su visión periférica, su forma de escuchar las lindes de tus palabras y responder a lo que no sabías que decías, o a lo que intentabas decir sin conseguirlo. Lo poco que se conocía a sí misma. Su tesis universitaria risiblemente sincera sobre las letras de Gilbert O’Sullivan: Ooh Wakka Doo Wakka Day. Lenguaje, semiótica y presencia en el espectáculo popular de la década de los setenta. Su caligrafía. Su perfume. Su amasijo de collares y pulseras. Su abultado estuche de maquillaje en el armarito junto a la cama, el olor de su maquillaje. Su carácter apasionado, su pasión por tantas cosas distintas. Su forma de tomarse el mundo tan personalmente. Su furia y su dolor infinitos por la tristeza del mundo, como si fuera algo personal, como si fuesen afrentas dirigidas específicamente a ella. Su infinita sensibilidad. Su infinita sensibilidad por todo. Su infinita sensibilidad por todo, menos por él. Charlotte, incansable. Charlotte, desesperante. Charlotte haciendo esa cosa irritante de pararse a hablar con todo gato que ve en la calle, en cualquier calle, aquí, allá, de vacaciones en Grecia, siempre que ve un puto gato se pone de cuclillas y alarga el brazo como si Art no estuviese allí, como si el gato no quisiera hablar con él por mucho que él sí quisiera, como si todo el mundo se hubiese reducido únicamente a ella y un gato que ni siquiera conoce, como si ella fuese la única persona del mundo con magnetismo animal.
Lo que él quiere, allí sentado a la mesa llena de comida, es el invierno, el invierno en sí. Quiere la esencialidad del invierno, está harto de esta monótona seudoestación gris. Quiere el invierno real en que los bosques están nevados y los árboles son de un blanco rotundo que realza y lustra su desnudez, en que el suelo está cubierto de nieve como plumas heladas o como jirones de nubes, pero veteado de oro por el bajo sol invernal que penetra entre los árboles, y al final del sendero apenas visible, a lo largo del cauce en la nieve que indica un sendero oculto entre los árboles, la vista y el bosque se abren a una luz intacta e inmaculada, amplia como un mar de nieve, mientras arriba la promesa de más nieve aguarda su momento en el blanco cielo.
Ahora que soy mucho mayor, sabia y agarrotada, me he vuelto mucho menos ambiciosa, dice Iris. Últimamente, ya que nos estamos sincerando, veo esos carteles que dicen no pasar, prohibido el paso, cámaras de seguridad, y pienso que me conformaría con ser un poco de musgo bajo el sol y la lluvia y el paso del tiempo, feliz de no ser más que el musgo que cubre la superficie de esos carteles y verdea sus palabras.
Una de las virtudes de la escritura de Milena Busquets es una aparente ligereza: es esa levedad la que la salva de cualquier atisbo de amargura hacia nada.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)