Dios había muerto: para empezar. Y el romanticismo había muerto. La gallardía había muerto. La poesía, la novela, la pintura, todas habían muerto, y el arte había muerto. El teatro y el cine habían muerto. La literatura había muerto. El libro había muerto. El modernismo, el posmodernismo, el realismo y el surrealismo habían muerto. El jazz había muerto, la música pop, disco, rap, la música clásica: muertas. La cultura había muerto. La decencia, la sociedad, los valores familiares habían muerto. El pasado había muerto. La historia había muerto. El Estado del bienestar había muerto. La política había muerto. La democracia había muerto. El comunismo, el fascismo, el neoliberalismo, el capitalismo, todos muertos; el marxismo, muerto, y el feminismo también muerto. La corrección política había muerto. El racismo había muerto. La religión había muerto. El pensamiento había muerto. La esperanza había muerto. La verdad y la ficción habían muerto. Los medios de comunicación habían muerto. Internet había muerto. Twitter, Instagram, Facebook, Google, todos muertos. El amor había muerto. La muerte había muerto. Muchísimas cosas habían muerto. Sin embargo, otras no habían muerto, de momento.
Charlotte, hermosa. Más hermosa que nadie. Más sensible y comprensiva que nadie que él haya… La espalda de Charlotte, Charlotte en la cama con su preciosa espalda desnuda, la línea de su columna vuelta hacia él. Charlotte, deslumbrante. ¿Otras palabras para Charlotte? Musical. Atenta. Siempre sorprendiéndolo con su visión periférica, su forma de escuchar las lindes de tus palabras y responder a lo que no sabías que decías, o a lo que intentabas decir sin conseguirlo. Lo poco que se conocía a sí misma. Su tesis universitaria risiblemente sincera sobre las letras de Gilbert O’Sullivan: Ooh Wakka Doo Wakka Day. Lenguaje, semiótica y presencia en el espectáculo popular de la década de los setenta. Su caligrafía. Su perfume. Su amasijo de collares y pulseras. Su abultado estuche de maquillaje en el armarito junto a la cama, el olor de su maquillaje. Su carácter apasionado, su pasión por tantas cosas distintas. Su forma de tomarse el mundo tan personalmente. Su furia y su dolor infinitos por la tristeza del mundo, como si fuera algo personal, como si fuesen afrentas dirigidas específicamente a ella. Su infinita sensibilidad. Su infinita sensibilidad por todo. Su infinita sensibilidad por todo, menos por él. Charlotte, incansable. Charlotte, desesperante. Charlotte haciendo esa cosa irritante de pararse a hablar con todo gato que ve en la calle, en cualquier calle, aquí, allá, de vacaciones en Grecia, siempre que ve un puto gato se pone de cuclillas y alarga el brazo como si Art no estuviese allí, como si el gato no quisiera hablar con él por mucho que él sí quisiera, como si todo el mundo se hubiese reducido únicamente a ella y un gato que ni siquiera conoce, como si ella fuese la única persona del mundo con magnetismo animal.
Lo que él quiere, allí sentado a la mesa llena de comida, es el invierno, el invierno en sí. Quiere la esencialidad del invierno, está harto de esta monótona seudoestación gris. Quiere el invierno real en que los bosques están nevados y los árboles son de un blanco rotundo que realza y lustra su desnudez, en que el suelo está cubierto de nieve como plumas heladas o como jirones de nubes, pero veteado de oro por el bajo sol invernal que penetra entre los árboles, y al final del sendero apenas visible, a lo largo del cauce en la nieve que indica un sendero oculto entre los árboles, la vista y el bosque se abren a una luz intacta e inmaculada, amplia como un mar de nieve, mientras arriba la promesa de más nieve aguarda su momento en el blanco cielo.
Ahora que soy mucho mayor, sabia y agarrotada, me he vuelto mucho menos ambiciosa, dice Iris. Últimamente, ya que nos estamos sincerando, veo esos carteles que dicen no pasar, prohibido el paso, cámaras de seguridad, y pienso que me conformaría con ser un poco de musgo bajo el sol y la lluvia y el paso del tiempo, feliz de no ser más que el musgo que cubre la superficie de esos carteles y verdea sus palabras.
Una de las virtudes de la escritura de Milena Busquets es una aparente ligereza: es esa levedad la que la salva de cualquier atisbo de amargura hacia nada.
La literatura aburrida es la que no asume riesgos. Y los riesgos, en literatura, son de orden ético, básicamente ético, pero no pueden expresarse si no se asume un riesgo formal…
De hecho, en todos los ámbitos de la vida la ética no puede expresarse sin la asunción previa de un riesgo formal.
Leer la poesía del autor de ‘La tierra baldía’, escribe Ricardo Labra, «es adentrarse por un artefacto sonoro que nos abisma sobre los oraculares reflejos de nuestra baldía realidad».…
[…] pero yo sigo creyendo que un escritor no debería hablar de su obra. El autor escribe para ser leído, y cualquier explicación o disertación debería ser innecesaria. No le quepa la menor duda de que en un libro siempre hay mucho más de lo que se capta en una primera lectura, y, como creador, el escritor no tiene por qué explicar nada o andar ofreciendo visitas guiadas por los parajes más complejos de un texto.
Ernest Hemingway
Entrevista con Ernest Hemingway (“The Paris Review”. 1953-1983)
En mis tiempos había tiempo. Recuerdo bien que por ejemplo la higuera derramaba esparcimiento y una rosa nos duraba mucho más que cualquier empleo. Por otra parte las siestas se pedían prestadas a la muerte.
Quizás el tiempo era como las frutas, se regalaba a los vecinos después de verlo madurar. Se compartía en las veredas, entre abanicos y señores de sosegada camiseta, mientras parsimoniosamente iban escobas y venían amontonándolo como importante. Y la eternidad, sentadita en su silla de paja, porque sí.
Es que era siempre tan temprano y tan segura la abundancia, la inundación de treguas oportunas, que se guardaba el tiempo en los sombreros y un día se lo derrochaba todo en un solo saludo, saludando.
Uno viajaba en libro a todas partes y visitaba diferentes ocios: el de al lado, el de enfrente, el de las tías. No se había inventado el maleficio de la prisa, no. De ninguna manera. Los espejos esperaban de sobra que uno peinara su pausado pelo, que uno se terminara de encontrar.
El tiempo era un perfume y no venía nadie a medirlo ni guardarlo en cajas. Los trenes todo lo que hacían era aludirlo en los horarios.
Se podía llorar a gusto porque eran lentos los rincones, o quizás porque había aún macetas donde depositar una lágrima sin que las flores se opusieran. O porque la llovizna hablaba en un idioma sin resentimiento.
Todos usaban tiempo y lo perdíamos, cómplices de su lujosa concurrencia, y hasta el hastío era un modo de ser de los balcones que enternecía delicadamente.
Creo que todavía queda un poco de tiempo verdadero, pero lejos. Pero muy lejos, en algunos patios, refugiado en aljibes. Se queda todavía en niños solos que reinan sobre umbrales y en la lustrada majestad del gato. Supongo, ya no sé, nada sabemos.
Tiempo sin ser castigo. Yo llegué a conocerlo: está enterrado en lo más vivo de mi corazón.
¿Os he contado ya que hace seis años me encontré cara a cara con el novelista norteamericano Don DeLillo en una librería de Madrid y que hablamos durante unos minutos y que él me dedicó su libro y que fue muy amable conmigo y que luego se marchó y que yo escribí una columna? pic.twitter.com/NbzWxyqRAa
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)