Mi mujer dice que sería más cierto afirmar que, en el Volcán, el cónsul tiene más relación con la propia Moby Dick que con Ahab. Pero no fue planificado siguiendo el modelo de Moby Dick (el libro),…
Las escaleras me resultaron más difíciles de lo que había esperado, por lo que me senté, por así decirlo, a mitad del viaje. Gracias a que había un gran ventanal al otro lado de la barandilla, podía distraerme con los pequeños dramas y comedias de la calle, aunque no pasara nadie conocido, nadie, desde luego, que hubiera podido ayudarme. Tampoco las escaleras estaban en uso, por lo que podía comprobar. Debes levantarte, amigo mío, me dije. Puesto que esto parecía de repente imposible, adopté la mejor alternativa: me preparé para dormir, la cabeza y los brazos sobre el escalón superior, el cuerpo agazapado en el de abajo. Algún tiempo después, una niña pequeña apareció en lo alto de la escalera, de la mano de una mujer anciana. ¡Abuela!, gritó la niña pequeña, ¡hay un hombre muerto en la escalera! Debemos dejarlo dormir, respondió la abuela. Debemos pasar junto a él en silencio. Está en ese momento de la vida en que ni regresar al principio ni avanzar hacia el final resulta soportable; por lo tanto, ha decidido detenerse, aquí, en medio de las cosas, aunque esto lo convierta en un obstáculo para los demás, como en nuestro caso. Pero no debemos abandonar la esperanza; en mi propia vida, prosiguió, hubo un momento como este, aunque fue hace mucho tiempo. Y entonces dejó que su nieta la adelantara para poder pasar junto a mí sin molestarme. Me habría gustado escuchar el resto de su historia, puesto que me pareció, según pasaba, una mujer enérgica, dispuesta a disfrutar de la vida, y al mismo tiempo sincera, sin falsas ilusiones. Pero pronto sus voces se convirtieron en susurros, o estaban ya muy lejos. ¿Lo volveremos a ver cuando regresemos?, murmuró la niña. Para entonces ya se habrá marchado hace mucho, respondió su abuela. Habrá terminado de subir o de bajar, según el caso. Entonces le diré adiós ahora, dijo la niña pequeña. Y se arrodilló junto a mí, entonando una plegaria que reconocí como la plegaria hebrea para los muertos. Señor, susurró, mi abuela me ha dicho que no está usted muerto, pero pensé que quizás esto calmaría sus terrores, y no estaré aquí para cantársela cuando sea el momento.
Cuando vuelva a escuchar esto, dijo, quizás las palabras le resulten menos intimidantes, si recuerda cómo las escuchó por primera vez, en la voz de una niña pequeña.
En Noche fiel y virtuosa. (A través de Isaias Garde)
Te amo por todas las mujeres que no he conocido. Te amo por todos los tiempos que no he vivido. Por el olor del mar inmenso y el olor del pan caliente. Por la nieve que se funde por las primeras flores. Por los animales puros que el hombre no persigue. Te amo por amar. Te amo por todas las mujeres que no amo. Quién me refleja sino tú misma me veo tan poco sin ti no veo más que una planicie desierta. Entre antes y ahora están todas estas muertes que he sorteado sobre paja. No he podido atravesar el muro de mi espejo. Tuve que aprender la vida como se olvida palabra por palabra Te amo por tu sabiduría que no me pertenece. Te amo contra todo lo que no es más que ilusión. Por el corazón inmortal que no poseo crees ser la duda y no eres sino razón. Eres el sol que me sube a la cabeza cuando estoy seguro de mí.
La revolución comienza con el silencio, con la vida contemplativa. Hoy no es posible ninguna revolución porque no tenemos tiempo para pensar y respirar hondo y así se replica lo mismo y se muere el espíritu libre.
Fleur Jaeggy (Zúrich, 1940), autora de <i>Los hermosos años del castigo,</i> en su casa de Milán.TANCREDI MANGANO/TAM TAM
Fleur Jaeggy va siempre a lo esencial y, como si tuviera bien aprendida la involuntaria lección de Kafka, consigue muchas veces en una sola página, y a veces en una sola línea, que se haga visible de golpe, a modo de repentina revelación, la estructura desnuda de la verdad. Ese pavoroso desvelamiento siempre llega acompañado de la inevitable crueldad, jamás desligada de la rutinaria, aunque secreta, vida de la verdad […]
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)