La escritora estadounidense, gran maestra de la autoficción, publica en España ‘El fin de la novela de amor’, donde cuestiona el supuesto poder transformador de este sentimiento, que viene a ser el gran apego o la rémora de su vida
ENTREVISTADORA: ¿No tiene la impresión de que, al escribir, usted busca librarse de algo? MARGUERITE DURAS: No creo. Se trata de una pulsión no selectiva, que es mi naturaleza, mi verdadero hogar, …
P.: Piensa usted que lo preferible para un poeta sería no trabajar y dedicarse sólo a escribir y a leer?
R.: No, creo que eso sería… Pero nuevamente sólo cabe hablar de uno mismo. Es muy peligroso proponer un camino óptimo para todo el mundo, pero estoy bastante convencido de que si yo empezara a ser independiente económicamente, si no tuviera que molestarme en ganarme la vida y pudiera dedicarme exclusivamente a la poesía, eso tendría un efecto nefasto en mí.
P.: ¿Por qué?
R.: Pues porque creo que me ha resultado muy útil ejercer otras actividades, como trabajar en un banco o incluso ser editor. Y creo también que el hecho de no disponer de todo el tiempo que querría me obliga a concentrarme. Quiero decir que me ha impedido escribir demasiado. Por lo general, el peligro de no tener nada más que hacer es que uno se ponga a escribir demasiado en vez de concentrarse en una producción más pequeña y perfeccionarla. Al menos ése sería el peligro para mí.
Mis libros (que no saben que yo existo) son tan parte de mí como este rostro de sienes grises y de grises ojos que vanamente busco en los cristales y que recorro con la mano cóncava. No sin alguna lógica amargura pienso que las palabras esenciales que me expresan están en esas hojas que no saben quién soy, no en las que he escrito. Mejor así. Las voces de los muertos me dirán para siempre.
The grass was greener The light was brighter The taste was sweeter The nights of wonder With friends surrounded The dawn mist glowing The water flowing The endless river
Lamentablemente, en estos tiempos en que se ha perdido el valor de la palabra, también el arte se ha prostituido, y la escritura se ha reducido a un acto similar al de imprimir papel moneda.
Joseph Roth, con su esposa, Andrea Manga Bell, en Austria en 1933.ANONYM (GETTY IMAGES)
No había ningún indicio de que más de 80 años después de su fallecimiento, el escritor sería uno de los autores de moda, uno de los más venerados, citados y homenajeados a comienzos del siglo XXI
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)