Too late —título que surge de una sabrosa anécdota relacionada con Barbey d’Aurevilly— es un libro que tiene algún mejunje secreto que atrapa al lector.
Origen: ¿Existe realmente Vila-Matas? – José Belmonte Serrano – Zenda
Too late —título que surge de una sabrosa anécdota relacionada con Barbey d’Aurevilly— es un libro que tiene algún mejunje secreto que atrapa al lector.
Origen: ¿Existe realmente Vila-Matas? – José Belmonte Serrano – Zenda
[…]imaginaba que amaba y era amada, imaginaba que estaba acostada en la palma transparente de la mano de Dios, no Lori sino su nombre secreto que ella por ahora no podía aún usufructuar, imaginaba que vivía y no que estaba muriendo, pues vivir no pasaba a fin de cuentas de aproximarse cada vez más a la muerte, imaginaba que no se quedaba de brazos caídos de perplejidad cuando los hilos de oro que hilaba se confundían y no sabía deshacer el fino hilo frío, imaginaba que era lo bastante sabia como para deshacer los nudos de marinero que le ataban las muñecas, imaginaba que tenía un cesto de perlas sólo para mirar el color de la luna pues ella era lunar, imaginaba que cerraba los ojos y seres humanos surgirían cuando abriera los ojos húmedos de gratitud, […]
Aprendizaje o el libro de los placeres

Como cualquier otro escritor, recibo continuamente cartas de jóvenes que están a punto de escribir tesis y ensayos acerca de mis libros, desde varios países, especialmente de los Estados Unidos. To…
Origen: Nunca leer algo por sentido del deber, Doris Lessing – Calle del Orco
P.: ¿Es consciente de alguna influencia específica en su obra?
R.: Sabe, no estoy muy seguro de que influencia sea la palabra, porque copio lo que admiro, lo mango. Hablar de influencia parece sugerir que el material de otro se infiltra en el de uno, de forma semiconsciente. Pero yo leo no sólo por placer, sino también como un obrero, y cuando encuentro un buen efecto lo estudio y trato de reproducirlo. Así que quizá soy un ladrón en toda regla. Robo a los demás, a mis mayores, quiero decir. De hecho, Panic Spring, que según ustedes es un libro respetable, me parece horrible porque viene a ser una especie de antología, cinco páginas de Huxley, tres de Aldington, dos de Robert Graves, y así sucesivamente… hasta copiar a todos los escritores que admiro. Pero no me influyeron: les mangué ciertos recursos porque estaba aprendiendo de qué iba el juego, como hace un actor que estudia a otro y toma nota de un efecto de maquillaje o de una forma de andar particular para un papel que él no ha pensado. Nadie considera que eso suponga estar particularmente influido por el actor, se trata de trucos del oficio que le toca aprender.

Lawrence Durrell
Entrevista con Lawrence Durrell (“The Paris Review”. 1953-1983)
frente a las pruebas de la noche
coraje de prolongar con tu voz
el silencio opulento
por aquí he marchado
al alba
retenido
pasajero
entre el viento y la sombra
entre las ramas
no relegar a un mundo aparte
las donaciones del viaje
me tiendo a su costado
conozco el fluir de este camino
esta mezcla de mí mismo
de mis manos
esta ignorancia
coraje otra vez para ser
al mismo tiempo
la piedra y el horizonte
y descubrir entre los anuncios del desprecio
los indicios del sol
de un camino abierto
reconquista del mar y la intemperie

(A través de Patricia Damiano)
Originally tweeted by bluesharp (@bluezharp) on 27 febrero, 2023.
Detalles del salón principal del Real Gabinete Português de Leitura en la ciudad de Río de Janeiro, Brasil.LEONARDO CARRATOEl Real Gabinete Portugués de Lectura, una desconocida joya cultural fundada hace 185 años en Río, recibe nuevos visitantes gracias a su popularidad en Instagram y TikTok
Los biógrafos no conocen la vida sexual de su propia esposa, pero creen conocer la de Stendhal o la de Faulkner.

En el panorama de la literatura francesa, Annie Ernaux ocupa un lugar muy especial, no sólo por los temas que elige, sino también por su capacidad de tratar las pasiones menos controladas—y no siempre halagüeñas—del ser humano con la mirada de un entomólogo que observa un insecto.
«Siempre tuve ganas de escribir libros de los que luego me resulte imposible hablar, libros que no me permitan luego soportar la mirada ajena. Pero por mucha vergüenza que pueda producir la escritura de un libro, nunca estará a la altura de lo que experimenté cuando tenía doce años», confiesa la autora. En 1952, la niña Annie Ernaux que cuenta esta historia empieza: «Mi padre quiso matar a mi madre un domingo de junio, a primera hora de la tarde». La escena se le presenta tan diáfanamente cruel como el día en que la vivió, y el lector empieza a comprender por qué esa niña en plena pubertad empieza a sentir vergüenza: porque él mismo empieza a ruborizarse. Como en tantas familias, sus padres, que se odian entre sí, adoran en cambio a la niña, por lo que, mientras van pasando los días y el olvido parece invadir el hogar, el recuerdo de aquel domingo parece convertirse en un mal sueño. Pero para la niña «habían dejado de ser gente decente» y «todo en nuestra existencia ha pasado a ser signo de vergüenza» . . .
(Contraportada del libro)
Textos
Es la primera vez que describo esta escena. Hasta hoy siempre me había parecido imposible, ni siquiera en un diario íntimo. Como si el hecho de contarlo fuera algo prohibido que iría acompañado inevitablemente de un castigo. Quizá no poder escribir nada después.
Antes de empezar a escribir pensaba que iba a ser capaz de acordarme de todos los detalles. Pero, de hecho, solo recuerdo la atmósfera, la postura de cada uno de nosotros en la cocina y algunas palabras. No recuerdo por qué empezó la pelea, ni tampoco si mi madre llevaba todavía el blusón blanco que se ponía para estar en el colmado o se lo había quitado pensando en el paseo que íbamos a dar. Tampoco recuerdo lo que habíamos comido. No tengo ningún recuerdo concreto de aquella mañana de domingo que no esté inscrito dentro del marco de nuestras costumbres: la misa, la pastelería. Pero de lo que sí estoy segura es de que yo llevaba un vestido azul de lunares blancos, pues, durante los dos veranos siguientes, cada vez que me lo ponía pensaba: «Es el vestido de aquel día». También estoy segura del tiempo que hacía: una mezcla de sol, nubes y viento.
Lo que quiero es encontrar las palabras con las que yo pensaba en mí misma y en el mundo que me rodeaba, decir qué era lo normal y lo inadmisible para mí, e incluso lo impensable. Pero la mujer que soy en 1995 es incapaz de penetrar en aquella niña de 1952 que lo único que conocía era su pequeña ciudad, su familia y su colegio, y que solo tenía a su disposición un léxico muy reducido. Y, ante ella, la inmensidad del tiempo por vivir. No existe una auténtica memoria de uno mismo.
No deseo escribir ningún relato, pues eso significaría crear una realidad en lugar de buscarla. Y tampoco quiero limitarme a reunir y a transcribir las imágenes que conservo en la memoria, sino tratarlas como documentos que se aclararán los unos a los otros al estudiarlos desde diferentes ángulos. Ser, en pocas palabras, etnóloga de mí misma.
Después de cada una de las imágenes de aquel verano, mi tendencia natural sería escribir «entonces descubrí que» o «me di cuenta de que», pero esas frases suponen una conciencia clara de las situaciones vividas, cuando, en realidad, en ellas solo existe la sensación de vergüenza que las ha fijado en la memoria, independientemente de cualquier significado. Ahora ya nada puede evitar que yo experimentara esa sensación, ese peso, esa aniquilación. Es la única verdad.
Lo que une a la niña de 1952 con la mujer que está escribiendo.

Annie Ernaux
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