
‘El barman del Ritz’, la novela sobre el coctelero testigo de la ocupación nazi de París | Cultura | EL PAÍS
El historiador Philippe Collin reconstruye las vivencias de Frank Meier, que vio desfilar por la barra del hotel a los protagonistas de una de las etapas más convulsas de Francia
Textos
A lo largo de la travesía, con el balanceo, recuperé la emoción de la libertad. Sentirme realizado, llegar a ser yo mismo, parecía aún inalcanzable, pero sabía que mi vida de adulto empezaba al mismo tiempo que el nuevo siglo y se presagiaba lucrativa, emancipada, gozosa. Nadie podía tener en cuenta, en aquel momento, que vendrían dos guerras y millones de muertos. Y, sin embargo, yo tendría que haber sentido esa violencia agazapada en la sombra y que estaba en el ambiente. En medio del mar, subía de vez en cuando al puente con mis camaradas de Odesa para tratar de conseguir algo de comer. Con un poco de suerte, los pasajeros ricos de los puentes superiores nos echaban comida y luego la llevábamos vorazmente a nuestro pañol, en la bodega. Los ricachones nos miraban con asco, para ellos éramos animales hambrientos.
Blanca. La más audaz de todas. La primera vez que Meier puso los ojos en ella fue en el Ritz, en la Galería de las Maravillas, un día de 1925. Para él fue como una aparición. Su contrario, su doble. Tan bella y arrogante que le hizo sentirse un don nadie. Tan llamativa era ella como discreto prefería ser él. Y en el fondo, ambos son vulnerables. El director ya le había enseñado una fotografía de su mujer, pero ninguna imagen habría sabido hacer justicia de la delicadeza de sus ademanes: los hombros hacia atrás, la cabeza alta y unas piernas largas como una tarde estival. Pelo azabache, rostro empolvado ligeramente de rosa, labios encantadores y una liviandad en las facciones que neutralizaba una mirada tenebrosa. Una princesa en el exilio.
–¿Sabe lo que siempre pensó? Que su bar es como el vientre de una madre, aquí nos sentimos protegidos de los ataques de la vida exterior. Sus cócteles son como un hechizo. Nos quitan las penas. Son los únicos que tienen ese poder. Frank siente cómo su pasión por Blanche invade todo su ser. Está atrapado por esta mujer. Tiene la tentación de revelarlo todo: que también él es judío y que tiene miedo, por él, por ella y por Luciano.
En esta guerra que ahora llaman paz, Frank Meier se siente sacudido entre dos mundos que coexisten y nunca se cruzan: el mundo de dentro, el del Ritz, con su fastuosidad, su confort y su rapacidad, y el mundo de fuera, el del hambre, el frío y la humillación. Frank no llega a hacerse idea de la situación. Es más, se niega a ello. Se aferra a la leve esperanza de que Pétain tal vez pueda todavía invertir la tendencia, devolver a los franceses la existencia digna y decente de la que los han privado desde hace meses. Ayer, en el jardín de las Tullerías, vio a un viejo hambriento tratar de atrapar inútilmente a una paloma infeliz con una roja.
–Se llama Joachim Ruderman, tiene setenta y tres años. Vive solo y daría lo que fuera por reunirse con su hermana pequeña, que emigró a Chicago hace quince años. Nunca ha salido de Europa. Pero esta vez siente el odio al judío señalado por todas partes, abandonado en la naturaleza como una bestia salvaje. Presente una catástrofe y querría morir en paz. El señor Ruderman me ha contado que hay un fugitivo de Zboriv, un campesino, oculto en su edificio desde hace diez días. Una noche, todos los inquilinos se reunieron en el salón de los Ackermann en torno al campesino ucraniano y este les describió con todo detalle el horror que ha vivido este verano. Los alemanes entraron en su ciudad el 2 de julio; tres días más tarde, ya habían masacrado a todos los judíos de Zboriv. Las SS los obligaron primero a cavar sus propias tumbas, luego los fusilaron uno por uno tras ordenarles que se echaran en las fosas alternando pies contra cabeza. Seiscientas personas por lo menos. Nadie gritó ni suplicó: sabía que no escaparían de la muerte. El campesino dijo que fue reclutado por las SS para escoltar a los judíos hasta las fosas desde las que se oyeron durante horas los estertores de los agonizantes bajo la masa de cuerpos embarullados. Vio cómo un niño de seis años reptaba a cuatro patas por encima de los cadáveres para llegar al de su madre; se puso a sollozar hasta que un asistente de las SS en mangas de camisa, con una botella de Schnapps en la mano, le pegó un tiro en la cabeza seguido de los aplausos y vítores del pelotón de ejecución.
Así que era verdad. El general Von Stülpnagel y los demás habían previsto asesinar a Hitler y el bar del Ritz era el lugar de reunión de los conjurados. Inga Haag ha venido hace un rato para contárselo todo, desde lo de las notas intercambiadas estos últimos meses hasta lo de los poemas incomprensibles, y prevenirlo de que no acepte ya ningún sobre, bajo ningún pretexto. Stülpnagel teme haber sido descubierto y cualquier cruce de notas podría ser ahora una trampa tendida por la Gestapo.







