Dejar de amar es dejar de contar, dejar de querer que el otro lo sepa todo, dejar de tener el impulso de, cuando te pase algo, incluso tu propio divorcio, llamar inmediatamente a tu marido para contárselo
Mi madre: la ocupación más ferviente y más dañina de mi vida. Nunca amaré a nadie como a ella. Nunca sabré por qué mi vida no es mi vida sino un contrapunto de la suya, por qué nada de lo que hago le alcanza.
Si tuviera que elegir una sola de las posesiones del mundo, elegiría esta escena de infancia: mi padre llevándome a cocoyo por el jardín de las cosas.
En la escena de la infancia, está el mundo. En la de la escritura, también. El mismo desorden, la misma felicidad inasible: cada palabra un soldado de plomo, cada sílaba una sortija, cada letra, el vagón de un trencito eléctrico que pasa por las estaciones con su infalible carga imaginaria y regresa, siempre, al punto de partida.
Mi madre mueve las manos. Son las manos más solas del mundo. Las mueve sobre la mesa escabrosa, dividiendo el mundo en objetos propicios y nocivos.
Ella escribió: Carta a un dolor muy querido, Con el tiempo aprendo a decir quedamente tu nombre, mientras mi corazón permanece abierto al milagro. Detengo la respiración, oigo el girar de la llave, tus pasos que llegan y un torrente de vital alegría me inunda otra vez. Acercas tu cabeza a la mía, te acaricio el pelo. Qué más da que mis sueños me engañen. Si algún día tropiezas con estas líneas que nunca voy a enviarte, no veas en ellas reproche alguno. No son sino la expresión del amor que no supo transmitir tu Mamushka
Nunca me fui de la casa de la infancia. De aquí no me moverán.
Entre remembranzas y nostalgias, jóvenes aventureras y malas madres, he aquí los mejores debutantes de esta Feria del Libro. Permanezcan atentos a sus próximas entregas.
Una narración podría estructurarse mediante una simple yuxtaposición de recuerdos. Harían falta para eso lectores sin ilusión. Lectores que, de tanto leer narraciones realistas que les cuentan una historia del principio al fin como si sus autores poseyeran las leyes del recuerdo y de la existencia, aspirasen a un poco más de realidad. La nueva narración, hecha a base de puros recuerdos, no tendría principio ni fin. Se trataría más bien de una narración circular y la posición del narrador sería semejante a la del niño que, sobre el caballo de la calesita, trata de agarrar a cada vuelta los aros de acero de la sortija. Hacen falta suerte, pericia, continuas correcciones de posición, y todo eso no asegura, sin embargo, que no se vuelva la mayor parte de las veces con las manos vacías.
Desde que estuve en la escuela, como has de suponer, hace ya miles de años, desde entonces, allí, comenzó a formarse el sentimiento de que estaba solo en la vida y de que nadie me quería. Llegué a llorar por eso, arrinconado en algún lugar oscuro. Y aunque tenía hermanos, estaba lejos de ellos, y tú sabes, por otra parte, que a esa edad los hermanos no piensan unos en los otros sino por curiosidad. Así hasta que crecí. Después nada. Nadie. Y la soledad es una cosa que se llega a querer del mismo modo como se quiere a una persona. Viví en medio de ella. Luego conocí a gentes. De paso. Gentes que ya no sé dónde andarán. Pero encontrar una amistad verdadera, como la que ahora encontré en ti, jamás me sucedió.
No, no te olvido. Estoy peleando por ti, aquí donde tú naciste, y seguiré peleando por lo que más amo. No importa que esta ciudad me zangolotee y me dé de golpes a cada rato.
Y no pienses que estoy lejos. Cada momento estoy contigo, cerca de ti. Rodeada con mis pensamientos te tengo siempre. Tanto que a veces, de tanto imaginarte, llego a sentir, clara y realmente, el calor dulce de tus labios.
Y tu gracia sustituye a todas las cosas. A veces me sucede que, cuando alguien me dice algo, me digo: Claris lo diría de este otro modo. Y te veo a ti diciéndolo.
Dostoievski es un titán de la literatura, y en cierta forma eso puede ser el beso de la muerte, ya que se vuelve fácil verlo como a uno más entre los autores canónicos en tonos sepia, apaciblemente…
En los libros que me deslumbraron, los autores parecen animados por tal empatía que las vidas más comunes, los acontecimientos más cotidianos, se adornan de magia. Algo grande parece surgir de nuestras vidas miserables. Ellos me infundieron la esperanza o la ilusión de que nos podíamos comprender, incluso perdonarnos y no juzgarnos. No estábamos condenados a la fría e interminable soledad”
Que el sueño te distinga con su brillante oscuridad.
Que el tiempo se detenga unas horas y te ofrezca la posibilidad de no morirte por el procedimiento de estar muerta.
Que no venga la turbia pesadilla del Doctor Freud a comentar tus sueños, sembrando de fantasmas tu descanso.
Que unos ángeles rubios se sitúen en las cuatro esquinitas de tu cama y degüellen los malos pensamientos con su espada de luz, y no te dejen sola hasta que amanezca.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)