El canon literario del siglo XXI: la era del yo en el reino de las letras

En estos últimos 25 años, la autoficción y todas sus variantes han marcado el mundo de la literatura, que se mueve entre la intimidad y lo documental. ¿Y qué hay más allá? El hibridismo de las formas, las narrativas de lo extraño, las voces del trauma

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La sensibilidad verbal del escritor. John Gardner

Generalmente, el escritor que se preocupa más de las palabras que de la historia (personajes, acción, escenario, ambiente) no consigue crear ese sueño vívido y continuo: se estorba demasiado a sí mismo; embriagado de poesía, no distingue el grano de la paja. Así pues, al juzgar la sensibilidad verbal del joven escritor no hay que preguntarse únicamente si la tiene o no, sino también si, quizá, le sobra. Si no la tiene, le esperan dificultades, aunque, como ya he dicho, puede llegar a triunfar igualmente, porque tiene algo más que compensa ese punto débil o porque, cuando se le señala ese punto débil, consigue ponerle remedio. Cuando la sensibilidad verbal del escritor es excesiva, el éxito de éste –si pretende escribir novelas, no poemas– dependerá (1) de que aprenda a preocuparse también de los demás elementos de la ficción y, en bien de éstos, a refrenarse un poco, como un chistoso en un funeral, o (2) de que consiga encontrar a un editor o a unos lectores que, como a él, les interese sobre todo el lenguaje depurado. Tales editores y lectores, espíritus refinados dedicados a un juego exquisito que llamamos ficción porque ampliamos el término hasta límites insospechados, aparecen de vez en cuando.

John Gardner

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Cuaderno de poemas. «Deseé alguna vez que un poeta me amase». Chantal Maillard

Deseé alguna vez que un poeta me amase

Ahora duelen sus poemas en mi cuerpo‚
algo de mí que en él se reconoce hasta quebrar la imagen
de todo lo que fui.
Ahora deseo que me amase tanto que dejara de amarme
y sus palabras fuesen nieve
que el sol de junio fundiese entre mis pechos‚
allí donde su aliento insiste en acallar
esta tristeza antigua que siempre me acompaña.

Chantal Maillard

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Ventana a YouTube: «Palabras para Julia». Rosalía

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Archivo fotográfico, 5

John Steinbeck con su esposa Elaine Anderson Steinbeck, en 1962.
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Álbum de Bibliotecas en construcción. CCLXXVIII

Biblioteca Starfield ubicada en Suwon, Corea del Sur
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Perla. Ignacio Echevarría

‘Me muero, te quiero’, el libro póstumo de Perla Zúñiga, trae a la poesía española un acorde inédito y muy genuino de descaro, de fragilidad, de vulnerabilidad, de alegría, de éxtasis y de locura.

Origen: Perla

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Lectura: «El aniversario», de Andrea Bajani

El escritor italiano Andrea Bajani.Franco Origlia

Andrea Bajani: una cruda y valiente mirada a la familia, esa primera catástrofe de la vida

‘El aniversario’, novela galardonada con el Premio Strega, es un retrato feroz, íntimo y sutil sobre ese complejo ente que es la familia que explora qué pasa cuando la propia es autoritaria y asfixiante

Origen: El Mundo


Textos

La última vez que vi a mi madre, me acompañó a la puerta de casa para despedirse. Luego, antes de cerrarla, se quedó esperando hasta que verme desaparecer en el hueco de la escalera. Mi madre nunca fue de gestos de despedida, sobre todo porque la atenazaba una forma de timidez muy cercana a la autonegación. Lo cual, en la práctica, le imposibilitaba toda retórica: no habría podido transformar de ninguna manera en puesta en escena, ni siquiera transitoria, lo que ella misma consideraba tan marginal. Por esta misma razón, me parece, no se reconocía el derecho a certificar el principio o el final de nada. Se quedó detrás de mi padre cuando la puerta se abrió, y seguía detrás de mi padre cuando, al término de cada una de mis visitas, el batiente los engullía en el interior de la casa.


Si nunca he escrito sobre mi madre, ni nunca me he parado a pensar en ella, es porque para hacerlo hace falta extirparla de mi padre. Lo que implica una operación delicada, que requiere una actitud quirúrgica específica, una frialdad de pulso. Requiere lentitud y precisión, una bisturí gramatical. Es decir, dirigir las palabras a las partes que aún no están comprometidas. Identificarlas, aislarlas del resto y luego incidir, hacer daño con nitidez.

(…)

Extirpar a mi madre de mi padre, por lo tanto, equivale a sacarla de esa oscuridad para convertirla a todos los efectos en un personaje de novela. Por eso, podría llegar a afirmar, no he escrito ninguna novela hasta ahora. Es decir, un dispositivo que dé cuerpo a un universo del que no he sido testigo directo más que parcialmente. Un dispositivo que genera hechos, pensamientos e incluso una memoria diferente, alternativa, generada en el acto de escribir. Consecuencia, por lo tanto, más de la invención que del recuerdo. En el que mi madre existe de forma independiente, incluso de sí misma.


De esta forma, vivimos meses de extrañas comidas en la mesa, en las que no tenía vigencia la praxis discursiva en torno a la cual se estructuraba nuestra familia, en la que, en resumidas cuentas, mi madre permanecía en silencio, mi padre hablaba de su trabajo, yo hablaba de lo primero que se me ocurriera para cortar de raíz cualquier tensión potencial. Y mi hermana pensaba en sus asuntos. O, mejor dicho, nos detestaba en silencio: a mi padre porque era un dictador, como ella decía, ya mí porque, en aras de una vida tranquila, es decir, por cobardía, lo adulaba, legitimando así su poder indiscutido y además dejándola sola. Traicionándola, como hermano, en una lucha que no podía afrontar sola hasta el final.


La imagen más recurrente que tengo del tiempo libre de mi madre en presencia de mi padre es la de una mujer sentada en el sofá con una revista de pasatiempos, mientras él lee un libro. El rostro de ella denota aburrimiento, sus gafas se deslizan por su nariz más por descuido que por exigencia de enfocar mejor. Esperaba a que él terminara de leer y luego decidiera sobre el tiempo que quedaba antes de la cena. ¿Le interesaban los crucigramas? ¿La entretenían? Creo que eran más que nada una manera de matar el rato. En mi recuerdo, la veo a menudo distraída, mirando fuera. O, más frecuentemente, se queda dormida, se le cae el lápiz sobre el papel, su cabeza se inclina contra el respaldo del sofá.

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Reseña. «E-mails con Roberto Bolaño», de J.J. Maldonado

Uno puede pensar, apenas empieza a leer E-mails con Roberto Bolaño, de J. J. Maldonado, que se trata de la reunión de un conjunto notable de artículos o crónicas periodísticos, pero pronto uno descubre que en realidad se trata de un puñado de relatos (o eso parecen serlo) de gran factura, endiabladamente bien escritos; pero al final de lo único de lo que uno puede estar seguro es de que se trata de un gran libro, de esos que te hacen volver a la primera página apenas has acabado la última (y mientras te preguntas ¿cómo lo hizo?). Obviamente, nada de lo que cuentan estos relatos es cierto, pero todos son tan desfachatados, divertidos e irreverentes, que uno quisiera vivir en ese universo paralelo, en esa realidad alterna que imagina el autor y no solo leerla. Si le gustan los libros, si está atento a las novedades literarias, si conoce el quién es quién en el mudo liteario contemporáneo, si le gustan las historias bien contadas y convincentes, estos cuentos le sabrán a liteartura en estado puro.

(A través de El vicio impune de leer)

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Podcast. La píldora de Leila Guerriero: «El origen del fuego»

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