A mano, los textos se me llenan de i griegas y de ques y porqués. La máquina me permite un estilo ajeno, de alguien que sabe más que yo, mira mejor que yo, capaz de utilizar construcciones sintácticas de más de media docena de palabras, y, si llega el caso, hasta unas cuantas esdrújulas. Son misterios, pero funcionan.
Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin… Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.
Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse».
Cuerpo, recuerda no sólo cuando fuiste amado, no sólo los lechos donde te acostaste, sino también aquellos deseos, que por ti brillaban claros en los ojos y con la voz temblaban —y algún inesperado freno los reprimió—. Ahora que ya todo pertenece al pasado, casi parece cual si a esos deseos te entregaras también —cómo brillaban, recuérdalo, en aquellos ojos al mirarte; cómo temblaban con la voz, por ti, recuerda, cuerpo.
Entrevista a Gueorgui Gospodínov: “La negociación con el pasado es un trabajo diario, para eso contamos historias”
Las tempestálidas es una novela sobre la relación entre la memoria íntima y la memoria colectiva, sobre cómo de la negociación entre ambas surge el pasado común.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)