El escritor relata en su nueva novela el día a día de una pareja en un tórrido día de calor, pero aplica una mirada penetrante capaz de calar en el fondo.Más información: Oliver Twist, la edad de la inocencia
Hace tiempo que entiendo que no hay ninguna diferencia entre un insecto y yo, o un insecto y un río, o un río y una voz que grita por encima de él. Nada tiene sentido ni significado. No es más que una red de dependencia bajo enormes presiones fluctuantes.
Enrique Vila-Matas. Foto: Antonio Navarro Wijkmark
El escritor publica ‘Canon de cámara oscura’, su nueva novela, en la que sigue a vueltas con el juego metaliterario e incluye guiños a la inteligencia artificial.Más información: El centenario que Ortega y Gasset habría detestado: cien años deshumanizando el arte
El invierno de 2012, desoyendo el sentido común y por motivos no del todo relacionados con la escritura —por más que yo dijera lo contrario— que todavía hoy sigo sin ver con claridad, visité el Campo de Ohama, en Japón, donde mi padre había estado prisionero. Hacía un frío de mil demonios y el cielo plomizo daba una tonalidad lúgubre al mar interior de Seto, donde mi padre fue obligado a realizar trabajos forzados en una mina de carbón situada bajo el nivel del mar.
«¡Bomba va!», dijo Thomas Ferebee a las 8.15 horas del 6 de agosto de 1945, tirando de una palanca a nueve mil quinientos metros de altitud sobre Hiroshima. Las compuertas del B-29 se abrieron y una bomba atómica bautizada con el nombre en clave de «Little Boy» salió del vientre de la nave, activando una complicada secuencia de cables detonadores, clavijas eléctricas, temporizadores, fusibles barométricos y altímetros. Cuarenta y tres segundos más tarde, a 580 metros del suelo, el último circuito se cerró, para detonar —con una explosión diminuta— cuatro bolsas de polvo de seda, cargadas con novecientos gramos de cordita cada una, lo que a su vez inició la explosión artificial más grande de la historia de la humanidad. Y las cuatro bolsas de polvo de seda quedaron reducidas a vapor y energía, junto con las sesenta mil almas japonesas que ascendieron con ellas a los cielos.
Tal vez la única respuesta que pueda darse a Hiroshima sea hacer la pregunta 7. Aunque imposible de responder, es la pregunta que tenemos que seguir haciendo, ni siquiera para comprender que la vida nunca es binaria, ni reductible a palabrería o a código, sino un misterio que, a lo sumo, intuimos. En los relatos de Chéjov, los únicos tontos son los que saben las respuestas.
De las muchas ilusiones necesarias que permiten escribir a un escritor, dos son primordiales: una es la vanidad de creerse capaz de escribir un buen libro, y la otra, la presunción de que un buen libro caerá en manos de buenos lectores, de personas con intuición para reconocer lo que tiene de bueno. Pero, naturalmente, los buenos lectores son tan raros como los buenos escritores, puede que incluso más, y la mayoría de los libros se encuentra, por consiguiente, solo lectores mediocres. Los escritores despotrican y alegan que se los malinterpretan, y los mediocres medran gracias a que son malinterpretados; algunos incluso acaban, así, por accidente, en el panteón de la grandeza, y la arcilla de mala calidad con la que han modelado su obra se reviste, para la eternidad, de la afortunada pátina de las lecturas inteligentes.
Cuando morí en el río Franklin, a los veintiún años, todo fue como siempre había sabido que sería. Desde entonces, todo ha sido un sueño increíble. Estoy cada vez más convencido de que, en mis últimos momentos, despertaré en la oscuridad del río y veré que nunca salí de allí y que voy a ahogarme, y que la única novela que he escrito ha sido mi vida. Quizás esto sea un cuento de fantasmas y el fantasma, yo.
A mi madre le impresionaron las manos. Había gente con manos listas mientras que otros estaban todos los dedos. Su querido padre era hábil con las manos. Empleaba la palabra «listo» en su sentido arcaico, de ser hábil con las manos, de tener destreza manual. Adentrarse demasiado en el mundo de las ideas era una fuente inagotable de dilemas, incluso de peligros. Unas buenas manos conducían a una buena vida, mientras que un exceso de ideas solo creaba problemas.
«No conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto», comentó Albert Camus un día antes de morir en uno.
El 4 de enero de 1960 a las 13:55, el escritor viajaba como copiloto junto a su amigo y editor Michel Gallimard, cuando su auto, un Facel Vega FV3B, se estrelló contra un árbol en la Borgoña francesa.
Gallimard era quien conducía el vehículo a gran velocidad en una zona recta. Fue el pinchazo de un neumático lo que le hizo perder el dominio del vehículo que se estrelló de forma tan violenta que quedó partido en tres pedazos.
Albert Camus, de 46 años, murió en el acto. Tras el impacto, hicieron falta varias horas para rescatar su cuerpo de entre los restos del automóvil.
Gallimard fue trasladado en grave estado al hospital y murió cinco días después. La esposa e hija de Michel, que viajaban en el asiento trasero, sobrevivieron.
Entre los restos se encontró un maletín con 144 páginas del manuscrito de su novela autobiografica El primer hombre. La obra, inconclusa, se publicó finalmente en 1995.
Ninguna señal o placa recuerda el lugar exacto del accidente.
Era una mujer casi increíble. O, mejor dicho: una escritura. Einstein decía que, algún día, a la gente le costaría creer que hubiera existido jamás un hombre como Gandhi, de carne y hueso, sobre la…
P.: Quiero preguntarle un poco por sus hábitos de trabajo, si me lo permite. ¿Qué horario hace?
R : Escribo todas las mañanas entre semana. Intento diversificar mi actividad, y en ese sentido me ayudan mis versos, mi poesía. Cuando estoy embarcado en un proyecto largo, inento ceñirme a él incluso en los días de tedio. Por cada novela que he publicado, sin embargo, ha habido otra inacabada o que ha terminado en la basura. Algunos relatos -y se me ocurren, sin pensarlo mucho, «Lifeguard», «The Taste of Metal» o «El dedal de mi abuela»- son fragmentos rescatados o reformulados. La mayoría de cosas salen bien de entrada, avanzan gracias a su propia combustión, como decía Frost de sus poemas. Pero si no hay combustión, si la historia no deja de encallarse, es mejor parar y mirar a otra parte. En la ejecución tiene que haber una «alegría» que no se puede forzar ni predeterminar. Tiene que cantar, algo tiene que hacer «clic». De entrada, intento poner en movimiento cierto suspense o curiosidad que me permite avanzar, y al final del relato o de la novela rectificar ese impulso, completar el movimiento.
John Urdike
Entrevista con John Urdike (“The Paris Review”. 1953-1983)
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)