Catorce meses antes de que Thomas Mann comenzara a sentir molestias en una pierna mientras atravesaba las dunas de la playa holandesa de Noordwijk, su hija Erika se despertó en mitad de la noche en el sanatorio donde luchaba contra su insomnio crónico y una gastritis de origen….
Olivia Manning (segunda por la derecha), en una fiesta en Londres en 1949.HULTON ARCHIVE / GETTY IMAGES
Novelón. Félix de Azúa
Olivia Manning firma la ‘Trilogía balcánica’, una de las mejores narraciones sobre la Segunda Guerra Mundial, a pesar de los miles y miles de novelas que le hacen la competencia
Se puso la bata y salió al rellano, cuya ventana daba a la calle. Empezaban a abrir las tiendas y los dependientes se habían asomado a la puerta. Hombres y chicas que iban a trabajar se habían parado a hablar unos con otros y todo el mundo parecía preguntarse qué pasaba o estaba asustado. En el hotel, la gente corría escaleras abajo. Harriet quería preguntar qué sucedía, pero nadie le dio tiempo. Cuando la alarma bajó de volumen y dejó de sonar con un gemido, un grupo de policías llegó rápidamente desde la plaza. Vociferaban y algunos sacaron el revólver como si hubiera una insurrección inminente. En un minuto empujaron a todos los transeúntes, inocentes y perplejos, al interior de las tiendas y portales. Detuvieron el tráfico y mandaron a los ocupantes de los vehículos a esconderse como todos los demás. Los policías siguieron su camino a toda prisa, haciendo el mayor ruido posible, y la calle quedó vacía a su paso.
Una noche, en la fría penumbra azul acero de noviembre, empezaron a tañer las campanas de la iglesia. Llevaban casi un mes en silencio. Las campanas griegas no volverían a sonar hasta que no quedara ni un solo invasor extranjero en sus tierras. La gente salió corriendo a las calles gritando alborozada, a pleno pulmón, y cuando Harriet se asomó al rellano oyó a las camareras hablando a voces de un piso a otro.
Al volverse hacia Alan para pedirle ayuda, Harriet se encontró con la mirada de Charles. El joven sonrió comprensivamente y ella le devolvió la sonrisa. A raíz de este cruce de sonrisas la vida perdió su amenazadora desolación y el aire cobró brillo.
Alemania había declarado la guerra a Grecia. La noche anterior Alemania había mandado un comunicado en griego en el que anunciaba un asalto como no se había visto hasta entonces en todo el mundo: un asalto gigantesco, decisivo, que eliminaría la autoridad central del país y permitiría al ejército invasor avanzar sin oposición en medio del caos que se formaría. No se especificaba el nombre de la ciudad amenazada. Todo el mundo creía que se trataba de Atenas, pero el cielo azul seguía limpio. Lo que habían anunciado las sirenas no era un ataque aéreo, sino que Grecia estaba en guerra con Alemania.
Una sensación de ensoñación impregnaba la ciudad. En esos mismos momentos, unos seres humanos llegaban al mundo y otros se iban. Yakimov había muerto y habían tenido que enterrarlo, pero esa muerte había sido un azar de otra dimensión temporal. De pronto resultaba asombroso ver circular tranvías. Cada vez que pasaba uno traqueteando la gente lo miraba, sorprendida de que todavía alguien tuviera ánimos para ir a trabajar. Los demás parecían estar desocupados, sin empleo ni interés alguno. No tenían nada que hacer. No había nada que hacer. Habían salido a la calle y andaban por allí como tontos, en silencio, anulados por la aflicción.
Culmina la publicación en cinco volúmenes de los monumentales diarios de la escritora. En ellos mezcla géneros, dialoga con la creación de sus novelas y ensayos y deja constancia de sus estados de ánimo, incluidos sus pensamientos suicidas
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Señor F. Scott Fitzgerald c/o Charles Scribners’ Sons 597 Fifth Avenue, Nueva York Querido Scott: No sé dónde vives y estoy condenado si creo que alguien vive en un lugar llamado “El jardín de Alá”…
Yo nunca pienso en el público. Odio esa palabra. Pienso en un lector. Creo que mis poemas buscan un lector, y que los completa el lector. Pero es el lector singular, y que esa persona exista de forma múltiple o no no establece ninguna diferencia espiritual, aunque tenga una repercusión práctica. Lo que me importa es la sutileza y profundidad de la respuesta del lector y si estas se demuestran duraderas. La idea de ampliar el público de la poesía me parece ridícula.
Creo que el poema es una comunicación entre una boca y un oído, no una boca y un oído reales sino una mente que envía un mensaje y una mente que lo recibe. Para mí, la experiencia auditiva de un poema se transmite visualmente. Lo oigo con los ojos y me disgusta leer en alto y (salvo en muy raras ocasiones) que me lean. El poema se convierte, cuando se lee en alto, en una forma mucho más sencilla, secuencial: la malla se convierte en una vía de dirección única. En cualquier caso, el conocimiento, o la esperanza de que el lector existe, es un gran consuelo.
Compañera usted sabe puede contar conmigo no hasta dos o hasta diez sino contar conmigo. Si alguna vez advierte que la miro a los ojos y una veta de amor reconoce en los míos no alerte sus fusiles ni piense que deliro; a pesar de la veta o tal vez porque existe usted puede contar conmigo. Si otras veces me encuentra huraño sin motivo no piense qué flojera igual puede contar conmigo. Pero hagamos un trato yo quisiera contar con usted. Es tan lindo saber que usted existe uno se siente vivo y cuando digo esto quiero decir contar aunque sea hasta dos aunque sea hasta cinco no ya para que acuda presurosa en mi auxilio sino para saber a ciencia cierta que usted sabe que puede contar conmigo.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)